Las razones que explican el actual momento de desconcierto, desencanto y derrota del catalanismo y el independentismo son suficientemente sabidas y evidentes: la decepción envilecedora del Proceso, con la revelación de que pocos de los máximos líderes de la causa estuvieron trabajando en serio para alcanzar la independencia y que todo fue una colosal mentira, un autoengaño masivo; el golpe traumático de la represión española, que además de decapitar a los partidos y entidades cívicas del catalanismo histórico infundió un miedo cerval a casi todo el que formaba parte del mismo; el cinismo hipócrita y acomodaticio con el que quien más quien menos se ha adaptado a la nueva situación para intentar prosperar él y los suyos, si es necesario desvirtuando el catalanismo y sacrificando Cataluña y diluyendo la catalanidad en beneficio propio…
También hay, seguramente, razones más oscuras: cuesta creer que los volantazos y los giros de 180 grados en los discursos y en las actitudes de ciertos líderes independentistas no hayan venido motivados por chantajes sucios hechos desde los aparatos de un Estado que, gracias al trabajo de los agentes de sus cloacas tiene océanos y montañas de información sobre la vida privada de cientos de representantes del catalanismo.
Por tanto, el catalanismo y el independentismo actual están destrozados, y desde hace ya una década, por una mezcla de trauma, de terror interiorizado, de vergüenza nunca asumida ni trabajada, de cobardía, de incapacidad para hacer autocrítica, de sublimación de la impotencia, de adicción a la mentira.
Sin embargo, hay dos factores más que son determinantes y además están muy vinculados: el primero es la naturalización del españolismo y del nacionalismo banal español, el segundo es la nula formación ideológica que en términos nacionales hay dentro del bando del catalanismo. Digo que ambos factores están muy vinculados porque el primero es consecuencia del segundo. Quiero decir que, si hubiera una buena formación ideológica en términos nacionales e identitarios, el catalanismo y el independentismo ni caerían tan fácilmente en las trampas que les pone el españolismo ni reproducirían de forma mimética, suicida y acrítica ciertas nociones ideológicas que interesadamente pone en circulación el nacionalismo banal de los estados.
La cosa es particularmente escandalosa porque, dentro de las filas del catalanismo político (y aquí, por supuesto, incluyo el valencianismo y el mallorquinismo), tenemos una nutrida tradición de magníficos teóricos del nacionalismo y las identidades nacionales. Pienso en los valencianos Joan Fuster y Joan Francesc Mira, entre tantos otros. Sin embargo, cuando oigo los discursos de los líderes políticos y cívicos del catalanismo, o de sus intelectuales, o de sus estrategas e ideólogos, o de sus opinadores a sueldo, me doy cuenta de que no conocen lo más mínimo la tradición de pensamiento y análisis autocentrados de nuestro nacionalismo. O que, si la conocen, no han sido capaces de asimilarla. Parece que no se han formado leyendo a Fuster y Mira y a sus sucesores sino escuchando las tertulias de la SER y leyendo los editoriales de EL PAÍS.
Sería hilarante, si no fuera que todo es la muestra definitiva de hasta qué punto el catalanismo actual está colonizado y acepta mansamente que los términos, el perímetro de posibilidades y las perspectivas de todos los debates políticos –sobre identidad, sobre lengua y cultura, sobre inmigración, sobre poder– vengan condicionados y limitados por el nacionalismo español hegemónico. Un nacionalismo hegemónico, recordémoslo, que es fruto directo de cuarenta años de dictadura franquista, autoritaria y castellanista, es decir antidemocrática y anticatalana.
La falta de formación ideológica nacional hace que, desde dentro mismo del catalanismo, se dé por bueno el diccionario del enemigo, no se hagan distinciones conceptuales tan necesarias como clarísimas, se renuncie a argumentos imprescindibles para luchar y sobrevivir como pueblo, e incluso que se hayan incorporado al catalanismo y el independentismo visiones, ideas y actitudes que hace veinte años eran sólo propias del españolismo más duro.
