Pitágoras y los niños

Que los niños son el futuro de nuestra sociedad es una afirmación real e irrebatible, tanto como que dicha sentencia esconde un trasfondo tan verdadero como inquietante.

Cuando una pareja o persona sola están esperando la llegada de un nuevo miembro en la familia, entre los posibles obsequios que pueden recibir de sus allegados estaría alguna guía sobre el cuidado del bebe, de hecho actualmente en los puntos de venta de libros podemos encontrar varios ejemplares sobre el tema, profusamente ilustrados. El cambio del pañal, la alimentación, las vacunas, el control del sueño…serían algunos de los encabezamientos de los diferentes capítulos de los que constaría la guía o enciclopedia. De lo que no podemos echar mano tan fácilmente es de libros en los que se nos oriente sobre cómo favorecer y fomentar el desarrollo psicológico y emocional de nuestros hijos, un aspecto equiparable en importancia a otros aspectos de la salud de los niños.

A lo largo de la historia, los bebes y los niños de corta edad no han sido objeto de estudio prioritario para filósofos y psicólogos, tal vez debido a la idea errónea de que los pequeños, por su inmadurez con relación a los adultos, no debían ser tenidos demasiado en cuenta, ni en sus extrañas acciones cotidianas ni en sus palabras de principiante.

Hoy en día, psicólogos de la talla de Alison Gopnik nos vienen a demostrar, tras años de experimentos e interesantes descubrimientos, que esto no es así. Es cierto que hasta que los niños no alcanzan los 5 o 6 años no son conscientes de su propia existencia como ser individual y diferenciado. Aún no intuyen un hilo unificador entre sus hechos pasados, presentes o futuros. Lo asombroso en su caso, es que incluso antes de esa edad, las mentes de los bebes presentan una facilidad de aprendizaje impresionante y una capacidad de adaptación a nuevas situaciones que ya desearíamos recuperar para nuestra ajetreada vida adulta. Aprendizaje constante de todo lo que le rodea, de lo que observa y se le enseña de manera consciente y de aquello que está más allá de lo que puedan decir nuestras palabras. Un padre o una madre puede decirle a su hijo con palabras que algo no está bien, que no es correcto hacerlo o decirlo, pero si los niños mismos comprueban que su padre o su madre hace o dice eso que no está bien, lógicamente el pequeño pondrá en tela de juicio las palabras de su cuidador y es posible que saque una conclusión no deseada por parte del adulto. Ante la certeza de que el ambiente familiar es el estadio primero de socialización y desarrollo mental de los niños, que se den este tipo de situaciones es bastante habitual. Nuestras acciones erróneas son igualmente observadas por nuestros hijos como las correctas y tomadas desde temprana edad como algo bueno y repetible en el futuro, aunque nosotros, con palabras, nos empeñemos en demostrarles lo contrario.

Que un bebe de tan solo 18 meses, que aún no conoce conceptos como altruismo, compañerismo o bondad, sea capaz de mostrar en sus acciones tales virtudes humanas resulta asombroso y da mucho que pensar. Está demostrado que los niños de más corta edad pueden mostrar gestos de generosidad y compañerismo con aquellos que les rodean, de una manera natural y para ellos del todo lógica. Son capaces de entender que una persona necesita ayuda, y si la necesita, y ellos se la pueden proporcionar, ¿por qué no dársela? En la vida adulta las cosas cambian y mucho.

Desde bien pequeños comprenden o mejor dicho, van comprendiendo poco a poco que los demás necesitan cosas que ellos nunca necesitarían, que prefieren aquello por lo que nunca se decantarían y aún así mostrar respeto y ayuda a esa otra persona para lograr aquello que necesita o desea, siempre que esté a su alcance. Fomentar este tipo de actitudes forma parte de la educación a dar por parte de la familia cuidadora a sus hijos, pero para ello es necesario asumir que los niños poseen realmente esas virtudes y que pueden llegar a mantenerlas hasta la edad adulta, guiándoles con la acción y no solo la palabra, y sobre todo siendo conscientes de que proporcionarles un adecuado desarrollo psicológico se verá reflejado en la madurez.

Hay gente a la que le llama poderosamente la atención la facilidad con la que los niños imaginan situaciones, crean nuevos mundos e incluso compañeros de juego que los acompañan a todas partes.

