«La izquierda irresponsable ha convertido en un distintivo de la extrema derecha la pretensión de ordenar la inmigración»
Una máxima logion de Jesús en el Evangelio de Tomás (uno de los textos más antiguos del cristianismo) dice: «Sepas qué tienes ante la cara y se te revelará lo que está escondido. Porque todo lo escondido será manifiesto». Es decir, si quieres saber lo que será, trata de comprender lo que tienes delante de la nariz. El mayo del 68 inventó, o al menos encarriló, el neoliberalismo. Aunque algunos activistas de aquella OPA al estado gaullista se convirtieron más tarde al ecologismo, como por ejemplo el carismático (y oportunista) Dani el Rojo (denominado así por el color de su cabello más que por la ideología) lo cierto es que aquellos ‘rebeldes’ fueron los pioneros de la desregulación. El debilitamiento del Estado y las instituciones básicas (familia, escuela, moral pública, religión) abrió paso a una permisividad que tarde o temprano debía extenderse por todo el universo social. De la revuelta contra el sistema derivaron las actitudes y conductas predominantes del último medio siglo. Con aquella ‘performance’, que tenía por epicentro sentimental la lucha contra el ‘pouvoir’, los cachorros de la burguesía parisina, y a continuación de la internacional, consiguieron la hegemonía cultural. La han tenido durante mucho tiempo. En Cataluña el estruendo del 68 coincidía con el antifranquismo emergente, fundamentando la percepción, históricamente insostenible, de que Cataluña es de izquierdas. Pero medio siglo de hegemonía desgasta las ideas. Y así como el negacionismo climático asociado al neoliberalismo resulta insostenible con los récords de temperaturas mortales, el negacionismo demográfico está a punto de dejar la izquierda ‘laissez faire’ con un palmo de narices.
El auge de la extrema derecha no es sino la manifestación de lo que la izquierda tenía delante de los ojos y se empeñaba en no ver. En un curioso intercambio de chivos expiatorios, mientras el neoliberalismo acusa a los ecologistas de terrorismo, el detritus ideológico del 68 tacha de racista la reacción lógica al trasvase ilimitado de población. Lo que siempre había sido una cuestión de orden cívico y de normatividad social, la izquierda lo convirtió en una prioridad de orden moral e ideológica, como si ella y sólo ella gozara del privilegio de subordinar las leyes a unos principios de factura propia. ¿Qué tiene de extraño, pues, que, descuidando un problema y cediendo a la derecha el rédito de prometer soluciones, la izquierda se haya metido en un callejón sin salida?
En Cataluña, la hegemonía de la izquierda ha impedido hablar serenamente de una situación convertida en mucho más crítica que en cualquier otra parte de Europa. En ningún otro país del continente se ha llegado a convertir en minoría la población de origen autóctono. La propuesta de nueva catalanidad inspirada por Francisco Candel y promovida por Jordi Pujol en los años 80 pudo funcionar relativamente bien en un contexto de hegemonía social (aunque no jurídica) catalana. Tanto fue así, que el peyorativo ‘charnego’, que Candel denunciaba como signo de desprecio, hoy lo adoptan algunos individuos en señal de rechazo de la catalanidad. La inversión es un síntoma infalible que el peyorativo decayó y hoy sólo lo emplean como elogioso arrogante los militantes del españolismo.
Hace tiempo que el contexto ha cambiado. De acuerdo con Candel, la voluntad de los recién llegados entre los años cincuenta y setenta era integrarse en la catalanidad a todos los efectos. En este siglo, la llegada en masa de ‘nuevos otros catalanes’ ha pervertido el sentido que tenía la catalanidad en los años setenta hasta adquirir una finalidad estrictamente instrumental. Desvinculada del sentido de pertenencia, la inserción administrativa genera hostilidad contra la identidad catalana, considerada cada vez más como un estorbo y molestia. De esta situación, la izquierda ha sido valedora, con ofertas populistas que van desde oficializar el castellano en una hipotética república catalana hasta predicar a los inmigrantes que no se integren, ya que ya disponen del fuero de catalanes desde su llegada. Un año antes del referéndum, en una comida con ‘representantes de la sociedad civil’, Oriol Junqueras expuso la idea de proveer a las escuelas públicas de clases de árabe para los hijos de los inmigrantes. El efecto, sino la intención, de todas estas ofertas ‘cosmopolitas’ es reforzar la identidad cultural de origen sin meditar las consecuencias políticas más allá de un cálculo electoral a corto plazo.
