Hace unos días, el Pleno del Parlament rechazó la propuesta de Junts, de reclamar el nivel A2 de catalán para renovar la residencia a los inmigrantes regularizados, y el B1 para acreditar el arraigo en nuevos procesos ordinarios. Con los votos en contra de PSC, ERC, Comunes, PP, Vox y CUP (AC se abstuvo), la propuesta no prosperó. Es decir, la izquierda catalana y la ultraderecha bien abrazadas votaron contra la lengua catalana. Y es que nuestra lengua tiene muchos enemigos fuera, pero los más perversos están dentro.
La falta de políticas asertivas en defensa del catalán –en las antípodas de las del francés en Quebec– abocan al catalán al borde de la desaparición. Y es precisamente para combatir esto, por poco que pueda ser, que la concejalía de Política Lingüística del Ayuntamiento de Sant Cugat creó el año pasado la Semana de la Lengua –iniciativa perfectamente extensible en todos los Países Catalanes–, que consiste en una semana llena de actividades relacionadas con el catalán con el apoyo de un conjunto de entidades locales y nacionales Lengua, Mantengo el Catalán, ANC y Asociación de Municipios por la Independencia. El gobierno municipal tuvo la amabilidad de pedirme que hiciera la conferencia inaugural de este año, y ahora me complace acercarles su contenido. Como comprenderán, por tratarse de una conferencia de media hora, no es factible albergarla en el formato periodístico, pero gracias a El Món , sí es posible reproducir algunos fragmentos. Disculpen, sin embargo, que, al tratarse de fragmentos subordinados al espacio disponible, la línea narrativa original se rompa en algunos puntos. Los fragmentos son estos:
“La lengua catalana, como su nombre indica, es la lengua propia de Cataluña. Ningún pueblo tiene dos lenguas, o tres, o cuatro… Los estados, sí; los pueblos, no; las naciones, no. El catalán es la lengua del pueblo catalán, la lengua de la nación catalana, al igual que la lengua italiana es la lengua del pueblo italiano, o la lengua danesa, la lengua del pueblo danés. Hay lenguas, sin embargo, que por tener muchos hablantes, pueden ser percibidas como más “importantes”, o más “necesarias”, pero es una percepción errónea. La única lengua verdaderamente necesaria de un pueblo es la suya. No existen lenguas superiores ni lenguas inferiores. Aceptarlo, equivaldría a considerar que existen pueblos superiores y pueblos inferiores; pueblos con derecho a imponer su lengua a otro pueblo, y pueblos que deberían borrar la suya ante otra que se les declara superior y que les es impuesta como “la lengua común”. Entenderán que ningún pueblo puede aceptar este principio supremacista por una simple razón de dignidad. La lengua común de un pueblo es la suya, ningún pueblo tiene una lengua común que no sea la propia. Y precisamente por eso no necesita otra para comunicarse consigo mismo.» […]
«Los datos que nos informan del profundo bajón experimentado por la lengua catalana, en cuanto al uso social, son terriblemente inquietantes. Son tan inquietantes, como nos advertía la querida lingüista Carme Junyent, que se acercan al umbral por debajo del cual, de acuerdo con los parámetros de la sociolingüística, una lengua entra en un proceso de sustitución prácticamente irreversible. Y ese umbral es el del 30%. Nosotros estamos en el 32,6%. Cuando el uso social de una lengua cae por debajo del 30%, dar marcha atrás es prácticamente imposible. Con la escuela y los medios de comunicación no es suficiente. Y no porque sus hablantes se hayan vuelto mudos, sino porque han sustituido su lengua por otra. El bilingüismo es una falacia, porque siempre hay una lengua que desplaza a la otra de acuerdo con un principio invariable de la naturaleza: el pez gordo se come al chico.» […]
«No se puede proteger la lengua sin proteger a sus hablantes, unos hablantes que en Cataluña están escandalosamente desprotegidos . […] De puertas afuera, se anuncia que se tapará un agujero aquí y otro allá, pero mientras nos entretienen con el agujero, crean becas literarias de 80.000 euros para reforzar la literatura en lengua española; borran la lengua catalana en actos en el extranjero; españolizan internacionalmente la imagen de Cataluña presentándola no como lo que es, una nación de Europa, sino como cuatro provincias españolas; cambian la lengua de Antoni Gaudí; subvencionan grupos teatrales catalanofóbicos que presentan espectáculos en los que se trata el pueblo catalán de fascista; hacen oídos sordos a las repetidas quejas de la Plataforma por la Lengua por la marginación de la música en catalán en varios festivales subvencionados; entregan Cruces de Sant Jordi a personajes que han hecho de la catalanofobia un rasgo de su personalidad; dan relevancia a escritores que no sólo nunca han escrito ni media línea en catalán, sino que, a pesar de haber nacido en Cataluña, han formado parte de colectivos, como el Foro Babel, que han firmado manifiestos en contra de la lengua catalana y que, además, han expresado que el día de Sant Jordi les da asco.» […]
