Sr. Regidor, flamean los pendones del Falsario

24-VII-1512

Se quebró el sopor de las mieses.
Trompetas y atabales enfebrecidos,
estallando los venerables cimientos de Iruña,
las entrañas de las amatxos,
las pupilas sobrecogidas de los niños,
las cabezas cansinas de los ancianos…
D. Luis de Beaumont, desde la Taconera, jinete en su alazán,
sus ojos ebrios de odio y arrogancia,
contemplaban, mohín cínico, muros y torres…

-On Pedro jauna, zer nahi du Kondestablek?
-Odola, prebendak, esklaboak, ohoreak, Mendeku…
– Saldukeriaren zergak.
-Haize egoa, kiratsu dator…

Terrorífica parafernalia acosaba los muros,
yelmos, coseletes, alabardas, arcabuces, bombardas…
Nobles altaneros, ahítos de joyas y brocados,
prestos a la razzia y al camanduleo.
Obispos ambiciosos, con su dignidad carmesí,
la iglesia hisopando el pillaje.
Tanto ejército para una ciudadanía calma e indefensa…
La capital del reino, sin rey, sin Mariscal, sin guarnición…
sin esperanzas…

-Amatxo, beldur naiz, non dago Mariskala?
Etorriko da, maitia, nafar adoretsu gustiekin..
Y el Duque pontifica:
-«¡Renegad de de vuestro rey!
– Entraremos a saco y seréis cismáticos y excomulgados»
-Es el vencedor quien impone la ley.
Ya el Felón, urdió su felonía.

Castilla, la que nunca se amó, de tanto codiciar tierras ajenas.
Siempre enredada en enredar pueblos,
conciencias y miserias…
Reseca de odios, supercherías, genocidios…
Empecinada en llevar sus páramos a los confines del mundo,
mientras sus villas hervían de pícaros, penurias y caciques.

¿Qué quedará de España, el día que renuncie a su proyecto usurpador?
La España que forja su historia entre saqueos e inquisiciones…
Que harta de condenar crímenes ajenos,
consagra los propios en efemérides…

Tras los muros el crepúsculo enloquecía,
de hogueras, de blasfemias y cantos soeces.
En las alcobas sollozaban las sombras.
Niños y etxekoandres,
Amasaban plegarias y lágrimas.
Los varones deliberaban en los zaguanes mortecinos…

-«sartu bezain laster, dena hankaz gora jarriko dute…
-Noiz arte geldituko dira?
Noiz arte?

Castilla solo abandona la presa cuando le humillan la cerviz.
Pretendió ser crisol de culturas…
Pero su copela nunca amalgamó,
tétrica máquina de aniquilamiento y destrucción…

Noche de horas espesas, agónicas,
la de los negros presagios,
y sangrientos amaneceres.
Con las nuevas lunas,
los cielos del reino fueron cabalgados,
por apocalípticos jinetes cárdenos.
Patíbulos y crímenes, heredades calcinadas,
Cuerpos rotos por las ezpondas…

Y los invasores construyeron altares,
para inmolar nuestras memorias,
cátedras de la confusión,
para emponzoñar nuestra historia…
Pero ni el rodillo de los años,
ni la sevicia del imperio,
domeñaron el alma del Mariscal, de los Belaz, de los Jaso…
Tras el pueblo adormecido cuando no envilecido,
Sigue el grito inagotable de muchos patriotas:

«Pro libertate patria, gens libera state»