Sor Eudes, no quiere votar

Unas fiebres palúdicas aconsejaron como más idóneo, su regreso a la península, a fin de reponerse en condiciones.

– Madre Eudes -le comunicó la priora-, debe usted obedecer. El propio obispo lo ha recomendado…

– Pero Reverenda madre…

– Sin rechistar…

Evidentemente a la Madre Eudes, no se la iban a colar. Sabía perfectamente que su marcha, considerando su edad de 76 años y otros “considerandos”, forzosamente había de ser una marcha sin retorno. Porque ya se sabe, entre religiosos el voto de castidad, como que tiene más gateras, pero el de obediencia… Es que la santa obediencia tiene tela…

A mis once años, mi tía Nati, me parecía una ninfa, y conste que en aquellos años uno no estaba para esos conceptos. Era la benjamina del hermano de mi abuela. No se que era lo que más me encandilaba de ella, si su palabra de cascabeles, sus ojos risueños, o el inacabable jolgorio que emanaba de su persona.

Nos veíamos en vacaciones y en las fiestas del pueblo y entonces sus besos me sabían frescos y con aroma a heno y a mies tostada.

Pero al hermano de mi abuela le dio, según dijeron los mayores, un síncope y en cuestión de minutos feneció.

Decía que Nati era el ojito derecho de su padre y que él se bebía el Irati por sus ojos… Y también que Nati estaba enamorada de su padre y que la madre de Nati estaba celosa por aquel festival de cariños…

Lo cierto es que el Vicario, la madre, la propia inercia de Nati a quien la falta de su padre le sumió en una profunda inanición, transfiguraron a la joven. Entonces fue cuando mi tía oyó la voz del altísimo. Y le surgió la vocación y partió para el convento.

De aquella larga y cansina ceremonia ni me enteré. El gentío impedía ver algo de lo que se cocía en el presbiterio, por lo que opté por sentarme bajo la pila del agua bendita. Algo triste debía suceder en el altar, a deducir por los lúgubres cantos que llegaban hasta mi improvisado refugio. Años más tarde asistí sin remedio, a una de aquellas ceremonias de renuncia al mundo y no se si a la vida o a la cordura…

Lo importante vino después, cuando por fin las monjas nos hicieron pasar al gran salón que olía a pastas y frituras.

Tras larga espera, entre murmullos y sorpresas, aparecían las novicias. ¿Cual sería mi tía? Embutidas en blanco algodón, parecían un cortejo inmaculado de clones. Las estaturas y los perfiles de los rostros eran al parecer sus únicas señas de identidad. Pero ni por esas logré distinguirla.

Cada familia se sentó en torno a una mesa sobre la que se había dispuesto, el patronímico de la novicia correspondiente.

Mi tía se sentó justamente en frente de mí. Por un momento pensé que no nos reconocíamos.

– ¿Pero si ha venido Barrabás? -así acostumbraba a llamarme-

Aquella monja, ahora Sor Eudes de los sagrados corazones, era mi tía Nati. Me azoré porque aquel tono de voz, ahora más grave y mesurado, no parecía el suyo.

Incluso aquel rostro que emergía tan resumido de aquella prisión de hábitos, como por una claraboya de tocas, nada tenía que ver con la desbordante expresividad de mi tía Nati.

Era todo lo que se percibía de aquella veinteañera tan vital. Hasta las manos se sumergían bajo el anacrónico tejemaneje de sus hábitos. Aquella melena flotando al viento, aquellas piernas que ascendían hasta unos muslos tersos cuando se remangaba la falda para alcanzar a los cangrejos del Irati, aquellas curvas de ritmo tan grácil… ¿Qué pretendía mi tía con aquel disfraz de momia?

Porque si como había dicho el cura, se casaban con Dios, o el Dios tenía muy mal gusto o era un sádico, y claro, pensar eso de Dios, te daba escalofríos…

Las sores, comenzaron a distribuir por las mesas fuentes de viandas. Nadie se movía, pero las pupilas de todos los familiares como al unísono, se aferraron nerviosas, expectantes y amenazantes a aquellas fuentes, casi lascivas por tentadoras, como esperando la orden de ataque…

Por fin, mi tía Nati se apercibió del desespero…

– ¡Comed!, si no se os enfriarán…. ¡las hermanas han puesto tanto empeño…!

