778. Iruña. Incendio

Hace de dos mil años y más, Iruña, asentada en una elevación, circundada por el río Arga y protegida por tupidos bosques, fue agredida por el general romano Cneo Pompeyo Magno. La muralla de cañas que protegía el poblado fue incendiada y los conquistadores establecieron un asentamiento militar. La ciudad recibió el nombre de Pompeyo. Estrabón aseguró: “…por encima de la Lacetania, en dirección al norte, está la nación de los vascones, que tiene por ciudad principal a Pompelon”.

Hace mil doscientos años y más, Pamplona fue invadida por las tropas de Carlomagno, futuro emperador de Europa. Concertado el paso del Pirineo mediante un pacto entre Otsoa Lupus, príncipe de los vascones, y Roldan, paladín de Carlos, permite a éste y su ejército, unos diez mil hombres, cruzar el desfiladero de Orreaga para aposentarse en Pamplona. Se conviene facilitar el paso del ejército carolingio hacia tierras de Zaragoza para combatir al musulmán allí aposentado.

Carlos y los suyos, en el inicio de aquella guerra de primavera de 778, se encuentran con una ciudad vacía, sin botín apetitoso en sus bodegas ni riqueza en sus sótanos. Conquistan la ciudad y hay escaramuzas, pero también indicios de que los pobladores de Iruña habían sido evacuados hacia los territorios de Ximen, hoy Tierra Estella. Roldan, uno de los Pares de Francia, a quien Carlos tenía devoción por sus cualidades guerreras, se adelanta de Pamplona hacia Zaragoza.

Podemos imaginar un estío como el que estamos padeciendo. Calor extremo, furiosas tormentas eléctricas, el difícil trajinar por trochas entre bosques en plena exuberancia. El ejército de Carlos va pertrechado con corazas de acero, a lomos, algunos, de caballos, los más a pie, portando las armas mortales que eran tan pesadas. En las cercanías de Tudela tiene lugar el desafío de Roldan y Ferrugot, señor de las tierras vasconas del sur, muerto en combate merced a los pérfidos ardides del paladín carolingio.

Tras dos meses, más o menos, de sitio, Zaragoza no cae en manos francas. Reunidas las fuerzas que provenían desde lo que hoy es Catalunya, se estaba conformando la Marca hispánica para detener la avanzada árabe, Carlos reúne en la planicie de Zaragoza un ejército de más de veinte mil hombres con sus pertrechos, su caballería, su intendencia. Los animales iban en rebaños para ser sacrificados en el momento oportuno. Todo esto entorpecía la marcha.

Carlos decide la retirada y no tiene otro camino que por Pamplona y a través del desfiladero pirenaico, con el temor de que las nieves del invierno pudieran impedirle el acceso a sus cuarteles del norte. La marcha es lenta y difícil. Es probable que a oídos de Carlos (no olvidemos que hablaba directamente con Santiago Apóstol, cuyos restos se habían revelado en Galicia) llegaron rumores de que los vascones podrían resultar hostiles. No habían sido fáciles en el pasado, aunque junto su abuelo, deteniendo la avanzada árabe en Poitiers, estuvo Eudon, señor de Vasconia.

Carlos y su ejército llegan a Pamplona, posiblemente derrengados, y acampan en una ciudad muerta. Nos queda el nombre de un líder de las tribus vasconas, Eneko, quien dirigió la retirada de la población más receptiva al horror de la guerra, y la dirección de las acciones a acometer. Hubo de haber conciliábulos, llamadas a los clanes diversos y dispersos por el territorio vascón, para determinar no solo quienes se quedaban en Pamplona, sino quienes irían ocupando el camino hacia el desfiladero en la marcha de cinco jornadas prevista para el ejército invasor, y las gestiones a realizar: desgaste psicológico (invisibilidad del enemigo, irrintzis nocturnos mortificando el sueño, etc), acumulación del material guerrero a descargar desde lo alto del desfiladero, lo cual in exige un conocimiento del terreno propio de los nativos que tuvieron dos meses para diseñar la estrategia y lo hicieron bien, dados los resultados.

Carlos necesitaba advertir de su potencia y ferocidad para amilanar al contendiente oculto en las sombras, de quien no tiene más voz ni portavoz que sus irrintzis. Ordena incendiar Iruña como medida contundente. Las llamas devoran las viejas y resecas piedras de las murallas romanas que aun la protegían, y con ese resplandor terrorífico a sus espaldas, dictamina el avance del ejército, desde la cuenca de Pamplona por el valle de Esteribar, su ejército semeja un delgado filete de plata en los vericuetos montañosos, en derechura hacia el desfiladero pirenaico que habrá de acercarlos a tierras de Aquitania. Carlos va a la vanguardia de sus veinte mil hombres, en el centro y protegida se lleva la intendencia en este caso no muy abundante en botín ya que Zaragoza no fue tomada y a Pamplona la encuentran vacía. La retaguardia la cierra Roldan que enarbola su temible espada Durandal, con su pomo repleto de reliquias sacrosantas.

La batalla que tendrá lugar en el desfiladero, cinco días después del incendio de la ciudad, nos expone una acción vengativa y eficaz, donde no cupo tan siquiera el deseo de botín que podía suponer retener a cada uno de los dirigentes francos. Como rehenes valían su peso en oro. Se trata de una rotunda afirmación de soberanía vascona sobre sus tierras, de un rechazo al invasor utilizando, dada la inferioridad armamentística, la cobertura de su paisaje boscoso, y de los momentos renovadores que vivieron nuestros antepasados prestos a crear un reino, el de Pamplona, Navarra después.

La autora es bibliotecaria y escritora

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