El incidente que días atrás tuvo lugar en una sala de la Ciudad de la Justicia de Barcelona, en la que Joan Laporta tuvo que declarar en calidad de testigo por el caso MCM, plataforma empresarial que reclama cien millones de euros al FC Barcelona por un supuesto incumplimiento de contrato, sólo es posible en un régimen dictatorial o en una democracia totalitaria. Da fe el estudio elaborado por el Foro Económico Mundial del que se hacía eco elSingular.cat (*), el 2 de marzo pasado, sobre la separación de poderes. De un total de 148 estados analizados, España ocupa el puesto 72º. Es decir, que la justicia es mucho más independiente del poder ejecutivo en Barbados, Botswana, Ruanda, Malasia, Taiwán o Malawi que en España. Por detrás encontramos Irán, Indonesia, Túnez, Nigeria, Uganda o Sierra Leona.
Pero centrémonos en el incidente. Por la sala donde se celebraba la vista mencionada desfilaron varias personas, entre las que Sandro Rosell, y todas, como es preceptivo en las colonias, se expresaron sumisamente en la lengua de los representantes del imperio. Las normas, en este punto, siempre han sido claras: son los miembros de la colonia quienes deben hablar la lengua del imperio y no los representantes del imperio quienes deben hablar la lengua de la colonia. De hecho, ni siquiera tienen la obligación de entenderla. No se pueden rebajar hasta estos extremos. Ocurrió, sin embargo, que, de repente, las normas se desintegraron al llegar el turno de un aborigen insumiso.
El aborigen entra en la sala, se sienta ante el tribunal, se identifica como Joan Laporta y cuando llegan las preguntas responde que se expresará en catalán. «¡¿En catalán?! ¡Dónde se ha visto!», Se horrorizan los representantes del imperio. Pero el aborigen insumiso insiste y dice: «Creo que tengo todo el derecho a declarar en catalán, porque es mi lengua y la lengua de mi país». Al oír una afrenta de tal magnitud, el tribunal le dice que tendrá que volver al día siguiente a las nueve y cuarto de la mañana, lo que invalidará las seis horas que hoy ha tenido que esperar para entrar en la sala. El aborigen, que es muy insumiso, osa decir que no está de acuerdo, y el tribunal, tras discutirlo internamente, le convoca para el día siguiente a las diez de la mañana, tres cuartos de hora más tarde de lo que le habían dicho antes. Sin embargo le advierte que «si mañana no conseguimos un intérprete, porque es difícil» -es dificilísimo, prácticamente imposible, encontrar intérpretes de catalán-español en Cataluña- «entonces le citaremos para el jueves». «Le aviso que el jueves no estaré, marcho de viaje mañana por la tarde», advierte el aborigen llevando su insumisión a extremos que remueven los cimientos de la Ciudad de la Justicia y hacen tambalear sus columnas. Las columnas, afortunadamente, no caen y todo el mundo se tranquiliza al descubrir que todo ha sido una falsa alarma provocada por un rumor de sillas en la sala de al lado. Es el momento de que el tribunal, además de amenazar al aborigen diciéndole que si no viene por su cuenta le harán venir de otro modo, aprovecha para reprobarle: «Me extraña su actitud, dadas las circunstancias en otros juicios».
Recomiendo leer la frase dos veces para tomar conciencia de los tres siglos de absolutismo y de soberbia que la sustentan. Sin estos tres siglos de dominación, sin estos tres siglos de sometimiento, no se explica que un tribunal español ose decirla en pleno siglo XXI en Cataluña. Pero la frase es real, lo que nos debería hacer temblar, porque, tal como un espejo, nos devuelve la imagen de lo que hemos sido, nos devuelve la imagen de un pueblo sumiso que ha aceptado la humillación con la misma resignación con el que el buey acepta el cabestrillo. Por ello el tribunal que interrogaba al aborigen insumiso no daba crédito a aquella insubordinación. No lo habían visto «en otros juicios». Finalmente, la insubordinación tuvo éxito y el aborigen insumiso terminó declarando en catalán ese mismo día, en esa misma sala y en ese mismo momento. Y es que era mentira que no entendieran el catalán. Lo entendían todos, incluido el letrado gallego Mario Conde. Recordemos que en el año 2009, Conde, hizo el pregón de las fiestas patronales de la localidad mallorquina de Caimari en un magnífico catalán.
Conozco muy bien la estrategia del tribunal, porque yo mismo -lo explico con detalle en uno de mis libros- viví una situación casi idéntica, hace unos años, al negarme a declarar en español en un juicio de tráfico en calidad de testigo. Los miembros del tribunal, intentando que me sintiera culpable, me decían que no me entendían y que la búsqueda de un intérprete implicaría detener el juicio. Pero les respondí que se tomasen todo el tiempo que quisieran, que yo no tenía prisa. Y, claro, de repente, como por arte de magia y a una velocidad que sonrojaría a los sistemas más avanzados de aprendizaje de lenguas, la lengua catalana entró en el cerebro de los miembros del tribunal y ya no les fue necesario ningún intérprete. Me entendían perfectamente y no tuve que repetir ni una sola palabra. ¡Mira qué cosas! Pero es lógico: si el aborigen no se deja coaccionar, la coacción se vuelve en contra del tribunal, ya que el paro o suspensión del juicio trastornaría todo el programa de trabajo de sus miembros y no les queda más remedio que dejar que el ‘aborigen insumiso declare en su lengua. En resumen: entienden el catalán, pero como decíamos al principio, es una cuestión de jerarquías. Hay una lengua superior, que es la lengua del imperio, y existe la lengua inferior, que es la lengua de la colonia.
Con todo, para la antología del despropósito, queda la respuesta que Mario Conde, letrado de la parte contraria, dio al aborigen insumiso, en el punto final del incidente. El aborigen apeló a la inteligencia del letrado para entender una declaración en catalán, y éste le contestó: «Usted también es inteligente, pero no habla gallego». Asimismo. Alguien le debería haber dicho que mientras el aborigen insumiso no tenía ninguna obligación de saber gallego, porque el gallego no es la lengua propia de Cataluña, el letrado sí tenía la obligación de respetar el derecho inalienable de toda persona a declarar en su lengua en un juicio, ya sea en su país o en otro. Y para respetar este derecho y de no crear indefensión se utilizan los intérpretes. Pero, claro, no puede haberlos, porque ya ha quedado claro que para España las colonias y sus aborígenes no tienen derechos. Así es como se imparte justicia en la Ciudad de la Justicia.
Gracias, por tanto, Joan Laporta, por no ceder a la coacción. Cada vez que un catalán se mantiene firme en la defensa de sus derechos hace mucho más que un acto de dignidad; expresa su lealtad a Cataluña y demuestra el respeto que siente por sí mismo.
(*) http://www.elsingular.cat/cat/notices/2015/03/el_desastre_de_la_justicia_106760.php
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