Marquemos la estrategia

Mikel_Sorauren

Ignoramos si esta tercera vez será la última, pero debemos actuar como si pudiera serlo. Lo importante de la declaración de E.T.A. es la posibilidad de encontrar definitivamente un escenario para establecer la estrategia adecuada y afrontar la consecución de los objetivos soberanistas.

Lo que haya supuesto E.T.A. es una cuestión que solamente la perspectiva futura podrá determinar. Esta organización encaja dentro de los planteamientos habituales del pasado revolucionario contemporáneo, caracterizados por su disposición al enfrentamiento directo con el poder fáctico vigente en cada caso. Es cierto, no obstante, que ha alargado su actividad  hasta un punto –los tiempos actuales- en el que el modelo de la lucha armada ha perdido su sentido; al menos desde la percepción existente en las sociedades europeas avanzadas. La lucha armada –en definitiva estrategia tradicional de los movimientos de resistencia nacional y revolucionaria- obtuvo sus últimos triunfos con los movimientos descolonizadores. En el día se puede cuestionar que sea viable hasta para movimientos tan decididos como el palestino o el propio de los tamiles de Ceilán.

Lo que importa es tener claro el camino a seguir por parte de las fuerzas soberanistas. El riesgo más grave que se corre es seguir con los planteamientos vigentes hasta el momento que han mostrado su inoperancia. Esta valoración es crítica hacia todos y autocrítica hacia uno mismo. Los esfuerzos realizados en todas las direcciones parecen baldíos y por el momento el marcador señala como ganador a España. No hay por qué rechazar lo hecho hasta el presente. La falta de éxito puede deberse a los fallos propios o a la capacidad del adversario. En todo caso es resultado de un inadecuado análisis de la realidad o de la no aplicación de instrumentos idóneos. En este campo la división de perspectivas entre los sectores sociales y fuerzas políticas en alguna medida soberanistas es extrema, cuando no llega al mismo enfrentamiento; un despilfarro.

Es obligado disponer de un conocimiento exacto de la realidad y condiciones del adversario y del contexto geopolítico en general, al igual que de las propias capacidades. Desde tal perspectiva se impone reconocer que el soberanismo ha funcionado con objetivos dispersos y aun encontrados. La sensación de fracaso y hastío ha parecido en muchos momentos ganar el ánimo de nuestras gentes, por entender que carecíamos de capacidad para encontrar el camino adecuado. Particularmente las actitudes extremas seguidas por E.T.A.  y el P.N.V. -una de enfrentamiento directo y la otra de asunción del marco jurídico vigente- hacían imposible la confluencia que pudo haberse alcanzado con ocasión del pacto de Lizarra-Garazi. Fue en este momento cuando los españoles tuvieron el máximo temor de que fraguara una unidad de acción que hiciera eficaces los esfuerzos soberanistas con el establecimiento de una estrategia adecuada y única. Determinar las razones del fracaso es difícil. Fue, tal vez, resultado del afán hegemónico de los dos sectores que se consideraban los más fuertes en el conjunto. Lo cierto es que el P.N.V. no mostró el máximo interés en el proyecto, en tanto E.T.A. dio la impresión de que no se encontraba dispuesta a aceptar una dirección de la plataforma que contradijera la lucha armada. El resultado, el fiasco para el conjunto social que esperaba la perspectiva honesta y amplia de las partes en beneficio de los intereses nacionales.

