La presente situación mundial, presidida por la crisis, constituye un momento de grave riesgo para el futuro de la Humanidad. En el pasado los grades cambios se han producido, sin que, quienes fueron sus protagonistas, advirtieran previamente los acontecimientos que se iban a precipitar sobre sus existencias. Es difícil, en cualquier caso, intentar adivinar lo que pueda suceder en el futuro más inmediato y la incidencia de los acontecimientos mismos sobre la evolución de los procesos históricos; más difícil que determinar el alcance de los fenómenos meteorológicos. Solamente comparando esos mismos procesos con otras situaciones históricas es posible intuir la trascendencia que pueda tener en el futuro una situación concreta y peculiar.
Parece incuestionable que la crisis del sistema es profunda. Lo peor de todo es la resistencia de las élites socio-políticas a asumir la responsabilidad que les corresponde en la génesis de la misma y parezcan no buscar otra salida, que la de reorganizar el sistema, afín de poder continuar por el mismo camino seguido hasta el presente. Los grupos sociales dominantes, después de haber saboreado las inmensas riquezas que les ha proporcionado el crecimiento económico durante los últimos treinta años, se resisten a aceptar la disminución de sus ganancias, a pesar de que la realidad pone en evidencia que el crecimiento económico se ha detenido.
Durante las primeras fases de la Revolución industrial los capitalistas europeos y norteamericanos se enriquecieron gracias a las altas tasas de plusvalía que obtuvieron del trabajo de los obreros, reduciendo a éstos a simples animales a los que no suministraban, sino la parte del salario imprescindible para la reposición de la fuerza de trabajo, tal y como destacó Marx. Entre trabajadores y empresarios se agudizó un fuerte antagonismo, que para los trabajadores no tenía, sino una única solución. La Revolución que destruyera la propiedad privada de los medios de producción -el socialismo- Entre la clase trabajadora de los países industrializados se impuso esta percepción que posibilitó la aparición de diversos episodios revolucionarios en el conjunto de Europa. La perspectiva de la revolución socialista constituyó un referente que se percibía ineludible y al alcance de la mano hasta después de la Segunda Guerra mundial.
La citada perspectiva cambió tras este grave acontecimiento que se encuentra en la base del ordenamiento del mundo actual. La necesidad que sintió el Capitalismo de disponer de la colaboración de los trabajadores, con el fin de reconstruir el Mundo arrasado a raíz del conflicto, dio paso al Estado de bienestar. Este modelo de Estado y sociedad se instaló en el ámbito restringido de los países industrializados europeos. Se basaba en la participación de las clases trabajadoras en los beneficios del desarrollo económico. Como consecuencia, una parte fundamental del producto sería disfrutado por los trabajadores, en una medida impensable en tiempos anteriores. Es cierto, no obstante, que no desapareció la clase de los empresarios, ni las élites socio-económicas, aunque el mismo estado se convirtió en el empresario más importante. Fueron la época que los franceses han dado en llamar los treinta gloriosos, entre la derrota del nazismo hitleriano y la crisis de 1973.
El nivel de satisfacción en lo económico y cultural de la sociedad europea permitió pensar en la superación de la conflictividad tradicional existente entre ricos y pobres, pobres que, en la práctica, habían desaparecido de la superficie europea. Dio la impresión de que el Capitalismo había conseguido amortiguar las disparidades sociales, en tanto los sistemas socialistas presentaban dificultades insuperables, simplemente, para satisfacer las necesidades elementales de sus respectivas sociedades. Es el tiempo en el que destacados miembros de las élites de los países socialistas miran con sana envidia hacia Occidente y llegan a afirmar que el Capitalismo se ha convertido en el sistema social que mejor satisface las aspiraciones de la clase trabajadora, como le sucede al Checoslovaco Dub^cek y al ruso Yeltsin.