«Parte de esa ofensiva es la instrumentalización que el Estado español hace de la inmigración. Especialmente, por supuesto, de la inmigración de habla española, que es utilizada para residualizar la lengua catalana y sus hablantes, y, de rebote, al independentismo. No es ninguna estrategia nueva, es tan antigua como los siglos y todos los imperios la han practicado. China lo está haciendo ahora mismo en Tíbet. Quiero decir que no es en la inmigración, donde debemos poner el foco, sino en el Estado español y en el objetivo que lo mueve. No es por azar, sino por nacionalismo, que el Estado español da un trato preferente a los recién llegados de habla española en relación con los recién llegados que hablan otras lenguas. Y como Cataluña es una nación sin Estado, no dispone de las herramientas necesarias para gestionar las 125.000 personas que, al menos, le llegan cada año. Y no sólo eso. El hecho de no tener Estado hace que ninguno de los recién llegados perciba que ha llegado a una nación llamada Cataluña. Todos, sin mala fe, sólo por desconocimiento, están convencidos de que están en España, que la lengua propia de Cataluña es el español y que el catalán es algo folclórico que hablamos los catalanes “si no hay visitas”. No hay nada –y menos aún con el Govern que tenemos–, que les permita visibilizar que Cataluña es una de las más viejas naciones de Europa. La Tierra es de todos, amigos. Todos los habitantes de la Tierra vamos en el mismo barco y la única forma de no ir a la deriva es respetándonos. Por eso hemos establecido normas de convivencia. El recién llegado tiene derechos, naturalmente que sí, y está bien que reivindique su derecho a ser respetado. Pero también tiene deberes, y un deber insoslayable es el de respetar la lengua del pueblo de acogida, es decir, aprender su lengua. […] Los datos que nunca vemos, mira por dónde, son los del absentismo en las clases y del abandono. […] A los pocos meses, los recién llegados se dan cuenta de que no necesitan el catalán para vivir; se dan cuenta de que la lengua de autoridad no es el catalán, sino el español, que es la que necesitan para encontrar trabajo, porque en el trabajo no les piden que hablen catalán, les piden que hablen español. Y aunque hablen catalán, nunca los cogerán si no hablan español.» […]
«El conocimiento de la realidad no debe hacernos pesimistas, debe hacernos combativos, perseverantes, infatigables. Porque la lengua catalana no está muerta. Está amenazada de muerte, sí, pero no está muerta. Los catalanes no hablamos de una lengua muerta. Todo lo contrario, está viva. La prueba es que tiene grandes enemigos. Si estuviera muerta no tendría ninguno. Otras lenguas, como el sueco, el danés, el finlandés, el portugués o el neerlandés tienen un Estado que las protege; el catalán, sin embargo, sólo nos tiene a nosotros, los catalanes. Tenemos una lengua maravillosa, amigos; una lengua milenaria que ha articulado el pensamiento de generaciones y generaciones de catalanes a lo largo de los siglos, una lengua que ha configurado nuestra personalidad, nuestro carácter, nuestra visión del mundo y de las cosas, nuestra forma de ser y entender la vida. La lengua catalana, como dice su nombre, es la lengua del pueblo catalán, es la legua de una civilización. Dejar que desaparezca equivale a desaparecer también nosotros como pueblo. Una lengua, para sobrevivir, debe ser imprescindible en algún lugar del mundo, por pequeño que sea, porque no es el peso demográfico de sus hablantes el que otorga universalidad a una lengua, es la voluntad de hacerla rentable, útil, necesaria y, sobre todo, sobre todo, sobre todo, imprescindible por parte del pueblo que la tiene como propia. En otras palabras: si una lengua es prescindible es porque hay otra que es imprescindible y que ocupa su lugar. La lengua catalana une, la lengua catalana no es frontera, es puente. Hagamos, pues, que viva en plenitud junto a las demás lenguas del mundo. No existen fórmulas secretas para conseguirlo. Solo hay una y es universal: que sea imprescindible para vivir en Cataluña. Los catalanes hablamos mucho de la lengua, muchísimo. Pero lo que la salvará no es que hablemos de ella, lo que la salvará es que la hablemos.»
EL MÓN






