‘Imago Vasconiae’, el atlas del tesoro para conocer al pasado de Euskal Herria

«Es la mayor aventura en la que nos hemos metido como editorial», ha reconocido Jose Mari Esparza sobre ‘Imago Vasconiae’, el primer atlas cartográfico histórico de Euskal Herria. Editado por Txalaparta, con el apoyo de Laboral Kutxa, esta joya para paladares exquisitos tiene una ‘hermana’ en redes.

Los autores y la representante de Laboral Kutxa posan con el primer atlas cartográfico de Euskal Herria. Los autores y la representante de Laboral Kutxa posan con el primer atlas cartográfico de Euskal Herria. (Aritz LOIOLA | FOKU)

Ponerse a ojear ‘Imago Vasconiae’ (Txalaparta), el libro de Ramón Oleaga y Jose Mari Esparza, es como viajar a nuestro pasado siguiendo las indicaciones del mapa del tesoro. En realidad, son 300 mapas del tesoro, con unas ilustraciones preciosas, coloridas, extrañas a veces, repletas de detalles sorprendentes… una enciclopedia visual que, en conjunto, pesa casi cuatro kilos.

El libro, una auténtica exquisitez y un hito, aunque no sea para todos los bolsillos, ha sido presentado este jueves en la sede de Laboral Kutxa en Bilbo, ya que el apoyo de esta entidad ha sido crucial para la publicación por la editorial de Tafalla de una obra que viene a enmendar una falta histórica: Catalunya, Galiza o Andalucía, por ejemplo, tienen su propio atlas cartográfico histórico, mientras que «hasta ahora el que suele calificarse como el pueblo más antiguo de Europa carecía de su carta de presentación más elemental», apunta la editorial.

Ejemplar para coleccionistas o amantes de la historia, este tipo de atlas suele ser también utilizado por las instituciones como regalo a las autoridades que les visitan, a modo de retrato histórico del país y su cultura. Cada mapa lleva un pie explicativo en euskara, con la mención de autoría, fecha y un breve comentario, y el ejemplar, al final, incluye las traducciones en inglés, francés y castellano.

También una página web

Se han editado unos 1.000 ejemplares, al precio de 250 euros con estuche de tela negra y 215 euros sin ella –la venta es directa bajo pedido–, aunque todo su contenido se puede consultar en la página web, en cuatro idiomas, que se ha creado expresamente para su divulgación. Todavía sin concretar, no se descarta su edición en otras versiones o la publicación de algún mapa suelto, por ejemplo.

«Posiblemente, como editorial, este sea el libro más importante que hemos publicado, y no es porque yo esté de por medio –ha reconocido Jose Mari Esparza–. Como dice uno de mi pueblo, ‘no te hagas el humilde, que no eres tan importante’ y, aunque yo sea uno de los autores, realmente creo que la perspectiva que tiene y su importancia estratégica es de primer orden: hemos dotado a Euskal Herria de un carnet de identidad. Dentro de todos los frentes que tenemos abiertos en la lengua, la cultura, la industrialización, la coordinación territorial, la banca… en todo lo que nos puede articular como país, esta era una parcela que estaba sin cubrir. Por eso, nosotros nos sentimos muy orgullosos de haber hecho algo por el país».

Bajo tres llaves

Joseba Agirreazkuenaga, catedrático de Historia Contemporánea y prologuista de la obra, ha destacado el trabajo realizado por los autores y no ha dudado de calificar este libro como «un trabajo de infraestructura cultural; es un ladrillo sobre el que se construirá en el futuro», ha añadido.

Producto de cinco años de trabajo, tras el título en latín –los romanos fueron los primeros que nos nombraron en el siglo XI como pueblo– hay décadas de estudio; también de búsqueda de material: del corpus de 800 mapas hallados por los autores, se han seleccionado 300. Para la portada, se ha elegido, curiosamente, un mapa del siglo XIX, concretamente el ‘Mapa Geológico del País Vascongado’ confeccionado por el bilbaino Ramón Adán de Yarza en 1905. ¿Por qué esta elección? «Somos un país muy diverso, con identidades muy diversamente marcadas, y queríamos algo que estuviera por encima de las personas. Queríamos algo que reflejara el territorio de forma neutral. Lo estuvimos hablando en su momento y nos decidimos por un mapa geológico», ha explicado Ramón Oleaga, un especialista en cartografía de larga trayectoria, con exposiciones y publicaciones sobre Euskal Herria y Bizkaia.