El mal radica en la facilidad con la que se tiende a identificar el propio proyecto y consiguiente estrategia  con el interés de la colectividad, mientras la mayoría social acusa a los agentes de mirar por sus propios puntos de vista de una manera interesada. Se termina por concluir en la dificultad de sacar adelante ningún proyecto. Lo sorprendente es que la lucha de nuestro Pueblo ha sido más definida, intensa y continuada que la de Catalunya. A pesar de todo se mira con envidia los resultados de los catalanes, al menos en los últimos años. A decir verdad la lucha seguida por los catalanes se acomoda mejor a las estrategias de Europa, que la llevada en los territorios navarros. Es contemplada desde fuera como más eficaz. En el momento presente se acepta internacionalmente la existencia del problema catalán, en tanto se ignora en gran medida el vasco. La razón puede estar en la diferente importancia relativa de ambos territorios. No obstante la estrategia seguida en nuestro territorio puede tener mayor responsabilidad en los resultados negativos presentes. Casi se puede afirmar que en los territorios navarros no se han modificado los métodos de lucha. Seguimos con planteamientos de la época de la transición y de enfrentamiento más directo con España. No me refiero únicamente al aspecto de la lucha armada, sino también a la lucha social que ha propugnado permanentemente la movilización, en perjuicio de una reflexión más profunda y planteamientos que podían haber sorprendido al Estado español, en vez de ofrecerle siempre la misma cara. Es una estrategia agotada que ha llevado al cansancio y dolor, siempre fracaso tras fracaso.  Creo que no es suficiente disponer de una sensibilidad  muy válida con relación a la problemática nacional, pero que se limita únicamente a contemplar al adversario desde planteamientos éticos. La ética será siempre el último interés de un Estado que se sabe opresor.

Cualquier estrategia que plantee la derrota de España, o el acuerdo con ella, para conseguir el objetivo de la recuperación de la soberanía, se encuentra destinada al fracaso. La cultura política española se ha caracterizado por la inflexibilidad. Solamente ha cedido con la derrota militar ante el más fuerte y no es previsible poder conseguirlo desde la ridiculez de los medios utilizados por E.T.A. en los últimos tiempos. España, no obstante, se ha visto obligada a ceder en muchas ocasiones cuando el contexto internacional se lo ha exigido. Guinea ecuatorial y el Sahara representan el modelo más acabado al respecto. Es ésta una lección que nos conviene aprender, con el fin de evitar situaciones destructivas como las que han tenido lugar en los Balcanes. Las nuevas naciones aparecidas en este escenario han alcanzado la soberanía en mayor medida gracias al acuerdo internacional que a cualquier esfuerzo de carácter militar propio. Las fuerzas soberanistas vascas han olvidado totalmente este aspecto. En nuestra lucha hemos dirigido la mirada hacia nuestro interior, reafirmándonos en nuestro derecho y convenciéndonos de la maldad intrínseca de nuestros adversarios. Tal actitud es, quizás, resultado de la  larga trayectoria transcurrida en nuestra historia contemporánea, durante los dos siglos que nos han precedido; la lucha permanente del Pueblo navarro que no tiene parangón en Europa, exceptuada Irlanda.

La fortaleza de España tiene, no obstante, pies de barro. En una época en que la propia Europa tiene planteados retos inexcusables en el campo de la reorganización institucional y territorial, es suicida no entender que debemos contar con ella para conseguir nuestro objetivo. Cuando hablo de Europa pienso en el futuro de una Nación europea que termine por ser configurada con forma de Estado multi-federal. Lo siento por quienes crean que mi planteamiento contradice la propuesta soberanista. Por el contrario, pienso en un diseño de Europa totalmente contrario al engendro actual, totalmente incapaz de responder a las exigencias de una unión efectiva y solidaria por su carácter híbrido de frustrada confederación con constitución e instituciones ambiguas,  que rehuyen la futura configuración de un Estado inclusivo del conjunto europeo. La Europa actual sigue siendo el proyecto de los actuales Estados y sus mandatarios, siempre reticentes a una auténtica unidad. En todo caso –y a la espera de la solución- el momento nuestro pasa por hacer asumible -e imprescindible- nuestra exigencia para Navarra de recuperar una soberanía,  tan amplia como la de cualquier otro estado europeo; exigencia que resulte aceptable para responsables políticos y sociedades europeas.

