Transversales contra centristas

Si algo anuncian de manera fehaciente la magnitud del cambio político que vive Cataluña y la proximidad del advenimiento del nuevo país es el terremoto que socava el antiguo mapa autonómico de representación política. Hace diez años nadie habría imaginado el alcance del batacazo por el fracaso de la reforma estatutaria. Y no hace ni cinco tampoco te creían si preveías que el mapa político entero, tal como la habíamos conocido, se colapsaría hasta su completa desaparición.

Pero, por orden riguroso, los primeros en reventar han sido los partidos que no han sabido acomodarse a los nuevos tiempos políticos debido al doble juego que tenían que hacer en lo que se llamaba el eje nacional. PSC e ICV a la izquierda y PP a la derecha viven su última fase de descomposición, que no quiere decir de desaparición final, claro. Se puede malvivir e ir tirando de muchas maneras y agonizar hasta el último pataleo del autonomismo. Lo de la muerte digna no está hecho para los partidos políticos. ¡Miren Unió!

No puede sorprender que en esta fase de podredumbre autonómica haya aparecido ‘Ciudadanos’, un partido carroñero engullido por su contradicción original: para hacer creíble que podía salvar a los catalanes de ellos mismos, debía hacer fortuna en España. Pero, ay, en España sólo sobrevivirán si excitan, precisamente, el ‘problema catalán’. Un caso muy distinto al de ‘Podemos’, ‘En Común Sí se Puede’ y todas sus variantes. Estos han nacido de la indignación y el malestar y al margen del anuncio del nuevo país. El tiempo dirá si se sabrán acomodarse a los desafíos soberanistas o si llegarán al final del proceso defendiendo un cómodo «derecho a decidir» sin haber asumido el riesgo del «deber de decidir».

Sin embargo, los casos más interesantes son los de ERC y CDC. La asunción sin reservas del independentismo no les ahorrará el terminar saliendo de escena como los primeros. También por orden de desaparición, primero CDC. Y quién apagará la luz será ERC cuando la independencia ya no sea un horizonte sino el ámbito de todos los ámbitos y le toque decidir qué papel quiere hacer. De momento, sin embargo, uno y otro apuestan por unos futuros -de supervivencia ERC y de refundación CDC- todavía muy, demasiado, cortos.

Hay muchos indicios que lo hacen pensar, pero tomemos lo último de las próximas elecciones españolas. CDC, con un ala arrastrando y con un congreso a corazón abierto por delante, sabe que como partido cesante no se juega casi nada y propone algo parecido a Juntos por el Sí. Pero ERC, excitada con la idea de estrujar al eterno partido con quien se disputa parte del electorado, ahora que lo ve debilitado y a punto de ir a sus últimas elecciones, no ha querido ni oír hablar. ¡Una victoria, por pírrica que sea -aunque te acaben pasando por encima los del CENT -Catalunya Encara No Toca (Cataluña Todavía No Toca)-, es una victoria!

¿Y eso cómo se explica a la clientela? ERC se aferra a un término político que siempre me ha dado nauseas: la transversalidad. Según Junqueras, no necesitan pactar con nadie porque ellos ya recogerán todo el independentismo. Desde la CUP anticapitalista hasta la mesocracia convergente, ligeramente liberal. CDC, por su parte, promete ocupar una futura centralidad. Sin embargo, transversalidad y centralidad no son nada por sí mismas: son un no-contenido meramente posicional, definido en función de dónde se sitúen el resto de competidores de quienes, fatalmente, acaban dependiendo.

Me temo, sin embargo, que en política, y tal como va todo, o eres algo por ti mismo al margen de donde te sitúen los demás o no eres nada. En mi opinión, el combate entre la transversalidad y la centralidad aún pertenece a la fase terminal del autonomismo, y actúa como si aún le quedaran muchos días. Corren el riesgo de llegar al final muy heridos.

ARA