Quedó inaugurado el tráfico enloquecido de manos que iban y venían…

Uno hacía lo que podía y le dejaban, que no debía ser poco, pero lo de mi tía Clementina se parecía más a un saqueo.

Mi abuela, dechado de discreción, me reprimió con la mirada. Luego en voz baja conminó a su hermana.

– Por Dios Clementina modérate, estás llamando la atención…

Y ella, a dos carrillos…

– Estos peditos de monja, cómo están…me privan…

Mi tía Nati, ahora Sor Eudes, no probó un bocado. Con los ojos bajos, como marginada de aquel coro de tragones y gritones, platicaba con su madre.

A partir de aquel día, tres décadas y media tardé en ver mi tía, ahora la Madre Eudes… Venía de misiones, como a descansar cosa de un mes.

Por lo que deduje, más que el descanso fue la recogida de alimentos, medicinas y dinero, lo que le indujo a la “obligada visita”

Nada quedaba de su joven lozanía. Ya sin hábitos, con un estoico conjunto gris, se le veía enteca y su rostro, apenas mantenía un leve matiz de lo que fue un ángel risueño.

Los primeros años de “apostolado” vagó por Argentina. Aquello no le complacía, todo se reducía a soportar niñatos en los colegios de élite. No era lo suyo.

– “¿Quieres guerra? -le dijo la priora-…

Y la mandaron al Darién…

Y tras unos meses de incertidumbres y morros con casi todas las monjas españolas del convento de la Palma, a la navarra la mandaron a la selva. Debía ayudar a un cura catalán claretiano, que decían ser medio médico y estar zumbado. Iba de “plenipotenciaria”. Haría de enfermera, maestra, misionera, ama y sacristana… Eso, plenipotenciaria.

Y las monjas, ya sin ella, encontraron su paz y acomodo, y la madre Eudes la suya… Pocas veces aparecía en el convento y todas a cumplir algún cometido del padre Ramiro, o a la pelmada de los ejercicios espirituales de cada año.

Una vez fui a visitarla en el mes escaso que aldragueó por Iruña, y decidí que con una visita ya iba sobrado. Apenas pudimos intercambiar impresiones, vivencias o recuerdos. Ella estaba como una moto. Lo decía todo y no escuchaba nada; porque nada que no fuera con sus rollos parecía motivarle.

– Es que el padre Ramiro (todo era el fraile Ramiro), dice que ropas no, que allí con poco se anda. El Darién, dice el P. Ramiro necesita dinero y medicinas… Porque el padre Ramiro ya dice, rezar bien, pero dar también… Porque el Padre Ramiro es un sabio, un genio, un santo… Que la malaria, que el dengue, que la parálisis, porque los pantanos, los mosquitos que te acribillan, que la higiene de los indios y que se emborrachan y que paren hijos a destajo, porque la lujuria, el descontrol que dice el Padre Ramiro…

Así que en aquella visita a mi tía Nati, acabé embotado con la vida y Milagros de un tal Ramiro que personalmente me resbalaba. Ella, como decían en su pueblo, “mas seca que un escañal”, no soltó la mínima prenda sobre el estado de sus sentimientos, de sus proyectos, o de sus vivencias monjiles.

Allí no había más que su Padre Ramiro y sus Kunas o Chocoes, sus indígenas y su Padre Ramiro. Incluso llegué a sospechar, malo que es uno, que de alguna forma se había divorciado del divino esposo, porque en ningún momento lo mencionó. Claro que tampoco era preciso estando de por medio el Padre Ramiro, ministro del altísimo esposo…

Entendí que no me quedaba más recurso que decir amén y vete en paz con Dios.

Ya no me quedó ninguna duda, efectivamente, se trataba en toda regla de la Madre Eudes de los sagrados corazones.

Una simple deducción me confirmó, lo que de alguna forma siempre tuve claro. Mi tía Nati no era un espíritu para encadenarlo entre las reglas y paredes de un convento. Nati tenía de mística lo que yo de canónigo. Pero claro, le tocó vivir tiempos en que los deslices, desgracias y frustraciones de muchas jóvenes se reciclaban como carne monástica. ¡Cuántas jóvenes del imperio teocrático (ese que con tanta dicha vemos periclitar), vistieron con hábitos sus traumas!

Pues eso que hará un par de años, la Madre Eudes se pringó de paludismo. Su muerte habría sido un gran descanso, más que para ella para las coleguillas del convento, las Reverendas madres.

