Tras el 20-D

En el momento de redactar estas líneas aún no se sabe el resultado de las elecciones españolas del 20 de diciembre, pero lo que sí se sabe es que, en cuanto a Cataluña, todo seguirá exactamente igual. Da igual que gane el PP, el PSOE, Ciudadanos o Podemos. En el caso de los tres primeros, porque como búnker nacionalista español que son, coinciden punto por punto en la negación de los derechos nacionales de Cataluña. Cataluña, para ellos, no es nada más que cuatro provincias españolas -muy bonitas y peculiares, eso sí- cuya capital debe ser Madrid. Un hecho, éste, que debe permanecer inamovible digan lo que digan, piensen como piensen, lo quieran o no lo quieran los catalanes. Los catalanes, para PP-PSOE-Ciudadanos, somos como los negros a los que se les permitía nombrar a alguien que los representara pero que decidieran lo que decidieran, nunca podrían hacer nada que cuestionara la autoridad del amo blanco. Y es que, pobrecitos, sólo eran negros, sólo eran una posesión blanca.

¿Y Podemos? Podemos, durante la campaña electoral, dijo que, si gobernara España, vería con buenos ojos un referéndum en Cataluña sobre la independencia. Esta es una afirmación que suena bien, suena sensata. Pero es también una afirmación de que, más allá de contradecir muchas de las cosas que este partido ha dicho con relación a Cataluña, no es creíble por varias razones. La primera, porque la verborrea política española hace siglos que no tiene ninguna credibilidad en nuestra casa. Las promesas españolas tienen el mismo valor que el papel mojado. Son tan falsas como los 378 pactos que el gobierno de Washington firmó con la nación india. De todos los 378, no cumplió ninguno. ¡Ninguno! Y ya sabemos cuál fue su desenlace, ¿verdad? Y si los pactos firmados entre un dominador y un dominado son humo, aún lo son más las promesas electorales que el que las hace sabe que nunca tendrá que cumplir. Sólo son «parole, parole», como le cantaba Mina a Alberto Lupo.

Podemos, en el tema del «problema catalán», necesita un elemento que lo diferencie del búnker. Lo necesita para tener un discurso propio, y porque, aprovechando la ausencia de la CUP, ha visto una buena fuente de alimentación de votos. La carta escondida es que sabe muy bien que para reformar la Constitución e introducir el derecho de autodeterminación de Cataluña necesita 234 escaños. 48 más que los 186 que hasta ahora tenía el PP, y 124 más que los 110 que hasta ahora tenía el PSOE. Es decir que ni siquiera logrando igualar la mayoría absoluta obtenida por el PP en 2011 se vería obligado a cumplir su promesa. Y ¡ay!, tal día hará un año. A esto se llama promesas libres de impuestos. Mejor aún: promesas gratis, que son útiles para captar a gente de buena fe o partidaria de que los catalanes, al ir por el mundo, no seamos reconocidos por la lengua que hablamos, sino por llevar un lirio en la mano. ¿Y a dónde irán, entonces, los votos de los independentistas de buena fe, si la aritmética parlamentaria permite que Podemos pacte con el PSOE? Pues irán a la bolsa del PSOE, claro. Pero, de este pequeño detalle, no han hablado en toda la campaña.

¡Qué suerte que Ada Colau, con sus declaraciones -hay agradecérselo-, abrió los ojos a unos cuantos de estos catalanes diciendo a plena voz: «Algunos dicen que hay que traer el Senado a la Sagrera. Yo creo que no. Creo que debemos llevar las instituciones catalanas físicamente a Madrid para gobernar desde allí. Madrid es nuestra capital». Y añadía: «Dejaremos la sede de la plaza de Sant Jaume y todas las demás sedes que hay repartidas por la ciudad y nos trasladaremos a nuestra capital, Madrid!». Esta es, pues, la visión hispanocéntrica que tienen de la vida Ada Colau y En Común Podemos (Podemos-ICV-EUA-Barcelona en Común).

Situados en este punto, y en un Estado donde los que se dicen ‘progresistas’ se expresan así, es comprensible que los que están más a la derecha nieguen la identidad y el voto de la nación catalana y criminalicen a su presidente por sacar las urnas a la calle. Que en dos horas de un cara a cara televisado, Mariano Rajoy y Pedro Sánchez rehuyan hablar de Cataluña, a pesar de ser preguntados varias veces por el moderador, ya lo dice todo. No tienen nada que ofrecer que no sea la subordinación eterna de Cataluña. En este sentido, sin embargo, la cobardía de Pedro Sánchez ya había quedado patente días antes, al negarse a hacer un debate televisivo con el presidente Mas con la excusa de que «Mas es presidente en funciones». El pánico a hacer el ridículo públicamente ante un político con un nivel infinitamente superior al suyo aterró a Sánchez. Sánchez quería un oponente facilito, como Mariano Rajoy. Y ni siquiera con Rajoy pudo. Con su tono de matón de playa, lo único que Sánchez demostró fue que no llega a la suela de los zapatos del presidente Mas.

Se entiende, en todo caso, la desazón de los políticos españoles por llegar a la Moncloa. Se ha notado que están ansiosos por inscribir su nombre en la historia. Pero no deben sufrir, porque Cataluña satisfará su deseo. El ganador de estas elecciones pasará a la posteridad gracias a la pérdida de Cataluña, en la misma medida que el presidente español Práxedes Mateo-Sagasta pasó a ella gracias a la pérdida de Cuba.

EL MÓN