La acusación de racismo se ha convertido en el dicterio de referencia para silenciar a quienes denuncian la irregularidad migratoria. Es un uso, más exactamente un abuso, que banaliza un concepto nacido con una precisa semántica. Si la palabra significa todavía algo más allá de un exabrupto irracional, la aplicación irresponsable tiene hoy un desmentido en la reacción violenta de los sudafricanos contra inmigrantes de la misma raza pero nacionalidades diferentes. Con un cinco por ciento de extranjeros, los sudafricanos consideran que su país ha superado el umbral de acogida soportable. La forma en que han puesto de manifiesto el rechazo es absolutamente deplorable, pero el furor y las amenazas no quitan validez a las demandas. Los manifestantes exigen controles migratorios, rigor en la concesión de visados, revisar la política de asilo y penalizar la contratación de inmigrantes en situación irregular. Medidas defensivas que el gobierno ya ha dicho que va a aplicar, porque, ideologías aparte, entiende que debe preservar la estabilidad social. ¿Eso le hace de extrema derecha? El Gobierno de Unidad Nacional es una coalición de partidos de todo el espectro ideológico liderada por el African National Congress, partido difícilmente asimilable a la derecha. Y es que un gobierno de unidad nacional puede tomar decisiones de interés nacional sin miedo a ser censurado por la oposición. En Cataluña esta posibilidad, esbozada con la coalición de ‘Junts pel Sí’, la hizo inviable el 155.
En el Parlament, el bloque del 155 -PP, PSC, Vox y Ciudadanos- se ha consolidado con un relevo de siglas. Ciudadanos ha desaparecido, sustituido por los comunes. Y se ha sumado, ‘por imperativo pragmático’, la ERC de Junqueras y Rufián. Esta coalición a caballo del eje ideológico forma el sistema actualmente hegemónico en Cataluña. La institucionalización del 155 ha empujado lo que quedaba de la antigua Convergencia a la orfandad en el eje nacional. De este callejón sin salida difícilmente saldrá si no se agarra a la mesa de salvamento de Aliança Catalana, por resbaladiza que sea. Como partido refugio de muchos votantes desencantados por la frivolidad con la que se gestionó el referéndum de 2017, Aliança Catalana tiene posibilidades de ganar centralidad en el sistema de partidos catalanes. Pero esta salida en el eje nacional está bloqueada por los escombros ideológicos que vierten los partidos del 155. La caricaturización de la líder de Alianza en una exhibición de torpeza democrática no tiene otra explicación que la amenaza que representa para el ‘status quo’ un político capaz de decir que ya basta y aguantar el chaparrón. El cordón sanitario para aislar la herejía y la intemperancia acusatoria con ánimo de quemar la bruja buscan cerrar la posibilidad de acuerdo entre partidos que discrepan en algunas cosas y comparten otras, como es habitual en cualquier sistema democrático.
¿Cuántas veces habrá que repetir que la extrema derecha se define por sustituir el debate por la violencia? ¿Por el hecho indiscutible de que la única dialéctica que conoce es la de los puños y las pistolas? Es tendencioso y falta a la verdad clasificar de extrema derecha a un partido que por medios estrictamente políticos pretende hacer una política como la que se propone implementar el Gobierno de Unidad Nacional de Sudáfrica. Política que ya comienza a aplicar también la Unión Europea. Cohibidos por el bloque del 155, cuya prioridad es desempoderar el independentismo, Junts no se ha atrevido a reaccionar ante el empuje de Aliança Catalana como lo hizo la CDU de Friedrich Merz ante la crecida de Alternativa por Alemania. Si a Merz le hubiera paralizado la acusación de adoptar las tesis de AfD, sólo habría logrado magnificar el problema y nutrir la fuerza persuasiva de ese partido. La timidez genera impotencia, y viceversa. Y en un clima de coacción ideológica era de prever que, cuando Junts pidiera la competencia en inmigración, la izquierda los tildaría de racistas. Por eso Silvia Orriols les pudo espetar con sagaz ironía: «Bienvenidos a la extrema derecha».
La ironía era justa, porque el panorama es efectivamente éste: la izquierda irresponsable ha convertido en un distintivo de la extrema derecha la pretensión de ordenar la inmigración, poner fin a los empadronamientos fraudulentos, a los matrimonios ficticios para conseguir papeles, a las exigencias desaforadas (derecho a la vivienda y papeles para todos), a la delincuencia al abrigo de una legislación extremadamente laxa, a las regularizaciones extraordinarias que recompensan el desprecio de la legalidad y hunden a la clase media, y en general al desbarajuste que conlleva a las instituciones y los servicios públicos un trasvase de población inconmensurable con las dimensiones y las estructuras sociales y económicas del país.
La izquierda, que durante años ha obstruido el diálogo sobre las implicaciones de la inmigración desordenada, se cree ahora víctima de un maleficio, porque la derecha avanza en un terreno que la izquierda se había adjudicado por derecho revolucionario. La máxima de Jesús de Nazaret repetía casi textualmente las palabras de Jesús ben Sira, el autor del Eclesiástico: “[El Altísimo] descubre el pasado y el futuro y revela las huellas de lo más escondido”. Resumen: todo acaba saliendo a la luz. Pero el dicho tampoco era exclusivo de una tradición religiosa sino parte del patrimonio sapiencial de la humanidad. Los griegos lo habían dicho a su manera, que nos ha llegado a través de Eurípides: “Cuando los dioses quieren destruir a alguien, antes lo enloquecen”.
EL MÓN