Estremece, por ejemplo, la forma en que una parte considerable del catalanismo de izquierdas descalifica por sistema a todo aquel que es partidario de hacer una defensa frontal de la identidad catalana. Los tachan de puros y etnicistas, de “guardianes de las esencias”, de hacer imposible la ampliación de la base, de repliegue identitario, de excluyentes. ¿Hay algo más españolista que considerar que hacer frente a la asimilación identitaria y lingüístico-cultural de España y del españolismo es etnicista, esencialista, retrógrado, casi fascista? ¿Hay algo más españolista que distinguir entre un nacionalismo agresivo y depredador, de Estado con un proyecto imperial, y un nacionalismo de autodefensa, de nación amenazada?
La acusación de excluyentes, por parte del catalanismo desnacionalizado y españolizado y digamos antinacionalista, a los partidarios de un catalanismo fuerte y duro, centrado en los componentes troncales del catalanismo histórico (lengua, cultura, voluntad, imaginario, memoria, proyecto colectivo de futuro y autocentrado: nada más inclusivo e integrador que esto). Porque no hay ideologías, no hay propuestas políticas, no hay proyectos nacionales, que no sean, de forma más o menos porosa y más o menos flexible, excluyentes por definición. Es más: cualquier proyecto político, cualquier programa ideológico, tiene como deber primero autodefinirse, saber cuál es concretamente el proyecto y el programa que quiere proponerse y quién forma parte del mismo y quién no. Que el movimiento feminista incorporara machistas sería una aberración, que los proyectos del progresismo se transformaran y se adaptaran para incorporar reaccionarios sería un suicidio y una derrota: hay soberanistas de izquierdas, sin embargo, que se ganan la vida queriendo hacer creer que incorporar españolistas y sus argumentos es ampliar la base, y que no incorporar cierto grado de españolidad es practicar un catalanismo esencialista…
Siguiendo las trampas retóricas, conceptuales y discursivas de los nacionalismos banales de los estados, una parte del catalanismo de izquierdas ha criminalizado tanto el concepto de identidad, le da tanto miedo que le acusen de identitario y fascista, se ha dejado acomplejar tanto para aquellos que ahora mismo son ganadores en la jerarquía de las identidades nacionales, que ya han llegado hasta el punto de considerar que es peligroso y contraproducente definir qué es la catalanidad y qué son los catalanes. Saben que definir es acotar, y saben que acotar es excluir, y por eso no quieren hacerlo, y por eso dicen que es catalán todo el que vive en Cataluña, del todo incapaces de entender que la propuesta histórica del catalanismo se ha basado siempre en una definición clara y a la vez abierta de lo que es la catalanidad, de lo que somos los catalanes. Ya lo he dicho antes, pero lo vuelvo a repetir: lengua, cultura, voluntad, imaginario, memoria y proyecto de futuro. Nada, absolutamente nada, es más inclusivo que esto. Y quien se siente excluido de esta definición de catalanidad es porque quiere imponer otra, porque quiere y pretende destruir y suplantar a la catalanidad.
Una de las reivindicaciones centrales del catalanismo y el independentismo históricos es que no hay nada más legítimo que defender el derecho de un pueblo y de su gente a mantener su lengua, su cultura y su identidad en el propio territorio, y que negar o renunciar a esta legitimidad no es un gesto pluralista, ni antifascista, ni antirracista, sino que es una concesión imperdonable, una rendición cobarde, un acto de colaboracionismo vil, frente al imperialismo etnocida de siempre. Si los militantes del catalanismo y el independentismo actuales conocieran y hubieran asimilado las lecciones y las reivindicaciones de la propia tradición intelectual e ideológica, todo esto estaría clarísimo. Y todo volvería a ser posible.
OCTUVRE
https://octuvre.cat/la-rendicio-ideologica/










