Un exorcismo para la península de los conejos

Hispania (Quinto Ennio la nombra en el 200 a.C.) o península caniculosa como la llama  Catón. Hispania: tierra abundante de conejos, según Cicerón, César y Tito Livio entre otros… Hispania -o Iberia, que se usan indistintamente- era por supuesto, un puro concepto geográfico.

Puede decirse que apenas encuentra un primer atisbo de concepto político, bajo la dominación romana, como provincia -o provincias- del imperio. Evidentemente nada que supusiera algún compromiso entre los diferentes pueblos (¿tribus?) de la península. Ya lo atestiguaba Luccio Anneo Floro –s. I y II- “La “nación hispana–Vasconia queda al margen-, no supuso unirse contra Roma.”

Algunos “historiadores” de la caverna, han insistido en que la cuna de la hispanidad como mensaje de la sacrosanta unidad surgió en la época visigótica. Lo cierto es que si uno revisa fríamente los anales de la aventura goda, todo quedó en un fiasco.

Leovigildo se basa en el arrianismo –la religión por medio ¿cómo no?- para unificar sus reinos. Fracasó.

Nuevo intento de unidad, bajo la batuta de la religión con Recaredo. Al parecer, era la religión lo único capaz de cohesionar esta gran conejera.

Y Recaredo parece lograrlo. Esta vez bajo el catolicismo –negra premonición- se alienta cierta unidad, al menos religiosa, para parte de Spania.

Con el III Concilio de Toledo, finales del s.VI., se oficializa la religión católica como la oficial del reino visigótico.

En esta coyuntura surge San Isidoro de Sevilla, apoyando el matrimonio Iglesia-poder político. Quizás uno de los teorizadores del origen divino del poder regio.

Pero poco duró el este nuevo intento. Las esencias del reino se diluyeron, o corrompieron. Se ha hablado de la degeneración moral de los godos…

Siete siglos en que el Islam asentado en Al-Andalus, “convive”, con los reinos cristianos, envueltos estos en inacabables guerras y pendencias…

Son épocas en que los pueblos cristianos viven degradados por una moral eclesial oscurantista y tremendamente represiva.      Al-Andalus, en el interim,  ilumina al mundo civilizado -¡cuánto le cuesta reconocer esto al nacionalcatolicismo!-,  con un brillante plantel de científicos, pensadores y humanistas.

Ya Constantino, había descubierto la virtualidad de una religión como la cristiana. Había entendido el poder que gracias al hermetismo y al dominio que sacerdotes y chamanes ejercían sobre las conciencias de los seguidores, podía significar su control. De ahí a oficializarla en connivencia con tales chamanes, sólo quedaba un paso.

En esta misma línea habría que situar en la conformación del sacro imperio romano germánico, que se extiende desde la edad media hasta –según el común de los historiadores- el 6 de Agosto de 1806, con la renuncia de Francisco II a la corona imperial.

Tal Imperio se ve sometido a tremendas turbulencias, donde las guerras de religión y el surgimiento de corrientes cristianas, no se sabe si más depuradoras que antivaticanistas, ya en el siglo XVI, lo dejan desvencijado.

Se empiezan a diseñar imperios europeos con nuevas perspectivas.

Es el momento del imperio del nacionalcatolicismo. Ya se daban los pasos en “la península de los conejos”, como la conquista de Granada o la de Navarra –en dolosa connivencia con el papado-, para la conformación de un imperio, en que sus reyes fueran los adalides del catolicismo. Hablamos de los reyes católicos.

El Emperador Carlos V, del sacro imperio romano germánico –a pesar del sacco di Roma-, se compromete con el papado, en contra de Lutero, a defender la religión católica incluso con las armas. Buen mensaje para tratarse de la religión del amor…

Su cristianísima majestad, Carlos I, es inspirador de Concilio de Trento, un gran hito en la configuración de un catolicismo retrógrado –se llamó contrarreforma- y estanco, que perdía el camino de los nuevos  tiempos que se avecinaban con aires mas humanos y liberadores.

Un concilio pues, donde el conservadurismo y el oscurantismo se imponen con la notable intervención de la recién formada compañía de Jesús, que aunque fundada por un vasco, relucía bien española.

Su hijo Felipe II, es tan desastre económico, como déspota y genocida. Otro adalid de la unidad religiosa. Es él quien promueve la liga santa vencedora en Lepanto.

España se consolida como el imperio del nacionalcatolicismo, con todo lo que esto conlleva.

Esto monarcas del imperio, de origen divino, y con el agua bendita vaticanista, son los que instauran la inquisición y la tortura, la intolerancia, la voluntad divina de la cruz en simbiosis con la espada. Bajo tal pendón se ejecutan tantos genocidios, como el vasco o como el amerindio  -alguien decía robándoles la tierra y las vidas a cambio de la biblia- y se expande la incultura, el subdesarrollo, la miseria…

En adelante, para nosotros los vascos, quedarían las guerras, cruzadas etc…

La España católica,  se impermeabiliza ante la posible penetración de mensajes e ideas refrescantes e innovadoras.

Unas  como las reivindicaciones antropocéntricas del renacimiento, donde el individuo reclama su magnitud, ante el teocentrismo medieval que prácticamente lo anulaba.

Otras como la luminosidad –nunca mejor dicho- del siglo de las luces, a las que se cierran   los estrechos cauces de la brutal censura del nacionalcatolicismo.

