He aquí una división que nunca se llevará a cabo, debido a la calaña y a la maldad de dirigentes del mundo. 700.000 millones de dólares – los que parece exigir la banca de EEUU – entre las 100 naciones más pobres del mundo. Hagamos la cuenta; estaríamos tan cerca de superar el hambre…
No es ficción. Hay dinero de sobra. Solidaridad porque todos somos hermanos. Stop al hambre y posiblemente a muchas guerras atendiendo a un justo reparto. Reactivaría el consumo, los sistemas de producción y el renacimiento ecológico. ¿Sería eso espíritu navideño? Claro que las connotaciones espirituales de la parafernalia navideña, no pasan de mera fantasmada, hipocresía y ñoñez
Pura justicia, pero quizás pura utopía, por eso de “la calaña humana”. Demasiados Bush, Aznar o Madoff.
Quizás el hecho nos acercara a la Paz. Claro que esta duraría una misa de acción de gracias… Tal vez no estemos preparados. La cizaña, la codicia, la perversidad no se extirpa del ser humano tan solo a golpes de equidad o de caridad…
Pero el experimento sería un gran paso. Posiblemente una grata sorpresa. Sin duda una eclosión de la bondad presa en la entraña del ser humano.
Pero dejemos de soñar, para eso está la Navidad. Aunque ya ni eso. Ya solo sueñan los infantes, las cuentas corrientes sólidas y algún que otro despotenciado.
Porque dicen que en estas fechas a los adultos nos atrapa el neura consumista o la depre.
Los Reyes Magos, Papa Noel, Olentzero, nos atosigan las fibras como iconos perversos.
Lo de los reyes ya… La realeza dicen que ha sangrado y sangra a los mortales que sudan su pan. Que desde que perdieron el carisma divino están desprestigiados. Quizás un buen día se pudran en los cuentos y se momifiquen en los regios salones…Quizás.
No les cuadra la humildad, ni la justicia ciudadana, ni la solidaridad con los desfavorecidos… Raza de privilegios impropios de cualquier mortal… No más que engendros humanos desde que Júpiter renunció a engendrarlos. Al menos los del portal, adoraban la suma indigencia de un perseguido por la justicia. La perversa justicia.
Hoy, sus majestades de oriente tienen glamour. Se enfundan damascos y oropeles y usan perfumes y cremas de Armani. Donan sus mejores presentes a los burguesitos más VIP. Ya no creen en el Dios del pesebre porque no vende un peine. Omnipresentes. Fantasía cutre y pavoneos en rúas, salones del fascio y hospitales mediáticos… Ni siquiera el negro es de Senegal, ni de Zimbawe… que es de pega… un enchufado blanco teñido, vicioso de lisonjas…
Pues eso que perdieron la unción mesiánica para convertirse en puros paladines del marketing…
Aunque para paladín de marketing, Papá Noel. El tatuaje navideño por antonomasia. Toda la materia urbana, hasta el mismísimo aire queda embadurnado con su icono.
El bueno y compasivo Nicolás de Bari cada vez que llega la Navidad se rompe la garganta protestando desde el cielo.
Dicen que no soporta el grotesco calandrajo bermejo o tomatero, en que le embutieron los de la coca-cola. Que los yanquis crean demasiados mamarrachos. Que él, allí, en su natal Patara, tan sólo se dio a socorrer a los pobres apestados… Y que no viene ni del Polo Norte ni la madre que lo fundó, sino de Turquía. Y que no había renos para tirar de su carro sino asnos…
Es la obsesión de los gurús de Wall street, convulsivos Midas, trocar todo en oro, a Papá Noel y al propio Mefisto. Sólo que a la postre, tanto oro se ha trocado en un truño -que dicen los frikis-. ¡O doradas navidades las de los hogares del paro y del hambre donde nunca se cuela Santa Claus!
En fin que los gringos lo confunden todo, hasta el espíritu de la navidad en el caso de que la navidad tenga espíritu.
Porque claro, allí en yanquilandia y -también aquí en la civilizada Europa-, el banquero ladrón, el político criminal que produce o apoya guerras, el policía torturador… todos, hasta la madre abadesa van de Papa Noel. Sí toneladas y maratones de “papasnoeles…”
Otra cosa es, quiero decir era, nuestro simpático Olentzero. Un carbonero bonachón tan solo, que muchos conocimos allá, en los estertores del franquismo. Simplemente bajaba del monte con su cosecha de carbón, sin más pretensiones que aprovechar la fiesta para espantar la soledad y regocijar la tripa. Había algunas otras consideraciones más de tipo religioso, puras corruptelas de clérigos metiches, que se ponen a sacralizar y te divinizan hasta un cuto. Por lo del “cuto divino”.
Lo cierto es que los vascos lo habíamos introducido en nuestra forma peculiar de entender la fiesta familiar. Entonces los franquistas nos lo hicieron subversivo y nos mandaban a grises y picoletos, recurso ineludible del sistema.
Ahora los poderes fácticos de Euskalherria le pagan el SPA y nos lo están convirtiendo en un burgués dandy con cara de mazapán. Lo uniforman como a un jeltzale en romería. Se ve que el morrosko buruhaundi y tripandi no cumplía el canon adecuado para trepar por los balcones. Nos venía demasiado gordinflón nuestro carbonero.
Uno se teme que al final Olentzero, Santa Claus y los benditos reyes nos los conviertan en el mismo personaje con distinto traje. Pues no. Olentzero es un carbonero, ni santo, ni rey, que siempre ha habido clases.
Me quedo con la rusticidad y la bonhomía de nuestro carbonero, que de reyes y santos uno ya está muy, pero que muy atascado. A los demás, mientras se enrollen en los mejunjes del marketing, mucha “gloria in excelsis”.