Todo fue un espejismo. El Estado de bienestar respondía a una actitud interesada de las élites sociales de los países avanzados. En el espacio de treinta años -entre 1914 1945- habían llevado a los europeos al borde del abismo, como resultado de las ambiciones imperialistas que impulsaban la dinámica del sistema. La posibilidad de que los más débiles optasen por el camino socialista, no era baladí, a pesar de todas las limitaciones con que podía aparecer el socialismo real, apadrinado por Stalin. El estado de bienestar mostró las posibilidades de la colaboración entre empresarios y trabajadores y pareció superior a ningún otro sistema que pudiera oponérsele. El Socialismo real se vio obligado a tirar la toalla.
A partir de este momento la plutocracia modifica su actitud ante un sistema tan eficaz. El Estado de bienestar se presentará a partir de este momento como ineficaz. Constituye un sistema de engranajes que sirve de refugio a parásitos y holgazanes; naturalmente, los funcionarios que viven de su manejo y los trabajadores que se sienten cómodos a la sombra de “papa Estado”. Dirigentes e ideólogos económicos denuncian el fraude. No aceptan que la riqueza del Estado sea la que han creado todos los ciudadanos y que la participación de éstos en la misma responde a la contribución alícuota en el conjunto. Los ricos reclaman el desmontaje del bienestar y colocan en primer término de los valores económicos la productividad. Productividad es un concepto unívoco y unidireccional. Se traduce por aumento de la tasa de beneficio por unidad de inversión. El aumento de la tasa de beneficio no depende únicamente de la mejora del proceso productivo, sino, ante todo, de la disminución de la cuota de participación del trabajador en el precio del producto.
Los periclitados principios del liberalismo económico vuelven a ser colocados en el candelero por empresarios y economistas. El problema más serio del sistema productivo se encuentra en la tendencia a la holganza de tantos trabajadores faltos de estímulo. De nuevo se agita la bandera del triunfador en los negocios, que forzosamente es el más hábil y el más trabajador. Triunfo y fracaso son el instrumento del mérito individual, al que debe liberarse de las trabas que impone la legislación estatal. La riqueza de los ricos cubrirá a quienes no lo son. Que se libere al capital de las cargas despilfarradas en mantener a holgazanes, que se deje al individuo gestionar directamente los impuestos que la administración le quita para atender sus necesidades asistenciales. Es el propio individuo por su interés quien mejor los manejará en función de sus necesidades reales…, “laissez-faire, laissez-passer”…
Finalmente, el Capital tiene la libertad de marchar allá donde encuentre mayor rentabilidad. El mundo se abre a su acción y terminará por situarse en donde mejores condiciones de rentabilidad obtenga, esto es, en donde el trabajo resulte más barato. Parece que queremos volver a los inicios. Lo cierto es que en el momento actual el capitalismo ha conseguido reabsorber todo el conjunto de concesiones realizadas durante el periodo de tiempo que precede al momento presente. En este terreno es necesario considerar, además de la tasa de plusvalía del trabajo, los mecanismos de las organizaciones financieras, mediante los que se expropia, incluso, a los propietarios de los medios productivos. Lo evidencia las tasas de beneficio de las instituciones bancarias que superan en mucho el índice de crecimiento del Producto Interior Bruto.
Frente al discurso oficial que proclama la difusión de la riqueza desde los más ricos al resto de la sociedad, la crisis empieza por afectar a los más desfavorecidos, apartado al que pertenecemos el conjunto de quienes no tenemos parte en las operaciones especulativas. Aumento del paro, disminución de las inversiones asistenciales, inflación…, esta es la perspectiva. Miles de individuos verán descender su nivel de consumo, las prestaciones que hasta ahora han servido para su bienestar, por no decir nada de las posibilidades del ocio y acceso a la cultura.
Los dirigentes políticos intentan ocultar las derivas sociales a las que la recesión puede dar lugar y, finalmente, no quieren abandonar la idea de poder recuperar el control de la situación en un espacio de tiempo corto. Me pregunto sin embargo ¿Cuál es el nivel de degradación social con el que vamos a convivir en el plazo de unos meses? ¿Hasta donde llegará el nivel de tolerancia de una sociedad que ha vivido en relativa abundancia y comodidad, de obligársele a renunciar, quizás, lo imprescindible? Difícil es concretar estos puntos, pero es una insensatez pensar que el progreso y desarrollo son hechos irreversibles.