Un Estado navarro proporcionaría estabilidad a esta parte de Europa. Los factores que pueden contribuir a ello son diversos. En la misma Europa occidental hoy en día se asume la necesidad de una remodelación del mapa político. Es una situación por la que han pasado otras áreas de Europa y que –finalmente- también puede afectar a este territorio, tan seguro de sí mismo tras sus Estados-Nación, hasta hace unos decenios Imperios. Por otra parte, ha quedado en evidencia la fragilidad de todos los pactos; en tanto los viejos vicios siguen afectando a Estados como España. La solución para nuestro proyecto se encuentra en la aceptación de que la remodelación del territorio peninsular  resultaría más favorable a los propósitos europeos, por quedar en evidencia que España es un auténtico lastre, de imposible reforma; hecho este puesto en evidencia con la actual crisis que descubre las miserias de la corrupción generalizada existente en España. Tal corrupción no es una circunstancia coyuntural, sino elemento configurador ineludible del ser español, reconocido y asumido por la propia sociedad española.

El camino a seguir, pasa por trabajar teniendo en cuenta el referido contexto, lo que obliga a practicar una política de integración en todos los terrenos en el seno de Europa y a abandonar, desde luego, cualquier veleidad de revolucionarismo tradicional. Es imperioso que se supere la imagen de un Pueblo vasco conflictivo y se revaloricen otras facetas como la de seriedad y trabajo. No oculto las graves dificultades existentes en el empeño. El sometimiento de hecho a España no se resuelve con la negociación. Inglaterra y Bélgica podrán dar el paso al nacimiento de unos estados escocés o flamenco en un futuro más o menos inmediato. A nosotros nos toca lidiar con una prepotente Francia que apuesta por una Europa de Estados-Nación. En todo caso, su cultura política es más flexible que la española. Este doble obstáculo parece difícil de superar en el momento. Francia constituye el Estado-Nación más sólido y la sociedad denominada francesa -de constitución más reciente de lo que se pretende- parece tener una idea clara de cómo abordar el futuro. Su organización estatal se ha mostrado de una gran eficiencia. España sigue arrastrando en su constitución vicios históricos  que la llevan a revolverse como un animal rabioso, muy peligroso a corto plazo. No obstante no ha abandonado nunca su carácter autoritario y altivez históricos, que obstaculizan su auténtica integración en una Europa que se proclama respetuosa, democrática e integradora.

¿Qué dirección seguir? Como se dice, esta es la pregunta del millón. Parece obligado no esperar nada de un futuro cambio de actitud por parte de España; sin embargo, la Política es el arte de lo posible. Ser práctico en este punto resulta difícil y no debe identificarse con una actitud que nos lleve a aceptar lo que nuestros adversarios estén dispuestos a concedernos. Lo importante es tener la habilidad de manejar los acontecimientos de manera que mejore nuestra situación estratégica, hasta permitirnos una posición de superioridad. He aquí el interés de participar en los asuntos exteriores al Estado español, superando el aislamiento que ha hecho del problema vasco una cuestión de terrorismo interior español. Navarra debe hacer valer su potencial.  Es imprescindible que desaparezcan ciertas diferencias que  convierten a los propios soberanistas en adversarios mutuos, enfangados en luchas políticas por una hegemonía que carece de traducción práctica. La lucha política en frente del adversario precisa de flexibilidad, utilizando los medios institucionales  con una perspectiva de largo alcance y fomentando particularmente la organización de la sociedad civil, buscando aislar los anclajes que tiene el estado español en ella. Igualmente fomentando el desarrollo de nuestra colectividad a través de los instrumentos de organización económica y social que terminen por convertir la propia administración española en algo ajeno y fácilmente suplantable.  Desde luego; al final estamos obligados a plantear nuestra reivindicación nacional con una voz unánime, a pesar de nuestras diferencias de matiz. Este es el proceso que han podido llevar adelante muchas de las naciones de nuestro entorno a las que se considera ya con madurez, para dar el paso a la constitución de un Estado soberano; Flandes, Escocia y desde luego la propia Irlanda

En definitiva,  buscar una evolución de las estructuras sociales, económicas y administrativas –y por supuesto culturales- que terminen por ser contempladas como algo nuestro, diferente de lo español y presentándonos ante Europa como una realidad diferenciada  y madura. Desde nuestro propio interior resultan inútiles a este respecto, el enfrentamiento armado, la aceptación del actual marco jurídico como camino para la soberanía o –desde otras actitudes- la renuncia a la utilización de los instrumentos institucionales vigentes, en una actitud que lleva a la esterilidad de cualquier disposición política.

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua