Nos explica la sociología, como ciencia dedicada al estudio del comportamiento social a nivel tanto global como individual, que determinados hechos históricos sucedidos años, siglos atrás y recuperados para el presente mediante el recuerdo simbólico colectivo, favorecen la creación de un fuerte vínculo en el seno de una sociedad, una cohesión interna muchas veces inexplicable, pero existente, un sentimiento de pertenencia a un pueblo o patria. Y que son circunstancias como estas las que permiten, entre otras, a los miembros de una sociedad encontrar una razón de ser, ese algo que, de manera imperceptible les sostiene social y emocionalmente junto al resto de individuos que sienten y viven de igual manera su apego hacia una tierra con sus más y sus menos, con sus errores históricos, con sus hitos, héroes, tradiciones y demás bagaje histórico y cultural.
Así viene sucediendo a lo largo y ancho de nuestro cada vez más homogéneo y superpoblado mundo desde tiempos inmemorables, aunque no haya sido siempre de una manera pacífica, limpia y equitativa.
En cuántos lugares el recuerdo hecho presente es objeto de controversias, manipulaciones y ataques, en cuántos la simbología histórica pasa de ser deseable lazo de unión a convertirse en peligrosa arma arrojadiza, capaz de desbaratar las firmes bases socio-culturales de todo un pueblo.
Una sociedad ideológicamente fraccionada, que no acaba de encontrar el punto al que dirigir sus pasos como grupo de hombres y mujeres con unas raíces históricas y culturales claras y sólidas, pero durante años manipulada y encaminada hacia esa fragmentación, no acabará, al menos en su totalidad, de hacer suyo un recuerdo o simbología propias.
Cuando los datos históricos o culturales de un pueblo han sido cientos de veces tergiversados, ocultados o mostrados tan sólo a medias por puro interés propio, cuando una simbología ha sido rechazada o censurada, pierden su valor entre la sociedad que los sustenta y esta ya no sabe a qué atenerse, ni tan siquiera si merece la pena hacerlo, puesto que la información recibida es confusa y provoca un lógico escepticismo. Una información que le llegará de forma abrumadora y en demasiadas ocasiones, aún siendo asaz repetitiva, presentando sutiles diferencias dependiendo de quién, cómo y cuándo haya sido dejada caer para uso y consumo de aquellos mismos individuos confusos, hastiados de tanta manipulación y faltos de interés por algo que, en origen, debería producir unión y no, como está sucediendo dentro del pueblo vasco, ruptura.
Huelga explicar las evidentes razones políticas de los que dan su propia versión de los hechos, de los que se devanan los sesos en debates igual de interminables como inútiles sobre lo que es o no es vasco, sobre lo que sucedió realmente aquel fatídico año o acerca de si determinada celebridad histórica empleó su esfuerzo y buen hacer pensando en el pueblo que lo vio nacer.
Se da la paradójica circunstancia por la que, si un individuo desea obtener más información sobre un hito histórico o sobre los orígenes y evolución del simbolismo al que se aferra su comunidad, acabará aceptando aquello que se ajuste más a lo que él esperaba (o mejor dicho, deseaba) que hubiese sucedido tiempo atrás y no como realmente fue. No es de extrañar que esta situación evolucione hacia una esperada y fríamente calculada fragmentación social cuyo objetivo principal es la no-cohesión entre los miembros de dicho pueblo o comunidad.
No facilitar que un pueblo sienta apego por su patria, no permitir que traiga al presente los sucesos del pasado de forma impoluta que le permita crear primero y reforzar después unos lazos de unión internos, es la mejor forma de acabar con él, introduciendo mientras tanto una memoria histórica nueva, una reinterpretación cultural y una crítica y persecución feroz hacia quienes reivindican sus derechos como pueblo diferenciado y un reconocimiento como tal.