Sanó y se recuperó. Buen contratiempo para cierta priora que imploraba a Dios para que la acogiera en su seno. Dios desoyó la plegaria, pero la intervención del obispo alivió la embarazosa coyuntura, y concedió (ordenó) el traslado al convento en el que ¿al parecer…?, siempre estuvo adscrita.

He de reconocer que fui a visitarla por compromiso, al fin y al cabo, los recuerdos vividos con intensidad en la infancia, no son agua.

La sorpresa fue absoluta y admirable. Aquella monja, felizmente ya no era la Madre Eudes. Su presencia era ciertamente enjuta, pero en su mirada algo melancólica y en sus labios fruncidos o quizás fatigados por las penalidades, emergía mi tía Nati. Eran su palabra y cierta natural desenvoltura, que ni la impronta monacal, ni los rigores de la selva habían conseguido domeñar.

Nada más verme, me llamó Barrabás. Buen comienzo y mejor indicio.

Nos veíamos con relativa frecuencia, lo que me ayudó a desentrañar sus andanzas y a husmear en algunos recovecos, al menos para una religiosa, comprometidos.

Oficialmente era monja, pero en su fuero interior e incluso exterior, ya había repudiado no sólo los hábitos, sino todas las gazmoñerías, memeces y ritualismos conventuales.

Realmente, su estancia en el convento, comprometía la rutina monjil, aquella “aurea mediocritas” en que vegetaban las “divinas cónyuges”.

Fue el día en que la Priora le reconvino con gran acrimonia, por haber descargado buena parte de la despensa conventual, siempre bien colmada, y haberla transferido a un grupo de indígenas harapientos que por allí merodeaban…

La Madre Eudes, con grave incumplimiento de las reglas y de la obediencia debida, con también toda la reverencia debida, soltó las verdades debidas…

– ¿Humildes siervas de Dios…? -me relataba su catilinaria- ¿En que nos diferenciamos de los ricos del mundo?, ¿en la pobreza? ¿En qué país tan pobre se pueden ver unas monjas tan tersas y rollizas? ¿En la castidad? Miren madres que por ahí andan demasiadas manos tiernas y sueltas, demasiados arrumacos espirituales, pero vamos a pensar que sí, porque este asunto es mejor no “meneallo”. Lo de la santa obediencia ya es harina de otro costal. Humillamos la cabeza ante verdaderas majaderías, pero luego con trampas, lagoterías y mil maniobras, cada una cumple su santa voluntad… Pues no gastan humos ni nada sus reverencias…

¡Que a gusto me carcajeé! Sin duda era mi tía Nati. Evidentemente, la respuesta de las instituciones debió ser fulminante. A sus 60 años, no parecía muy aconsejable expulsarla de la orden. Allí la mandaron, con los “salvajes Kunas”, a deambular por aquel conglomerado de islas caribeñas.

– Mira Barrabás, no se si aquellas monjas pecaban más de ingenuas, de estúpidas o de arrogantes. Aquella idea tan despectiva y prepotente sobre los indígenas, me consumía, cuando la más humilde cholita, les daba sopas con ondas en solidaridad, sacrificio y destreza… ¿Sabes lo que les pasaba? Como arrogantes españolas, se figuraban que gracias a ellas se habían desasnado y habían conocido al verdadero Dios. ¿Al verdadero Dios? ¿Y para qué demontres lo necesitaban si ellos tenían sus creencias, su forma de vivir y a su modo eran felices, mucho más felices que cuando entrando como elefante en cacharrería, los españoles arruinaron su vida y su futuro. La verdad, un poco tarde lo comprendí todo, pero hay que verlo para entender lo nefasta que ha sido y sigue siendo España con estas pobres gentes.

A mi tía se le humedecían los ojos. Había tenido que trascender dolorosas metamorfosis para arribar al puerto de la luz, de su luz.

Y cerca de quince años anduvo de isla en isla, de arrecife en arrecife, de cayuco en cayuco, de choza en choza, más que enseñando, como tantas veces me repetía, aprendiendo, colaborando con aquellas gentes en la mejora de sus condiciones de vida.

Se integró en su cultura y hasta cierto punto en sus creencias. Se sumergía con toda su consciencia en sus fiestas y ceremonias, los rituales de la chicha, la pubertad, los esponsales etc…

– ¿Que fue de aquel Padre Ramiro?