Esto que, para los adultos puede llegar a ser inútil o preocupante, forma parte del desarrollo psicológico de los niños. Hasta cierta edad podría decirse que los más pequeños se dedican a vivir el momento, a interactuar con los que le rodean y a aprender de cada situación, sacando sus propias conclusiones. Tienen obviamente recuerdos, pero no la capacidad de unificarlos como lo hacemos los adultos, hasta crear un todo, pasado, presente y futuro que formaría parte de nuestro “yo”. Imaginar otras situaciones posibles les hace entender que las cosas podrían haber sucedido de otra manera en el pasado, les hace desear un futuro diferente y, por lo tanto, actuar en consecuencia en el presente. De hecho, la mayoría de los pensamientos adultos han acabado por derivar en este mecanismo que rehúye del “carpe diem” en detrimento de una constante lamentación por un pasado inamovible y un futuro incierto.

¿Hasta qué punto influye en la vida adulta lo vivido, experimentado y aprendido en la infancia? En “El Filósofo entre Pañales” se trata este espinoso tema con total claridad, y la conclusión es que sí, influye de forma determinante. Dejando a un lado lo referente a la predisposición genética de las personas adultas para sufrir los mismos trastornos que sus padres, aún habiendo vivido fuera del ambiente familiar, lo que sí es evidente que así como durante los primeros años de vida se experimente y aprenda de terminados parámetros psicológicos y emocionales, así serán en la vida adulta.

Un ambiente familiar en el que se fomente el desarrollo psicológico y emocional de los niños, su autoestima, su imaginación, construir un lugar en el que se enseñe con la palabra y la acción a tener una visión positiva de la vida y la confianza necesaria para hacerles frente a las adversidades por las que todo ser humano ha de pasar a lo largo de su vida, sería algo por lo que todo padre o madre debería luchar. Conociéndonos a nosotros mismos, nuestros fallos y virtudes, resultará mucho más accesible descartar o mejorar aquello en lo que fallamos con el fin de educar a nuestros hijos en armonía.

Por fortuna, parece demostrado que, aún habiendo tenido un inicio en esta vida no adecuado, educativa y emocionalmente pobre, los niños de corta edad responden satisfactoriamente a los cambios positivos. Influye la infancia experimentada, pero si esta es grave y recibe un cambio a mejor, el desarrollo del niño puede reencauzarse y lograr que en la edad adulta apenas queden resquicios del sufrimiento padecido.

La autora de “El Filósofo entre Pañales” nos remite al lamentable caso de los niños huérfanos durante el régimen de Nicolae Ceauscescu. Estos niños podían pasarse semanas en sus cunas sin que nadie les mostrara el más mínimo afecto. Tras la caída del régimen, algunos de ellos fueron acogidos por familias de estatus social medio que les ofrecieron un ambiente familiar adecuado y, en definitiva, todo aquello de lo que carecían. Posteriormente se pudo comprobar cómo estos niños, a pesar de lo experimentado en sus primeros años de vida, se habían adaptado a su nueva situación y mostraban indicios de poder ser en el futuro personas adultas equilibradas.

Si es que los niños realmente son el futuro de nuestra sociedad, quizás debería de tomarse más en serio su desarrollo psicológico y emocional durante sus primeros años de existencia. Nuestra propia forma de pensar y de enfrentarnos a la vida, nuestra manera de relacionarnos, de querer a los demás y a nosotros mismos, nuestros valores y creencias, todo aquello quedará marcado de alguna manera en la personalidad de nuestros hijos y determinará su desarrollo a nivel psicológico, afectivo y emocional. Por la importancia que ello reporta no serían descartables planes políticos destinados a informar y concienciar a la sociedad (y los padres en particular) a facilitar la labor de padres y cuidadores en la educación de sus hijos y a promover una realidad social mejor, otorgando a las familias lo necesario para comprender lo vital de un desarrollo equilibrado de la mente de nuestros hijos. Por que, en definitiva, y esto es algo inamovible, ellos son la sociedad del futuro en la que muchos de nosotros aún estaremos presentes. Y como bien dijo el filósofo y matemático Pitágoras de Samos: “Educad a los niños y no será necesario castigar a los hombres”.

Publicado por Nabarralde-k argitaratua