A pesar del descalabro del lunes 13 de octubre, al día siguiente publiqué en esta misma página un artículo con el título «El 9-N, una gran victoria». El título podía parecer extemporáneo a la vista de la inquietud que causó la suspensión de la consulta convocada quince días antes y a la vista de la ruptura producida en la UTPS (unión temporal de partidos soberanistas). A pesar de que al día siguiente el presidente Artur Mas se comprometía a buscar una alternativa para tener urnas, papeletas con la pregunta pactada y locales de votación públicos. En aquel artículo del día de la gran decepción, acababa pidiendo que pasara lo que pasara el 10-N tendríamos que levantarnos sabiendo que se había vivido una nueva victoria. Y el 10-N nos levantamos ganadores.
Como vamos tan embalados políticamente -y aturdidos- desde el Once de Septiembre pasado, era perfectamente previsible que antes de saborear la victoria del domingo ya hubiera quien se fuera a dormir el mismo 9-N ansioso por «¿Y ahora, qué?». Sin embargo, soy de la opinión de que para seguir adelante y alcanzar la victoria final, antes de pasar página del 9-N, sería bueno hacer durar este sabor a triunfo que el país nos ha dado. Quemamos etapas con demasiada rapidez, y existe el riesgo de que después de cada victoria -y ya llevamos algunas- corremos tanto a ponernos un desafío mayor que nunca acabamos de aprender a ganar. Un poco de calma, pues, y por favor, tomemos unos días para celebrarlo.
Porque las cosas a celebrar son muchas. Para empezar, una alta participación que ha desafiado los enormes inconvenientes prácticos de una organización que tenía que esquivar la amenaza jurídica, política y propagandística de todos los aparatos del Estado. Hablamos del Tribunal Constitucional, pasando por el Tribunal Supremo, el fiscal general, el gobierno de España, la policía española aparcada en el Maresme o toda la prensa del régimen que aún el mismo domingo publicaba en portada sus últimas desconsideraciones, amenazas incluidas. Pero, sobre todo, debemos celebrar haber desafiado y abatido nuestro propio derrotismo, que desde el mismo día en que se anunciaba fecha y pregunta aseguraba que no habría urnas y decía que los que lo avalaban nos engañaban. Cuántas veces, en estos once meses, no me ha venido a la cabeza el ‘D’un temps, d’un país’ de Raimon: “¡Canto les esperances, i ploro la poca fe”! (‘De un tiempo, de un país’ de Raimon: ¡»Canto las esperanzas, y lloro la poca fe»!)
También hay que celebrar la demostración ciudadana de los más de dos millones trescientos mil votantes. Lo viví desde la mesa 6307D del Instituto Mont Perdut (Monte Perdido) de Terrassa, en la periferia de la ciudad, y fue una experiencia inolvidable. Mucho rato antes de la hora prevista, la multitud de voluntarios que teníamos que atender las dieciocho mesas ya estábamos en la entrada esperando instrucciones de los coordinadores, en un clima cívico excepcional. Pero, sobre todo, los votantes. En nuestra mesa tuvimos un diez por ciento de no, y casi un veinte por ciento de sí-no. El sí-sí, un 64 por ciento. Por lo tanto, nada de unanimidades asfixiantes. Ahora bien, la conciencia de estar ante un voto histórico se comprobaba por la voluntad de inmortalizar el gesto con una foto; haciendo meter el voto en la urna a los hijos; por la gente mayor acompañada por jóvenes voluntarios; los extranjeros ilusionados con un voto que era de arraigo en el país; los que se habían desplazado desde ciudades y países lejanos… Todo, sin olvidar las caras de disgusto de los que se daban cuenta de que tenían el DNI caducado o que no podían votar donde estaban censados. Y, sobre todo, serán inolvidables los cálidos y emotivos agradecimientos recibidos por el trabajo realizado.
Del «Y ahora qué» ya tendremos tiempo de ocuparnos. Pero atención: no sabremos tomar buenas decisiones de futuro si primero no sabemos celebrar el éxito del 9-N, si no aprendemos a disfrutar de todas las victorias lenta, intensa, emocionadamente.
ARA







