Mientras esperamos conocer el pronunciamiento definitivo del Gobierno, en su intento de criminalizar la pitada del Camp Nou al himno y al rey españoles, el 30 de mayo pasado, digamos que la asociación ultranacionalista española Sociedad Civil Catalana (SCC), conocida por sus fiascos reiterados, volvió a fracasar estrepitosamente con la campaña que había puesto en marcha para impedirla. De nada le sirvieron los anuncios puestos a toda página en varios diarios de papel. La pitada no sólo fue atronadora, sino que fue la mayor que han recibido nunca un himno y un rey en un estadio. El himno, totalmente apagado por el griterío, ni se oyó, y el rey y el resto de autoridades españolas que había en el palco no podían ocultar su consternación. Ya se sabe, quien siembra cardos, espinas cosecha.
Una nacionalidad no se puede imponer por la fuerza, y las agresiones constantes a un pueblo, a su lengua y a su identidad nacional, a lo largo de los años, generan tarde o temprano situaciones como la del Camp Nou. Es la reacción más civilizada ante un Estado que se te declara superior y que aplasta tus derechos democráticos. Y como Cataluña se encuentra inmersa en un proceso de independencia para recuperar su libertad, las acciones, las concentraciones y las campañas que organiza SCC terminan siempre haciendo el ridículo más espantoso. Un ridículo que comienza con el nombre de la misma asociación, ya que es esperpéntico que una entidad con unos setenta socios se atribuya el nombre de Sociedad Civil Catalana. Pero aún resulta más graciosa su incapacidad para llenar ni siquiera una plaza, un teatro o un anfiteatro. Nada de nada. Fracaso tras fracaso. También pretendieron expulsar las esteladas de los ayuntamientos catalanes durante las elecciones municipales y lo único que consiguieron fue que se multiplicaran por todas partes y que fueran aún mayores.
En la campaña contra el silbido, SCC pedía «respeto» por los seguidores del Barça y del Athletic de Bilbao que no fueran independentistas y también por los «símbolos comunes de todos los españoles». Con esta trampa, SCC intentaba que el público del estadio picara el anzuelo y enmudeciera de golpe al sonar las notas del himno de España. Pero el público no enmudeció. No lo hizo porque sería ridículo que los prisioneros que han decidido huir y ser libres hubieran de renunciar por «respeto» a los compañeros que han decidido quedarse y ser cautivos. Puestos a pedir respeto, ¿por qué los cautivos enamorados del secuestrador no respetan la voluntad de los cautivos enamorados de la libertad? Hay una diferencia significativa entre ambos: mientras los cautivos que quieren ser libres no obligan a nadie a serlo, los cautivos que quieren ser cautivos pretenden que todo el mundo sea como ellos. Cataluña no obliga a ningún español a ser catalán, España obliga a todos los catalanes a ser españoles. En términos políticos, es la diferencia que hay entre demócratas y totalitarios.
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