Volver a enterrar el Born

La derrota de 1714 no sólo supuso para Cataluña el fin de su Estado (Fontana ‘dixit’), sino un cambio en su imaginario colectivo de proporciones colosales: desaparecen las instituciones que la dirigían, Corts, Diputació y Consell de Cent de Barcelona; se anulan sus libertades, constituciones y privilegios, que, según el propio Felipe V, habían dejado a los catalanes “más ‘republicos’ que los ingleses”; los más destacados luchadores son asesinados, vejados y represaliados u optan por el exilio; todas las universidades catalanas se clausuran; la lengua terminará siendo prohibida; son depurados los funcionarios catalanes; se implanta la censura; los belicosos catalanes son desarmados; el país es ocupado permanentemente por miles de soldados borbónicos; se implantan nuevos impuestos como el catastro para hacer pagar la guerra a los perdedores; etcétera. “Nueva planta” por derecho de conquista para un pedazo de tierra derrotado y que imponía, “considerando al Principado de Cataluña como si no tuviera gobierno alguno”, un capitán general para que fuera desde entonces la máxima autoridad del país –también presidía la Audiencia–. Objetivo único: «asimilar» de una vez y por todas los vencidos.

Y donde todo ese sentimiento de pérdida se refleja con todo su impudor es en la zona cero de los catalanes, la imagen plástica de lo que para un país supone su derrumbe total –había luchado hasta el último aliento–: el Born.

Casi un 20% de la ciudad de BCN fue derribada, prácticamente todo el barrio de la Ribera, salvándose Santa Maria del Mar por milagro. Más de mil casas, entonces, una población como Mataró o Girona. Obsesionados por que Cataluña no volviera a sublevarse nunca más, se construye una enorme ciudadela que, junto al castillo de Montjuïc, atenazará la ciudad, atrapada y susceptible de ser atacada desde cualquiera de las dos fortalezas militares. Un caso único en el mundo de construcciones militares no para defender una ciudad sino para atacarla cuando fuese conveniente.

Que 300 años después los catalanes aún estemos –y no olvidemos la segunda vuelta de 1714, 1939–, no es un milagro, sino aquella tenaz, indomable voluntad de ser. De ser catalanes, por supuesto.

Costó mucho, se lo puedo asegurar, que el Born explicase, precisamente, la única memoria que le da sentido y le justifica: el fin del Estado catalán y la brutal represión borbónica de un país que se levantó en contra. Ninguna otra explicación puede tener la fuerza explícita de las piedras arrancadas del Born.

Ahora bien, no serviría de nada recordar a los defensores de Barcelona, ​​a los hombres de la Coronela: esto es el pueblo mismo, los mercaderes, sastres, estudiantes, notarios, cordoneros, plateros, veleros, zapateros, libreros, tejedores, herreros, carniceros, alfareros, drogueros, etcétera, dispuestos a defender una ciudad llena de luz, de vida, de juegos, de comercio, una ciudad dinámica y abierta, si no nos permitiera concluir que aquellos catalanes de 1714 sencillamente estaban defendiendo sus libertades y sus instituciones. No sabían muy bien qué quería decir esto, pero algo les llevaba a creer que su forma de ser, su personalidad catalana estaba en peligro. Y entendieron que su sentido del deber –tanto con quienes les habían precedido como con quienes tenían que sucederlos– les llevaba a la lucha.

Se ha hecho pública esta semana la nueva orientación que se quiere para el Born. Cimentada en los ocho años de gobierno de los comunes, ahora sólo bastaba dar un pequeño paso más. Volver a enterrar al Born y lo que el Born significa.

*131 president de la Generalitat

EL PUNT-AVUI