– ¿El Padre Ramiro…? -permaneció unos instantes profundamente pensativo-, demasiado visionario, demasiado ingenuo…Ay…demasiado débil… Murió en el mayor de los abandonos…Yo pude haber tenido bastante culpa en aquel final. ¡Cuánto nos precipitamos cuando hacemos de algunas personas seres imprescindibles…! Mira sobrino, siempre hay etapas de tu vida que te resultan difíciles de asumir… Por eso este tema nunca lo he hablado con nadie y no es porque haya cosas que le puedan avergonzar a una, en absoluto. Es más, porque te das cuenta, que aunque quieras ser siempre dueña de tus actos, con frecuencia te ves superada y humillada por los acontecimientos…

Me di cuenta que tal vez, nunca hubiera debido hurgar tanto en sus íntimos recovecos. Ya estaba hecho y me quedó la sensación de que de alguna forma, no le había importado confiar estas cuitas en alguna persona de confianza… ¿Las tenía?

Lo que si quedó perfectamente meridiano, era de que a mi tía le iba ser imposible asentarse en nuestro ambiente, y así se lo comuniqué.

– Pues la verdad, nada que no sea morir, me queda por hacer aquí… Sobrino, -me sonrió-. No me quieren en ningún lado. No estoy preparada para adaptarme a estos conventos, son fábricas de trabajo en cadena. Cada cual tiene su cometido, apenas nos vemos en los rezos… Todos se van a sus cometidos y el convento se queda vacío y con un silencio terrorífico. Yo jamás me acostumbraré a esto, así que ¿que hacer?

Unos días antes de volver a su Darién con sus indiecitos, me llamó y la verdad es que por su tono, pronto deduje que algo gratificante había sacudido su vida.

Era el mismo espíritu envolvente y optimista de la joven Nati. El mismo que en fiestas revolucionaba y ensortijaba a toda la cuadrilla de neskas.

Estaban recién acabados los comicios generales. La movida que la madre Eudes armó en el convento fue más profunda que el cañonazo de la campana María. La verdad es que la mayoría de las madres ya estaban un poco hartitas y molestas con la madre Eudes. No podían entender aquella “anarquía” decían, aquella “desenvoltura” calificaban, y todas las críticas mordaces que aplicaba a la parafernalia conventual. Llegadas las elecciones, la superiora, como de costumbre les sugirió no solo la conveniencia de ir a votar, sino las de seguir las normas y consejos de la conferencia episcopal.

La madre Eudes, con toda la reverencia en ella inimaginable, le indicó a la superiora que ella no iría a votar. Que era muy consciente de que su voto no lo habrían de aprovechar unos señores, ladrones, chanchulleros, arrogantes y descreídos. Y además, que según ella, eran culpables de todos los desaguisados de aquí, de allá y de paracullá…

La superiora le contestó que estaba en su perfecto derecho, pero que en ese caso, lo habitual era depositar su poder en otra monja…

– Entienda Madre, que en este ambiente nuestro, de impíos, rojos y separatistas, las siervas de Dios, no nos podemos permitir el lujo de desperdiciar ni siquiera un voto…

– Entienda Reverenda Madre, con todos los respetos, que en mi conciencia, el voto es mío e intransferible y que hacer lo que usted manda, sería mentir a la sociedad y por tanto pienso que también a Dios que la respeta y la ama…

No me contó los detalles que las entrañas revueltas de la superiora pusieron en escena, ni los trámites urgentísimos que para deshacerse de la insoportable monja llevó a cabo. Que fueron eficacísimos es evidente, ya que a la semana del sucedido, me encontraba despidiéndole en el aeropuerto.

– Quizás ya no nos veamos más sobrino…

– Ya veo que no piensas arrimarte más por aquí…

– Aquí… Ya sabes que lo que hay por aquí…a mí… En cambio tú si podrías acercarte al Darién…Te gustaría…Además ya sabes que no te va a faltar una buena guía…

– Lo se y no digo que no lo haga…

El abrazo que me dio, no tenía ni el vigor, ni la alegría de la joven Nati, pero sí su espíritu libre y desenfadado, y sobre todo generoso y pleno de cariño…

– Adiós Barrabás… -sollozaba y se esfumaba entre la multitud-.