Denominacion de origen

El conflicto político y social en el que nos hallamos inmersos desde hace demasiado tiempo, se nutre de diferentes cuestiones con las que continuar avivando el fuego de la discordia. Una de estas es, quizás, el colmo de la confusión, la muestra de que, algo tan básico y necesario, sea objeto de semejante manipulación. Aún no tenemos claro cómo se supone que debería ser la forma más correcta y afín a las circunstancias actuales de denominarnos a nosotros mismos. Existen acepciones para todas y cada una de las tendencias políticas posibles y lo que podría decirse como algo democrático y libre (cada uno se refiere así mismo como mejor le conviene), no es más que otra forma de continuar con el eterno debate que tantas heridas ha sabido abrir.

Y es que el asunto va desde la Vasconia romana, pasando por el manuscrito de Juan Pérez de Lazarraga, hasta la actual dicotomía político-cultural que nos diferencia según nos estemos refiriendo a lo primero o a lo segundo.

La cuestión radica en el hecho de considerarnos como un todo político o cultural, y en todo caso en cuántos territorios incluir en nuestra denominación ideal.

Establecer un nombre a propósito de un ámbito político es, actualmente, una base endeble, puesto que la sociedad vasca no disfruta de un autogobierno pleno que incluya todos los territorios de habla vasca. Hacerlo teniendo en cuenta únicamente lo cultural o lingüístico podría decirse que si recobra más fuerza. Ya nadie duda de que el pueblo vasco lo constituye aquellas personas que se sienten como tal y que pueden vivir bien en Gipuzkoa, Lapurdi o Nafarroa. En ese caso la acepción Euskal Herria, tal y como la dejó escrita Lazarraga en 1560 (Eusquel Erria), sería absolutamente válida y defendible. Aún así, a demasiada gente se le atragantan estas dos palabras para pasar directamente a su versión en castellano, una traducción por su parte poco acertada ya que, hoy en día, hablar de País Vasco no supone incluir todo el ámbito cultural vasco. Para rematar el caos onomástico, nos encontramos con que a pie de calle Euskadi es lo mismo que País Vasco, siendo lo primero una invención de Sabino Arana y lo segundo su supuesta equivalencia en castellano.

Esta confusión de nombres y apellidos no solo nos está mostrando una falta de cohesión dentro de la sociedad vasca actual, sino la no existencia de un nombre único, una denominación de origen, aplicable y aceptada por y para todos de la que pueda echarse mano en caso de tener que defender lo propio frente a lo ajeno y no ser un ejemplo más de la confusión ya enquistada en la que vivimos los vascos. Un pueblo que de puertas hacia fuera no acierta a definir un nombre que lo identifique, no hace más que ofrecer una imagen de inseguridad y desconcierto interno que en nada puede ayudarle si lo que en realidad anhela es buscar y llegar a un acuerdo político, cultural y social.

Los debates que se dan a raíz del conflicto vasco están sacando a la luz nuevas opiniones y puntos de vista, muchas veces interesantes y novedosos, que permiten enfocar el asunto desde otras perspectivas, aumentando su valor democrático cuando se tienen en cuenta todas las variables políticas, históricas y culturales posibles. Lamentablemente, su función informativa, divulgativa y en apariencia participativa no nos esta dejando ver el lado oculto de los mismos, y es que por lo general no todas las voces son escuchadas, de lo que obtendríamos un debate amañado; ni tampoco nos dejan ver la realidad desde fuera, es decir, la posibilidad de plantearse si realmente son necesarios tales debates, si en realidad no nos sirven más que para incrementar las desavenencias sociales y si no habría que buscar una alternativa que otorgue a la sociedad vasca una seguridad en cuanto a su identidad. Y no es cuestión solamente de buscar un nombre que se adecue a nuestras expectativas como pueblo diferenciado, sino la de tener una serie de referencias fijas, inamovibles, que no sean susceptibles de ser manipuladas ni debatidas. Algo en lo que creer firmemente, sin dudas, y comience a establecer unas bases con las que ir disipando esas discrepancias sociales que a las elites políticas tan útiles les están resultando.