José Ignacio Wert no es un cualquiera, no es un facha, no es un franquista, no es un personaje forjado a la sombra de una familia beneficiada por el anterior régimen; no. Su padre era el encargado de una concesionaria de automóviles y su madre cuidaba la familia de ocho hijos. Es licenciado en Derecho y Diplomado en Sociología Política, y, entre otros, fundador de la empresa Demoscopia. Y políticamente, de joven militó en Izquierda Democrática, un partido de democristianos y socialdemócratas antifranquistas, junto con Gregorio Peces-Barba, primero, y Joaquin Ruiz-Jiménez, después. Insisto, no estamos hablando ni de un facha, ni de un inculto. Por eso sorprende tanta beligerancia y desprecio contra el catalán. Sorprende el comentario del ministro Wert en los pasillos del Congreso comparando la situación lingüística de Cataluña con el franquismo. Él sabe que no tiene nada que ver, que en el anterior régimen no había democracia, no se podía votar, no se podía opinar, había represión y había miedo. Él lo sabe pero lo utiliza como argumento para atacar el modelo catalán. Extraño en un hombre de su perfil; pero no es una anécdota. No es la primera vez que Wert hace comentarios de este tipo. Fue él quien afirmó que había que españolizar a los niños de Cataluña.
El sentimiento anticatalán no es patrimonio de nostálgicos del franquismo ni puede asociarse en exclusiva a sectores del PP. Gregorio Peces-Barba, compañero de Wert en Izquierda Democrática y después destacado militante del PSOE, y reconocido intelectual, también sentía alergia por todo lo que llevaba acento catalán. Esta hostilidad contra el modelo lingüístico no es de base ideológica sólo, el problema es cultural, es el intento de sectores intelectuales y políticos españoles de rebajar las pretensiones de los catalanes, de poner al país al mismo nivel de imaginario que el de una comunidad autónoma cualquiera. Es la voluntad de generar dentro Cataluña un conflicto donde no lo hay (Iñaki Gabilondo decía una frase que define lo que está pasando: «Tengo un problema para cada solución»), de atacar lo que le permite haber sido y seguir siendo una nación: la lengua.
La resolución del 25% de castellano dictada por el TSJC que obliga, por ejemplo, a la Escuela Pia Santa Anna de Mataró a desdoblar un aula porque el padre de dos niños ha pedido que sus hijos aprendan en español, no persigue reparar ninguna injusticia, ni ninguna desigualdad, ni reponer un derecho conculcado, persigue ganar una batalla de poder, de supremacía identitaria, aunque sea sacrificando el modelo de cohesión social. En Cataluña no hay dos comunidades lingüísticas separadas y no hay ningún enfrentamiento por la lengua. Todo el mundo sabe defenderse en catalán y en castellano.
Pero ojo, porque el idioma es, a la vez, el punto fuerte de Cataluña y también su punto débil. Es el punto fuerte porque es el elemento esencial que crea el sentimiento de pertenencia a una comunidad diferente, crea conciencia de formar parte de un pueblo con identidad propia. Pero también es el punto débil, porque ataca la lengua, generando conflicto y provocando malestar entre los ciudadanos se debilita el país. Por eso es tan importante la unidad a favor de la inmersión y contra los artilleros que disparan la semilla de la discordia o contra los Caballos de Troya que lo justifican. Sin embargo, el catalán tiene ganada la batalla. Solo hay que ir a los libros de historia para repasar las veces que lo han querido someter -Felipe V o Franco, entre muchos otros- para darnos cuenta de que una batalla más no puede atemorizar a nadie. ¡Que sigan haciendo!
EL SINGULAR DIGITAL