Son tan solo algunos ejemplos del hermetismo carpetovetónico, ante cualquier ligera brisa de libertad para el pensamiento y para la conciencia de la persona.

Curiosamente la Iglesia católica lleva siglos obcecada con sus exorcismos. Conjurando a todos los demonios de oriente y occidente.

Por fin,  ha llegado el momento de definir que entendemos  por demonio, a los que aspiramos a vivir como seres autónomos libres y responsables.

Porque quizás viendo que la iglesia ha errado en su misión exorcista, apelando equivocadamente a miríadas de diablos, que poco o nada tenían que ver con la saluda corporal y mental de los habitantes de esta península caniculosa, nos veamos en la necesidad de convocar a otras fuerzas exógenas a esta parafernalia o sagrada mafia.

Y es que hoy estamos en disposición de criticar con todas sus consecuencias, el papel desolador y represivo, que ha desarrollado la iglesia católica, prácticamente desde su fundación.

Fundación fraudulenta e ilegítima, si tenemos en cuenta los estudios, sobre todo los realizados a raíz de los rollos del Qumran, descubiertos en 1949 y 1956 en torno al mar Muerto.

Un servidor que no es un exégeta ni mucho menos, al menos es capaz de poner en tela de juicio toda la parafernalia que monta un cristianismo, que tantos perjuicios humanos ha causado en sus casi 2.000 años de pervivencia.

Según estos documentos, Jesús era un  maestro bueno, sin más. Un esenio opuesto a la dominación romana que ni se autodenomina  hijo de Dios, ni redentor, ni Cristo (ungido), ni Mesías ect…ect… Ni amenaza con infiernos, ni condena, ni es el taumaturgo, ni resucita…

Jesús de Nazaret es simplemente ese maestro bueno que habla del amor, de la justicia, de los pobres… Que en definitiva es lo que constata el llamado evangelio de Tomás, testigo de sus hechos y palabras, probablemente redactado por uno de sus discípulos….

¿Qué es lo que a partir de él se ha engendrado?

Lo que parece claro es, que un tal Saulo o Pablo, en clara disidencia –cuando no trifulca- con el grupo de Jerusalén Santiago, Pedro etc… los auténticos discípulos, aprovecha estas, en principio las enseñanzas del maestro de Nazaret, para tergiversarlas, interpolarlas y transfigurarlas, convirtiendo la vida de Jesús en las hazañas de un taumaturgo.

Parece indudable, que el autodenominado apóstol de los gentiles, es el inspirador, utilizando sus propios amanuenses, de los evangelios llamados sinópticos, apocalipsis, hechos de los apóstoles y fundamentalmente de todos las redacciones hoy reconocidas como Nuevo Testamento.

Es decir, sería el auténtico fundador del cristianismo, donde su imaginación (o farsa), se mezcla impúdicamente con las palabras, supongamos que liberadoras, de Jesús.

En este sentido, sería más propio pues, hablar del Paulismo que del cristianismo.

En estas circunstancias pues, podemos valorar el significado de esta religión como el sacrosanto refrito, que con tanta “teología” aberrante, tanto arcano, dogma y restricciones, hemos heredado. Una religión subrepticia, alejada del mensaje  primigenio, amable y liberador de Jesús de Nazaret y que durante siglos  ha acribillado el corazón y la mente de sus fieles…

Si añadimos a esto las complejidades abstrusas, que ha supuesto para la sociedad y en concreto y en nuestro caso, para la sociedad del nacionalcatolicismo, hemos de plantarnos con toda lucidez, ante una iglesia que ha demostrado en el tiempo, no tener ninguna autoridad moral para imponer ninguna norma.

Y ahí están las evidencias. Las enseñanzas de la iglesia, reprimen la razón y los derechos de la persona, convirtiendo su andadura en un camino de tribulaciones.

La connivencia secular de la monarquía y de la camarilla de oligarcas, es decir del poder político y militar españoles, ha funcionado secularmente  en perfecta simbiosis con el vaticano, constituyendo la piedra angular de ese monolitismo sacro o unidad nacional…

Hoy la derechona, y gran parte de ciertas fuerzas consideradas de izquierda, amén de gran parte de la ciudadanía hispana, parecen seguir en la misma tesitura.

Estando así las cosas, “la península de los conejos”  necesitaría un gran exorcista que expulsara los viejos demonios de la intolerancia, del fanatismo unionista o de trasnochados chovinismos, porque el ambiente carpetovetónico se hace irrespirable. Difícil, por no decir improbable, un exorcismo eficaz en las circunstancias presentes.

Mikel Etxeberria, en su artículo tan meridiano como pedagógico, decía como tantos otros creadores de opinión vascos, que la marca España puede llevarnos  a la perdición si no espabilamos.

Otro tanto podríamos decir en un capítulo no menos importante, como sería el del desarrollo humano y  cultural de la sociedad vasca.

Necesitamos liberamos cuantos antes de este ambiente zafio, impregnado  de incienso y sabor a  sacristía, tan agobiante como intolerante.

Si nos incrustaron contra  nuestra voluntad en este mundo de príncipes, sotanas, tricornios y otros parásitos decimonónicos, huyamos de él.

Ya es hora de oxigenar nuestras mentes y nuestros sentimientos.

 

Otra razón para escaparnos los vascos de la católica España.

He ahí pues, los auténticos demonios que ha generado el nacionalcatolicismo.

 

 

 

 

 

Publicado por Nabarralde-k argitaratua