A veces intentamos empezar la casa por el tejado: hace semanas que alimentamos la discusión sobre si reunirá más gente una única lista o varias con un punto común. Yo lo veo así: las elecciones que vienen serán el referéndum que no hemos podido hacer. Y, por tanto, quiero poder votar por la independencia y no qué partido quisiera que nos llevara a ella. Porque quiero que nos lleven todos juntos, que vayamos reunidos tantos como queramos estar allí.
Sí, ya lo sé, este referéndum tendrá la forma de unas elecciones al parlamento, lo que implica lo que implica: en primer lugar, los diputados electos deberán elegir entre ellos el presidente de la Generalitat y este deberá formar gobierno. ¿Pero cuál debería ser su plan de acción en estos momentos excepcionales? Tal como yo lo veo, si la mayoría de los electores ha votado a favor de la independencia, para conseguirla será necesario que este gobierno se fije cuatro objetivos que se complementan: gestionar el día a día, diseñar las estructuras del nuevo Estado, encargar la redacción de nuestra constitución y negociar con España y la Unión Europea la transición hasta la proclamación de la independencia.
La tarea es ingente y, por tanto, no puede prescindir de nadie: si no es en estas circunstancias, no sé en cuáles se debería formar un gobierno de concentración. Y es aquí donde no entiendo por qué algunos de los partidos políticos que defienden con más vehemencia el objetivo de la próxima legislatura, el camino hasta la independencia, se oponen al gesto que, en mi opinión, nos llevaría más lejos: una candidatura única por el sí al nuevo Estado, sin pugnas entre los partidos y sus programas electorales. Con el desafío común de construir un nuevo país más justo, más limpio, más eficaz. Un reto cargado de ilusión y de esperanza, que debería animar, junto a los convencidos, a un buen grueso de indecisos: ¿tendremos muchas oportunidades más para volver a empezar y tratar de hacerlo mejor?
Y eso, ¿cómo se hace? Veámoslo en relación con algunos de aquellos objetivos de gobierno para la legislatura.
En cuanto a la gestión del día a día, se habrá de hacer pactando unas medidas que garanticen en lo posible los servicios básicos durante el período de transición: la salud, la enseñanza, el apoyo a la gente con más riesgos y el impulso de la actividad económica. Es aquí donde la coyuntura da una oportunidad única a las fuerzas que se oponen a las políticas actuales, eso que llaman los recortes: porque pueden poner como condición para estar ahí unas prioridades distintas de las que ahora denuncian y pueden hacerlo con más capacidad de presión de lo que les han dado las urnas hasta hoy. Si de verdad creen que hay otras maneras de gobernar, ahora las pueden poner a prueba. Es evidente que este consenso no será nada fácil: y pues, esto es hacer política en mayúsculas.
En cuanto a las estructuras del Estado, ahora es el momento de poner los cimientos. ¿Cuáles son estas estructuras? Me parece que no muchas: las imprescindibles para garantizar que el país no encallará (hacienda y tributos, seguridad social, seguridad pública y servicios básicos como los mencionados antes). Seguro que algún partido político defenderá alguna que otros no considerarán prioritarios: señal que deberá quedar para después, para cuando vuelva a ser la hora de las siglas. Igualmente, los fundamentos de estas estructuras se habrán acabado de poner allí donde comience la discusión ideológica sobre cómo conformarlas, que también tendrá que venir después.
En cuanto a la nueva constitución, me gusta imaginar que será bastante breve y general para suscitar el máximo consenso. Debe ser un marco tan amplio y sólido que puedan encajar todos los proyectos políticos dispuestos a participar en la discusión y que pidan hacerlo. Lo que pueda restringirlos deberá quedar para después del proceso constituyente, para el debate parlamentario ordinario.
Y todo esto, ¿quién lo hará? Las fuerzas políticas que hoy están en el Parlamento y al menos los colectivos que integran el Pacto por el Derecho a Decidir. ¿Y cómo? Construyendo espacios de consenso más que esgrimiendo mayorías contra minorías. ¿Será fácil? No. ¿Es ingenuo verlo así? Seguro. ¿Pero no es cierto que la política en mayúsculas es el ejercicio de transformar la realidad con las manos muy pragmáticas y la mirada irrenunciablemente utópica?
Mirad, si hay todo esto por hacer, ¿por qué digo que pelearse por unas listas es empezar por el tejado?
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