Cuando un año más se acerca la fecha conmemorativa de Noain, adquiere actualidad el aspecto soberanista que constituye el núcleo de la conmemoración. Quienes rechazan la simbología representada en esta conmemoración, en realidad se oponen al proyecto mismo de recuperación de la soberanía nacional de Navarra que se explicita en ella. No voy a perder tiempo en explicar que nuestra actitud no responde a ninguna nostalgia. ¡Peor para quien se obstine en afirmar que buscamos recuperar fórmulas del Pasado en el terreno político y social! Está claro que carece de argumentación seria para rebatir nuestros planteamientos y se ve obligado a salir por la tangente y recurrir a la ridiculización.
Lo cierto es que en la batalla de Noain se quebró definitivamente la trayectoria soberanista de Navarra y las consecuencias las seguimos pagando en la época actual. La consecuencia de mayor trascendencia para el posterior desarrollo de nuestra Historia es, sin duda, la pérdida de la capacidad de decisión que supuso el sometimiento a Estados extranjeros -diferentes a Navarra misma-. De poco han servido los esfuerzos realizados por los navarros que vinieron luego. Es obligado reconocer que supieron defender los intereses de su Patria -Navarra- en muchísimas ocasiones históricas. Por muy admirable que nos resulte su actitud y estemos obligados a agradecerles también el habernos transmitido el patrimonio material y cultural que nos configura como colectividad nacional, resulta obligado reconocer que fracasaron a la hora de enderezar el rumbo distorsionado por el que discurría la existencia de Navarra misma.
En definitiva el interés fundamental del proyecto soberanista consiste en rectificar la trayectoria histórica de Navarra que nos ha llevado a la actual situación. Nos acucia la total falta de control de que disponemos sobre el conjunto de decisiones que se toman sobre nosotros, sin tener en cuenta nuestra perspectiva. De poco nos sirve el haber conseguido niveles materiales y culturales parangonables a los que disfrutan las sociedades avanzadas, cuando tales niveles puedan ser cuestionados por situaciones de crisis económicas como la actual. Tampoco es un consuelo que en los momentos de bonanza se nos impongan soluciones en las que nuestros intereses son preteridos por la capacidad decisoria que se atribuyen otros, arrebatándonos la responsabilidad de decidir.
En definitiva, entendemos como fundamental que la capacidad de decisión radique en instrumentos políticos manejados por nosotros mismos. La grave situación por la que estamos atravesando como resultado de la crisis mundial pone en evidencia lo urgente que resulta la recuperación del control de los resortes de intervención en el terreno de la Economía. Se nos replicará que la realidad de la globalización anula cualquier autonomía en este terreno, incluso para las construcciones políticas más grandes y fuertes. Es cierto, desde luego; pero igualmente lo es que los Estados tienen la capacidad de incidir de manera positiva o negativa en la modificación de las estructuras económicas en general, capacidad esta que ha permitido a aquellas organizaciones estatales mejor ordenadas obtener más partido de las coyunturas favorables y hacer frente en mejores condiciones a las crisis. Tengamos en cuenta, sin ir más lejos, el papel que juegan los grandes Estados en la evolución de la coyuntura económica. Agrada a muchos proclamar que el Capital no tiene Nación, aludiendo al desapego con el que actúan los poseedores de capital en el caso de que lleguen a encontrar opciones más ventajosas fuera de la Nación de origen. Es verdad. No obstante también lo es que el capital necesita el respaldo de un Estado fuerte que lo defienda del enemigo exterior. El Estado en definitiva se justifica en función del orden social interior y defensa de los intereses económicos exteriores. No es baladí su papel.
