Inmigración irresponsable

Ahora que empezamos a sufrir las lógicas consecuencias de una inmigración descontrolada, quizás sería hora de hablar de responsabilidades. Algunas reflexiones.

De entrada, convendría dirigir la mirada hacia las autoridades que conocemos como “macroeconómicas” (las que controlan el aparato del Estado). Son las principales responsables de los problemas que ahora sufren muchos barrios y ciudades. Y lo son por actuación incompetente en dos vertientes de su responsabilidad: control y planificación. Es evidente que los millones de inmigrantes que han llegado a España en los últimos años no lo han hecho en patera. Han entrado, en buena medida, por puertos y aeropuertos. Esta desidia y descontrol ha sido, en parte, contaminación del progresismo social imperante. Permisividad que va desde querer lograr la solidaridad de paso universal hasta aplicar el principio de papeles para todo el mundo mediante la regularización -hecho que, en su día, Europa ya nos criticó-. Desgraciadamente, el control de la inmigración no es amigo de lo políticamente correcto. Ni del populismo. Alguien tendría que pagar por este alud que pocos países pueden resistir sin desencuadernarse.

Con respecto a la planificación, también convendría que algunos responsables públicos rindieran cuentas. ¿Recuerdan a los que decían que la inmigración ayudaría a pagar la seguridad social, las jubilaciones, etc.? Hablando de España, decir este tipo de cosas equivale a ser burro, o a ser un mentiroso malintencionado. Aquí no ha llegado inmigración porque estuviéramos cortos de personal. Aquí ha venido gente de fuera porque el personal local (administración, empresarios y trabajadores) no ha querido hacer el esfuerzo de adaptación productiva que la bonanza económica demandaba. La productividad española está por tierra porque se rinde poco. Y si esta productividad empieza a mejorar tímidamente es porque la tarea que antes llevaban a cabo dos personas, ahora la hace uno sólo. Las autoridades sabían hace tiempos que en España sobraba mano de obra. En ningún país del mundo desarrollado se acepta un alud inmigratorio como el que hemos sufrido manteniendo, al mismo tiempo, una tasa de paro que nunca bajó del 7%. Nadie, en el mundo, se lo explica todavía.

Pero también hay que apelar a los comportamientos individuales. La mejor manera de que un inmigrante se integre en un modelo de sociedad, sin provocar que el país de acogida se disuelva, consiste en que la sociedad receptora tenga asumidos firmemente unos métodos y unos procedimientos (de trabajo, de mantenimiento de valores, etc.). Unos métodos estrictos a los cuales los recién llegados se tienen que adaptar. Métodos duros, sin duda, pero que los inmigrantes que han venido para mejorar y quedarse abrazarán y harán suyos -el resto, se marcharán-. Este no es el caso de Cataluña. Integración no quiere decir ir adoptando las costumbres de los recién llegados hasta el límite de que esto acabe degradando los sistemas de vida y productivo que, al fin y al cabo, el inmigrante buscaba para mejorar. Un sistema inmigratorio eficaz quiere decir coger del que llega todo lo que ayuda a mejorar. Pero también significa rechazar, sin contemplaciones, todo aquello que puede hacer bajar el tono de vida general. Lo que acaba perjudicando a todos: a los que ya estaban y al recién llegado.

Desgraciadamente, Cataluña no ha establecido una manera suficientemente clara de trabajar, de comportarse, de defender los valores propios. No existe el manual de comportamiento que se debe entregar al recién llegado para que lo aplique. Las sociedades habituadas a absorber gran cantidad de inmigración y que, simultáneamente, continúan siendo líderes en su manera tradicional de generar riqueza -ofreciendo también posibilidades y movilidad social a los recién llegados- son severas en la observancia y cumplimiento de la manera de trabajar y de convivir. Pero ¿cómo podemos nosotros pedir a los inmigrantes que se comporten de una determinada manera si somos incapaces de exigirlo a los que ya estamos? Se lo he dicho en otras ocasiones: el modelo productivo que caracterizaba a Cataluña se ha pervertido. La ética del trabajo ya nos parece cosa del pasado. Y esto no es culpa, sólo, de como nos ha llegado la inmigración. Sino, también, de cómo la hemos recibido.

 

(Nota: En el artículo anterior les decía que Lombardia tiene seis millones de habitantes. Mentira. tiene nueve. Disculpen el lapsus.)

 

Noticia publicada en el diario AVUI, página 17. Miércoles, 10 de marzo del 2010