Darwin no lo acertó todo

Sea de la disciplina que sea, el trabajo de campo puede ser agotador. Cualquier científico sabe que, a lo largo de una campaña que puede durar semanas enteras, es vital encontrar ratos de recreo. Los integrantes del equipo de paleoantropólogos dirigido por Mary Leakey, que en 1976 excavaban un terreno en el Parque del Serengeti, al norte de Tanzania, encontraron una manera curiosa de distraerse: lanzarse boñigas de elefante unos a otros. En una acrobacia para esquivar uno de los proyectiles, un científico cayó al suelo de tal manera que la cara le quedó justo en frente de una huella misteriosa. Parecía humana y estaba fosilizada. Un análisis detallado de ese rastro, que llegaba a 27 metros, reveló que las huellas se habían hecho 3,7 millones de años atrás.

 

De pie

Gracias a la ceniza escupida por un volcán y a la lluvia que cayó a continuación, el suelo de la zona se había convertido en un lodo finísimo donde quedaban marcados los pies de toda la gente que pasaba. Después de que se grabaran unas cuantas huellas, una nueva erupción las cubrió de ceniza, por lo que se preservaron durante millones de años hasta que el vuelo parabólico de un excremento paquidérmico facilitó su descubrimiento.

El registro fósil y los análisis genéticos indican que el linaje que daría lugar a los humanos se separó del de los chimpancés y los bonobos hace entre 4 y 7 millones de años. Pero este descubrimiento nos dice que hace 3,7 millones de años ya había alguien que caminaba sobre dos piernas. Probablemente se trataba de un grupo de australopitecos, que apenas superaban el metro de altura, eran peludos y no tenían el cerebro mucho más grande que el de un chimpancé. Pero eran bípedos, lo que les permitía ver depredadores de lejos y, sobre todo, tener dos extremidades libres. La separación y profundidad de las huellas muestran que caminaban despacio. Y quizás con ese andar parsimonioso, con una curiosidad que se parece vagamente a la nuestra, admiraban con cierta solemnidad la erupción imponente del volcán.

 

Trabajos manuales

Tener dos extremidades libres facilita la manipulación de objetos de utilidad cotidiana y fomenta, por tanto, la aparición de una técnica rudimentaria que a la vez puede estimular el cerebro. Como empezar a controlar el entorno mediante la manipulación de objetos ofrece ventajas evidentes, esta aptitud podría haber sido el motor que seleccionara cerebros con más capacidad y manos más finas y precisas que las de los australopitecos. El ‘Homo habilis’, considerado el primer manitas, que vivió hace entre 1,5 y 2 millones de años en África, ya tenía un cerebro más voluminoso y unos dedos más diestros que le permitían dar forma a herramientas de piedra, por ejemplo para cortar carne. A pesar de su habilidad, este homínido no habría podido desmontar el motor de un coche, aunque habría podido rayar y abollar su carrocería con las piedras afiladas que fabricaba.

 

Genes, fuego, acción

Mientras pasaba todo esto, una familia de genes llamada NOTCh2NL hacía su trabajo en silencio. En los linajes de los otros grandes simios había quedado desactivada, pero en nuestro promovió el aumento de neuronas y el desarrollo del córtex cerebral, el tejido nervioso que recubre los dos hemisferios del cerebro y que es responsable de eso que llamamos pensamiento. Este aumento del tamaño y la complejidad del cerebro promovido genéticamente encontró un aliado muy valioso en el fuego, que se empezó a controlar hace un millón y medio de años. Más adelante llegó el olor de la carne asada. Tal como decía el escritor John Cheever, «después del descubrimiento del amor, de la importancia de la caza y de la constancia del sistema solar, está el olor de carne asada». Aunque a estas alturas se trata de una hipótesis no comprobada, como que la carne cocida proporciona más energía que la cruda y que una dieta estrictamente vegetariana, es probable que el hábito de cocinar permitiera liberar tiempo de recolección para dedicarlo a otras actividades como la vida social y la tecnología. Todo ello facilitó que en poco más de 2 millones de años el volumen del cerebro se triplicara para pasar de los 450 centímetros cúbicos de los australopitecos los 1.450 de los ‘Homo sapiens’ hace 300.000 años.

 

El poder de la ficción

Así llegamos a ser, en apariencia, una especie como cualquier otra. Hace 100.000 años vivíamos en África en pequeños grupos, recogíamos fruta y raíces durante el día, de vez en cuando cazábamos y por la noche nos acercábamos a la lumbre. Hoy somos una especie como ninguna otra. No sólo hemos pisado todos los confines del mundo sino también la Luna. Somos siete mil millones, hemos arrinconado los bosques y los animales y estamos transformando el planeta. ¿Cómo hemos llegado a dominar el mundo? Individualmente no parecemos más aptos para sobrevivir en la sabana que un chimpancé, pero cuando nos agrupamos somos capaces de colaborar de una manera muy especial. Las abejas y las hormigas son insectos sociales, pero la colaboración en la que se basa su funcionamiento es inflexible porque siempre se produce de la misma manera. Los chimpancés, en cambio, establecen relaciones más dinámicas pero siempre entre grupos pequeños de individuos. Nosotros hemos aprendido a colaborar de manera flexible y masiva, y esta colaboración ha dado lugar a las bibliotecas, las catedrales, las expediciones espaciales e internet. También a las guerras, los genocidios y los campos de concentración y exterminio.

Es innegable que la cultura, entendida como transmisión no genética de información, ha impulsado esta capacidad de colaborar. Pero los chimpancés también tienen cultura: fabrican esponjas que sólo el macho alfa lleva hasta el río, el lugar donde son más vulnerables, para recoger agua. Lo que no tienen los chimpancés es pensamiento simbólico, ni tampoco la capacidad de articularlo con un lenguaje. Es cierto que se comunican, pero sólo intercambian información directa sobre la realidad inmediata: «Estoy enfadado», «Se acerca un león». En cambio, el lenguaje humano permite construir nuevas realidades que nos cohesionan como especie y facilitan la colaboración: inventamos fábulas para explicar el origen del mundo, creamos declaraciones de derechos humanos, leyes que regulan las sociedades y discursos que mueven la economía.

 

Una conclusión retorcida

El lenguaje humano incluso permite escribir textos en los que nos preguntamos cómo hemos llegado a ser como somos. Alerta, sin embargo: todos los textos son lineales y transmiten la idea falsa de que la realidad también lo es. Los homínidos no se han sucedido en el tiempo sino que han convivido unos con otros, se han hibridado, se han enredado hasta el punto de que nuestra especie es el legado genético procedente de diversos linajes humanos extinguidos. Hace 100.000 años había seis especies de humanos en el planeta. En la isla indonesia de Flores vivía un homínido de un metro, conocido como Hobbit, que se extinguió hace sólo 12.000 años. Los neandertales, que también tenían pensamiento simbólico y algún tipo de lenguaje, se extinguieron hace 27.000 años, pero antes se cruzaron con nuestros antepasados ​​y esto hizo que hoy todos tengamos parte de su ADN en el interior de las células. No venimos de una cadena de especies correlativas ni del famoso árbol que Darwin dibujó en ‘El origen de las especies’. Venimos de una red impulsada por el bipedismo, la tecnología, el lenguaje y el pensamiento simbólico.

ARA