Tópicos

La creación de tópicos a lo largo de nuestra historia y la diversidad de opiniones sobre qué es ser vasco o quién lo es y quién no parece revelarnos no sólo la falta de una definición exacta aceptada de común por toda la sociedad en este caso implicada, sino también la necesidad constante de verse reafirmada en su identidad ante las agresiones tanto externas como internas.

¿Qué o quién es vasco? ¿Hasta dónde abarca dicho concepto, entendido desde la racionalidad y la objetividad? ¿Es posible definir lo vasco objetivamente o por el contrario la sociedad actual, tan variable y multiforme ha ido estableciendo una definición distinta e interesada de lo que representa ser vasco?

Los tópicos existen, pero obviamente no representan ni de lejos lo que se podría calificar hoy en día como elemento vasco, de hecho la gran mayoría de los que se sienten vascos dejarían de serlo de inmediato si aquellos tópicos y dichos fueran ciertos al cien por cien.

¿Hasta dónde deberíamos remitirnos para hallar una definición concluyente? ¿A la historia del pueblo vasco, a su cultura, a su lengua? ¿Es, quizás, una cuestión de apellidos? ¿O simplemente lo es quien ha nacido, vive y trabaja en suelo vasco? Tal vez lo sean los que, independientemente de lo anterior citado, se sienten como tales, sin tener en cuenta la posibilidad de que se genere una situación real y factible en la que ningún miembro de nuestra sociedad vería con buenos ojos que alguien se considerase plenamente vasco sin tener dentro de sus prioridades existenciales la historia, la cultura o la lengua vascas.

No es posible una sociedad que se sienta vasca en su totalidad obviando algunos de sus rasgos más característicos, al igual que tampoco lo sería la supervivencia de un pueblo cuyos principios identificativos están siendo utilizados como arma política.

La sociedad vasca necesita observarse desde fuera, tomar conciencia de su existencia, de lo que irradia hacia el exterior y de cómo son todos y cada uno de los individuos que la integran. Dicha observación mostraría un cuadro un tanto abstracto, sin líneas definidas, fruto de la variedad de opiniones y pensamientos políticos tan propios de estos tiempos; un cuadro que, sin lugar a dudas, espera ser restaurado y mejorado. Dada la dificultad de sustraer a la sociedad de toda ideología política dañina y sectaria, habría que aceptar que esto es lo que hay y esto es lo que somos, para pasar posteriormente a centrar toda la atención y esfuerzo en conservar lo que se está perdiendo, pero sin tener en consideración su encuadre político. Sacar la cultura y la lengua vascas del ámbito político y devolvérselas al pueblo, dueño y heredero de las mismas, sería un paso importante a dar, ejemplo de una sociedad democrática, avanzada e inteligente.

Pero la realidad es otra, la de un grupo social que nace y vive encajonando a sus individuos, mostrándoles una perspectiva parcial del mismo, centrándolo en una serie limitada de amenazas cuando éstas son más de las que se conocen y se tratan diariamente en los medios de comunicación. Nuestra sociedad es hija del capitalismo, del consumismo y de la política más interesada e hipócrita y es dentro de ese juego mediático y económico, dentro de sus fronteras donde nos movemos y percibimos una realidad a medias, que no es otra más que la que nos permiten ver. Es en ese esquema social impuesto donde debemos mantener nuestras razones y principios existenciales, y ya no sólo como pueblo diferenciado sino como sociedad digna de ser informada adecuadamente, consultada y respetada.

Pero tal y como está la situación actualmente, en la que no queremos distinguir lo real de lo irreal, lo manipulado y lo tergiversado por interés de lo veraz, será difícil establecer unas bases sobre las que trabajar. Nada indica que nuestra sociedad esté preparada para desenredarse de la maraña político-ideológica en la que nos han metido y que no nos permite ni vernos ni conocernos sino vivir de tópicos, aquellos mismos que desde las esferas políticas de toda la vida han ido introduciendo entre nosotros y que, desde nuestra simpleza, los tomamos como férreos estandartes de nuestro pensamiento e ideología cuando la resolución del conflicto, si es que por nuestra parte aún queda algo por hacer, viene dada por la ruptura con todo tópico y por, una vez más, la recuperación de nuestra dignidad histórica, cultural y lingüística.