Tauromaquia: ¿el comienzo del fin? (II)
Hablemos ahora del futuro o, mejor, del presente y el más cercano porvenir. Las reacciones a la prohibición de las corridas de toros en Cataluña ha provocado ríos de tinta en los medios de comunicación y el debate más encarnizado en nuestras calles. Por si fuera poco, además, se ha reactivado la comunidad abolicionista, últimamente un tanto aletargada, por estos lares (hablo de Nabarra).
La reacción más virulenta a la normativa aprobada en la Cámara de Cataluña es la del Partido Popular. Hablan los populares de que los contrarios a la Fiesta Nacional se oponen a ella por asociarla con la España a la que odian. Para empezar, es menester decir que la mayoría de los movimientos soberanistas en la piel de toro -sean nabarros, catalanes o galaicos- no tienen como leit motiv precisamente un presupuesto negativo (el desprecio a España), sino más bien un argumento positivo (la afirmación del propio ser y la ilusión por fundar una república al margen de España). Y, en segundo lugar, sepan los ignorantes que, a quien se opondrían, si fuera ésa su motivación, sería en todo caso, a la cuna de la Tauromaquia: Nabarra. Pero no es en las aguas procelosas de la política donde quiero navegar hoy. Volvamos, pues, al debate.
El gran problema al que se enfrenta la formación política mencionada es que el grueso del movimiento abolicionista no predica motivaciones identitarias, sino éticas. Es ahí donde los populares pinchan en hueso, siguiendo el símil taurino. Quizá por eso los políticos nabarros se están tratando de quitar el muerto de encima de la mejor manera que pueden: diciendo que el debate no existe en Vascongadas, para ser más exactos. Es posible que tengan razón. Es posible que sea ahora cuando el debate salga del armario, de modo similar a la salida del armario del debate sobre el uso del tabaco en espacios públicos cerrados.
Tarde o temprano, el debate llegará a la Cámara Vascongada, quieran o no quieran los políticos. Porque organizaciones como la Asociación por un Trato Ético a los Animales (ATEA), entre otras, va a intensificar su recogida de firmas con el objeto de que los partidos lleven el debate a la agenda política del Parlamento de Gasteiz.
Las corridas de toros podrían tener los días contados en unos años, dado que la sociedad vascongada no es demasiado diferente a la de Cataluña. Y, a la vista de la experiencia de los camaradas catalanes, sería interesante experimentar algo que no fue posible allí (por desidia, falta de tiempo o falta de voluntad, lo mismo me da): cerrar el grifo de las subvenciones públicas.
Diferente panorama es el que vislumbro para la Nabarra Reducida. Los Sanfermines han colocado a su capital, así como a la Comunidad entera, en el mapa del turismo internacional. El beneficio económico que Iruñea saca de unos festejos asociados al toro es descomunal. Poderoso caballero es don dinero, lo hemos dicho siempre.
Por su parte, el Partido Popular tiene ahora prisa por que la maquinaria de la Carrera de San Jerónimo se ponga en marcha para proteger la Tauromaquia y declararla Bien de Interés Cultural. Es decir, blindarla de modo que nada acabe con ella: ni los esfuerzos de los abolicionistas ni la falta de esas subvenciones que tanta falta le hacen para no morir de inanición.
Allá cada quien. Yo considero que la idea de España puede pervivir perfectamente con corridas o sin corridas. Si su idiosincrasia y su identidad está basada en la Tauromaquia, que Dios les coja confesados. Quizá sean otras motivaciones menos intangibles las que lleven al Partido Popular a defender la Fiesta Nacional con tanto apasionamiento. Pienso, como siempre, en el condenado dinero que algunos amasan a cuenta de las corridas de toros; pienso también en el ansia con la que muchos ciudadanos aceptan una invitación para sentarse en los tendidos de cualquier coso taurino.
Quizá estemos a punto de contemplar un cambio de era. Privilegiados somos por tener la oportunidad de ver transformarse nuestro pequeño mundo. Nunca he creído en nada que sea inmutable. Los tiempos cambian. A nadie deberían caérsele los anillos por ello.
Tauromaquia: ¿el comienzo del fin? (I)
Desde la serenidad y pasadas varias horas desde el dictamen del Parlamento de Cataluña, creo que la prohibición de las corridas de toros es conveniente y digna. Ha supuesto la intervención de lo público en lo privado, una dinámica que siempre comporta riesgos. No obstante, la intromisión parte de una buena causa y, además, pone en valor una virtud siempre recomendable: la coherencia. Déjenme explicarles.
Para empezar, me resultan interesantes testimonios como el de José Montilla. El presidente de la Generalitat sostuvo ayer su voto contrario sobre el argumento de que son los hábitos, usos y costumbres los que deben dictaminar el futuro de la Tauromaquia en Cataluña.
A juicio de algunos analistas, la conocida como Fiesta Nacional adolece actualmente de punch y son más bien las ayudas públicas las que le permiten sobrevivir. Siguiendo el testimonio de Montilla, quizá habría sido más adecuado que la Tauromaquia quedara como una actividad meramente privada y sentarnos a ver el resultado en aras de un hipotético refrendo o rechazo popular.
Las corridas de toros concitan el interés de un determinado número de personas no sólo por lo que sucede sobre la arena, sino por el ambiente circundante. El pasodoble, el traje de luces, la coreografía asociada al evento… todo contribuye a una tradición nacida hace siglos en Nabarra, como bien apuntó ayer el popular Alfonso Alonso.
Como nabarro debería -en lo personal- defender la Tauromaquia a capa y espada. Sin embargo, siento que no puedo hacerlo, porque, contrariamente a lo que opina Fernando Savater, lo que sucedió ayer en la cámara de Barcelona fue algo más que una mera “intromisión del poder público en la esfera individual”. Lo que los parlamentarios catalanes dictaminaron es que, en aras de la ética, puede resultar digna la prohibición de un espectáculo secular.
Como seres humanos, somos herederos de usos y costumbres consolidados con el pasar de los siglos. Pienso ahora en tradiciones consolidadas como la supeditación de la mujer al hombre. Todos convendremos en que se trata de un comportamiento con solera, pero, ¿la pervivencia de ese uso lo dignifica a ojos de la ética?
En los últimos años hemos visto desaparecer de las plazas de nuestros pueblos y ciudades actividades lúdicas que comportaban la participación de animales. El toro de la sokamuturra y el ganso de Lekeitio, o el conocido lanzamiento de la cabra desde la torre de la Iglesia. Son costumbres arraigadas en el pueblo. Todas ellas han ido desapareciendo o variando con el objetivo de cumplir con ordenanzas y legislaciones que optan por el trato ético de los animales y la defensa de su dignidad, que la tienen.
Asimismo, durante los últimos años ha ido calando en buena parte de la ciudadanía la idea de que maltratar a un animal hasta la muerte no es asumible en una sociedad civilizada. Ello debería llevarnos a pensar que no conviene sacralizar las tradiciones sin previamente pasarlas por un tamiz ético.








