En un documental de hace dos años sobre la Asamblea Nacional Catalana (’30 minutos’ :’ La Asamblea, un retrato ‘) explican cómo sus cuatro fundadores reunieron los cuarenta primeros nombres de la organización, llamada entonces ‘Movimiento por la independencia’. Os transcribo unos cortes agrupados en tres bloques que me invento:
Planteamiento:
‘El problema es que muchos viejos militantes independentistas estaban peleados entre ellos y no se hablaban’.
‘En este país hay mucha gente que cree que tiene el invento de la independencia, él solo y tres amigos, y les teníamos que hacer entender que esto era la suma de muchísima gente’.
‘Es que, defendiendo casi lo mismo, yo diría que casi nos matábamos. Y eso había que superarlo’.
Nudo:
‘Para evitar peleas decidieron que todas las comunicaciones entre los cuarenta participantes se harían sólo por correo electrónico, sin ningún nombre, asignando un número a cada participante’.
‘Únicamente los cuatro fundadores conocían la identidad de los participantes.’
‘Estábamos participando en debates virtuales, considerando enmiendas mutuas, y llegando a consensos muy grandes, sin saber quiénes eran los otros.’
Desenlace:
‘Realmente, cuando al cabo de ocho meses nos reunimos físicamente, ese día las emociones…’
‘Esa animosidad que tenías respecto de una persona, pues va cayendo…’
‘Un año más tarde, el entonces ‘Movimiento por la Independencia’ ya reunió 1.800 personas en el Palau de Congresos de Montjuic.’
La mayoría de ellos nunca se habían metido en política de partido, porque ya no veían nada clara la actividad de los partidos, pero tenían ganas de hacer actividad política. ‘
Así fue el comienzo de la ANC, y el resto de la historia ya la conocemos del día a día. Pero la intención de este artículo no es hablar de la Asamblea, aunque hasta aquí parezca así. Porque la lección de aquel inicio, que es inmensa, la podríamos aplicar a todos los ámbitos que toca el independentismo, desde los partidos y las asociaciones hasta las sobremesas y las barras de bar. Los independentistas son esa especie tan extraña en la que todos quieren lo mismo, pero lo quieren de una manera diferente. Y este ‘querer de manera diferente’ hace que nos olvidemos a menudo, creo, que el Estado no es un fin sino un medio, y que habrá un mañana tanto si se hace a la manera de uno cómo si se hace al modo de otro. Premio a la obviedad del día.
Pero en el independentismo no hay nada de obvio. Nunca. Desde el #tenimpressa al #keepcalm, desde el #anemapams hasta el #hovolemtot, hay una miríada de sensibilidades -¿de hipersensibilidades?- que, como decía la transcripción de más arriba, tienen cada una la fórmula propia de la independencia, con el resultado de cientos de fórmulas redondas, lógicas, infalibles, para remachar hojas de ruta particulares. Y, encima, invertimos miles de miles de kilojulios de energía en intentar convencer al otro de que nuestra fórmula es más redonda, lógica e infalible que la suya. Me quito el sombrero.
En un mundo de opinadores superseguro de la propia verdad ya sé que quedaré fatal, pero debo confesar que, para hacer la independencia, yo no sabría por dónde empezar. Si ya estuviera hecha, la cosa cambiaría, porque tengo práctica en la cosa de tener un Estado, aunque sea impropio. Pero para hacerla, en un mundo ideal tendría la tentación de coger las páginas amarillas y buscar un ‘independentizador’ profesional, como llamaría a un fontanero si se me estropea la caldera o a un estudio de arquitectura si me hubiera hacer una casa. Llamadme convencional, pero como técnica soy más que confiar en técnicos, es un defecto que tengo. Pero cuidado, que hacer la independencia es mucho más fácil que arreglar una caldera o construir una casa, dónde vas a parar. En Twitter los indepen te hacemos una hoja de ruta con final feliz en treinta segundos. Y si somos tres indepes, seis hojas de ruta. Y ojo: gratis. Y ojo: desde el sofá. No se entiende que a los políticos les cueste tanto, cumplir lo suyo, que encima está mal hecho y es una mierda. ¡Serán inútiles!
En mi humilde opinión, que es lo único que me queda, por más hojas de ruta que hagamos y que critiquemos, lo que nos falla es la confianza, que es como decir la base, que es como decir los cimientos. La desconfianza nos hace tambalear continuamente, una desconfianza ciega hacia nuestros representantes y compañeros de viaje, que por supuesto nos quieren joder. Vamos en el mismo tren, pero escrutando de reojo a los mismos de sesgo: este lo que quiere es hacernos descarrilar; este lo que quiere es bajar a la próxima estación. Y así no se puede construir nada. Porque otra particularidad del movimiento independentista, y que explica cómo distribuimos nuestras fuerzas, es que nos tenemos como adversarios a nosotros mismos, además de los adversarios naturales. En un cálculo de estructuras, lo podríamos denominar coeficiente de mayoración de cargas. A la dificultad intrínseca de hacer una independencia, le tienes que multiplicar este coeficiente para obtener la dificultad final, que resultaría una megadificuldad. Hacerlo fácil no es nuestro estilo, en este punto creo que coincidiríamos. O no, o no.
Y por todo ello, es un milagro que estemos donde estamos. Es milagroso que JxSí todavía aguante, me da igual cómo; que la ANC no se haya disuelto, me da igual por qué; que la CUP no haya estallado en mil pedazos por la tensión de tener un pie en el sistemismo y el otro en el antisistemismo, y me da igual que lo haga. Esto es lo que tenemos: todos nosotros reunidos en todos los equipos de todos los tipos, todavía. Ahí es nada. Y en la calle, la gran masa ‘indepe’ que pasa de sus intramierdas y dice: chicos, cuando sea ya nos llamareis. Sí, somos un país pequeño donde los ‘indepes’ nos acabamos conociendo demasiado, pero aún no hemos llegado al punto de tener que ocultar nuestra identidad detrás de números para entendernos como personas. Ya sé que en situaciones de animadversión profunda queda más varonil marcar paquete, enseñar los dientes y pelearnos duro, pero si la idea es ampliar la ‘base social’, el observador no quedará más impresionado que con los partidos autonomistas de siempre. De hecho, si la idea es hacer un país para todos pero confiando sólo en los ‘nuestros’, la base social del movimiento la ampliará su tía.
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