Centrando ahora la cuestión en el marco en que se sitúa la Nación navarra, cabe señalar como problema primordial la sujeción a los dos Estados que se distribuyen su territorio. Las carencias de que adolecen sus estructuras económicas son obvias. La planificación de sus infraestructuras resultan dependientes de una perspectiva externa que no tiene en cuenta los intereses reales de Navarra. A parte de la relevancia de este hecho, el conjunto de estructuras económicas nacional se encuentra supeditado a la imposición ejercida en este terreno por los dos grandes Estados que se atribuyen y distribuyen nuestro territorio y población. Intentar modificar este sistema es tarea difícil. Lo podemos comprobar en el momento en el que la crisis misma agita al conjunto del Estado español. Todo esfuerzo realizado en modificaciones del tejido productivo, dirigido a una racionalización de la organización empresarial y financiera queda en entredicho. De poco sirven ahora los esfuerzos realizados en los terrenos de la inversión tecnológica y saneamiento financiero llevado a cabo a nivel individual o desde las instituciones autonómicas. En este campo resulta difícil abstraerse de las dinámicas que impone el Estado español, favorecedoras de la expansión inmobiliaria y especulación bursátil y financiera en general. Por mucho que confiemos en nuestro bien-hacer desde las instituciones autonómicas y locales, la convulsión de la crisis nos arrastra a todos y Euskal Herria no es ninguna chalupa que permita nuestra salvación. ¡Simplemente, no somos soberanos!
El camino para la solución está marcado, el de los pequeños Estados que han renunciado a planteamientos nacionalistas y cuentan con sociedades que se acercan mejor al modelo democrático; tales, los países nórdicos. Dinamarca no se convulsiona porque un territorio que ha estado bajo su soberanía -Groenlandia- se separe y forme un nuevo Estado. En esos Estados no se dan las veleidades de grandeza que preocupan tanto a los partidos españoles y sus líderes, representadas en la ansiedad por ser reconocidos como miembros de foros del estilo del G-8 ó G-20 en los que se toman decisiones de impacto mundial, pero las sociedades que los integran poseen una conciencia de los derechos colectivos admirable para nuestras pautas de comportamiento y el sistema institucional tiene un sentido de lo público envidiable.
Éstas son razones de mucho peso para que consideremos positiva la solución soberanista, que ha de dirigirse en última instancia a la configuración de una Unidad europea auténticamente democrática y solidaria. Pensamos en un diseño de Europa muy alejado del actual, caricatura de unión en beneficio de los grandes Estados y corporaciones. A estos intereses sirve un Parlamento sin reales competencias legislativas, dominado por las internacionales partidarias. El desapego y euroescepticismo que se dice existe en las sociedades europeas es resultado de la imposición de un modelo de unidad sin perspectivas, más allá de las necesidades que tengan las referidas instancias de establecer instrumentos para el manejo de los grandes intereses de las élites socio-económicas. Queda en evidencia tal hecho en la falta de garra de las propuestas planteadas por los candidatos a las presentes elecciones europeas, aburridas hasta el hastío, y el papel que otorgan los mismos partidos a la Institución parlamentaria que debería representar la más alta instancia de poder en toda Europa, pero que se convierte en el descanso y premio de consolación de los políticos que han sido aparcados.
Las inquietudes que nos mueven a quienes acudimos a Noain rebasan la perspectiva corta de quienes ven la política como una realidad inmediata que no interesa sino a los profesionales y miembros de los partidos. Nuestro planteamiento soberanista deriva de la reflexión permanente sobre la realidad de la Nación navarra. Todo acontecimiento histórico, lejano o cercano, no se encuentra condicionado, únicamente, por las circunstancias inmediatas que lo enmarcan, sino por otras acontecidas en otras épocas que condicionan los hechos posteriores. Hechos de gran relieve de nuestra Historia contemporánea, como puedan ser las guerras carlistas, 1936 o la manera en la que tuvo lugar la denominada Transición democrática, han sido posibles por el torcimiento experimentado por la Historia de Navarra que sobrevino en 1521 con ocasión de la batalla de Noain. Por eso entendemos que la conmemoración de la misma asume una simbología que permite reflexionar sobre la idoneidad de la recuperación de la Soberanía navarra, a fin de poder hacer frente a los retos con los que se enfrenta nuestra sociedad.