En la contraportada, vemos la visión desde el mar en la primera carta náutica impresa de nuestra costa. Es de Lucas Jansz Wagenaer, está datada en 1583, y el punto de vista resulta sorprendente. Al abrir el ejemplar, el primero con el que nos topamos es con el llamado ‘mapa de Abauntz’, el más antiguo de la Europa occidental. Es una piedra, hallada en una cueva del valle navarro de Ultzama hace 13.660, donde se dibujó el mapa del paisaje que se veía desde la cueva. A partir de ahí, empieza el viaje hacia la actualidad.

«En el último medio siglo, los estudios historiográficos sobre cartografía han avanzado muchísimo –ha apuntado Ramón Oleaga–. Hemos pasado de considerar al mapa con una mera ilustración y, algo como decíamos, cuando éramos niños, eran ‘los santos’ que iluminaban un texto para aligerarlo. Los mapas eran meras ilustraciones de sesudos textos, sobre todo en la historiografía anglosajona, pero en el último medio siglo han pasado a considerados como fuente primaria de investigación; es decir, los mapas hablan por sí mismos».

La importancia de nombrar

¿Y qué nos cuentan los mapas? Muchos secretos. Durante muchos siglos, añade Oleaga, «fueron instrumentos de poder. Durante siglos, los mapas estaban bajo llave. Fernando el Católico tenía ordenado que los mapas estuvieran bajo tres llaves o, por ejemplo, el rey Alfonso IV de Aragón, en el siglo XIV, exigía que todas las naves aragonesas llevaran dos portulanos o cartas marinas, pero con contrapesos, para que, en caso de hundimiento, el mapa fuera al fondo y no tuviera el enemigo la opción de apoderarse de la información tan secreta que contenían». También son «materiales esquivos» –no son fáciles de encontrar–, mágicos, por su belleza, y producto de la ambición de los poderosos que «reflejan criterios geoestratégicos.

Y nos advierte: «Los mapas no son inocentes. La cartografía no es una mera representación visual del territorio. Los mapas desempeñan un papel relevante en la construcción de nuestras identidades a través de la representación gráfica de distintas realidades, que pueden ser geográficas, pero pueden ser culturales, lingüísticas, etnográficas… Moldeamos y construimos las realidades mentales de quienes observan esos mapas e, influimos, queramos o no, en la forma en que las personas comprenden, interactúan y se relacionan con el territorio. En definitiva los mapas juegan un papel extraordinariamente relevante en la construcción de identidades: pueden reforzar lazos culturales, también estereotipos y prejuicios, y tenemos que ser cuidadosos porque, en definitiva, acaban constituyendo también una fórmula de opinión pública y ayudan a la toma de decisiones políticas y económicas; en definitiva, a la administración territorial y a la distribución del poder».

Porque nombrar un lugar, dibujarlo, tiene su importancia. Jose Mari Esparza: «Precisamente en Navarra tenemos una especial sensibilidad con el tema de la territorialidad nacional. Los de nuestra generación hemos visto cómo hemos pasado, incluso en el franquismo, de una concepción bastante unitaria del país a una división que cada día se nos hace más absurda. Desgraciadamente, como decía Humboldt, somos el país de los 100 nombres: los avatares de la historia nos han llevado, a estas divisiones y, a lo largo de la historia, nos han llamado Vasconia, hemos sido Reino de Navarra, Cantabria, Vizcaya, Navarra, Vascongadas, país vasconavarro, provincias exentas, provincias hermanas, provincias Unidas del Pirineo, Nueva Fenicia, País Vasco, Euskadi y siempre, en nuestra lengua, Euskal Herria. Todo menos este sintagma actual que se utiliza desde el año 1981 cuando la división institucional, País Vasco y Navarra, ambos inexistentes a lo largo de la historia, ni siquiera en el franquismo. A partir de hoy tenemos un atlas que abarca todas esas definiciones con solo denominador común: la lengua vehicular de la de la obra, que es en euskara».

Naiz