Respuesta a Felipe González

Señor Felipe González, entre usted y yo hay muchísimas diferencias, ya lo sé. Muchísimas. Los hay de estatus social, las hay de ingresos económicos y las hay de actitud ante la vida. Usted cree en el supremacismo y yo soy alérgico, vos creéis que hay pueblos superiores con designios divinos y yo creo que todos los pueblos con conciencia de serlo tienen derecho a decidir con civismo y libertad su destino. Como ve, son diferencias demasiado notables para llegar a un acuerdo. No pasa nada, sin embargo. La controversia es humana y enriquecedora. El problema comienza cuando una de las partes no sólo se declara superior a la otra, sino que se niega a reconocerla, se burla de sus votos y le cierra el paso. Justo la misma actitud supremacista del blanco que se niega a pactar con el negro, porque un negro, como todo el mundo sabe, no es nadie. El negro, para el supremacista, es un ser cuya vida sólo tiene sentido siempre que haya un blanco que le diga qué tiene que hacer.

No sé qué pensará usted de los negros, espero que no sea eso. Pero sí sé qué piensa de los catalanes, ya que usted mismo lo ha explicitado varias veces. Es cierto que aliñar su discurso, titulado «A los catalanes», con algún piropo, como el de «la tradición de convivencia de Cataluña», pero se nota bastante que lo hace para poderse ‘cargar de razón’ al tacharnos a continuación de fascistas y de nazis. Fascistas y nazis. ¿Cómo se puede ser tan miserable, señor González? ¿Con qué cara puede alguien llamarse de izquierdas y enmarcar el pacífico y democrático pueblo de Cataluña en lo que usted llama «la aventura alemana o italiana de los años treinta»? ¿Lo dice usted que presidió un gobierno que creó una banda terrorista llamada GAL, autora de un montón de asesinatos? A qué niveles llega su indigencia intelectual, para tener la cara de comparar el derecho a la autodeterminación de Cataluña con una de las épocas más monstruosas y abominables de la historia de la humanidad? ¿Tan falto está de argumentos, que no tiene más remedio que llegar a estos extremos? Lo siento por usted. Debe ser desoladora tanta impotencia.

El tono paternalista de la carta que nos ha dirigido, tal como si los catalanes fuéramos enanos mentales, incapaces de pensar por nosotros mismos y necesitáramos las directrices de un ser superior -español, naturalmente- que nos guiara por el camino del amo blanco, añadido al tono arrogante y de desprecio que adopta con el pueblo albanés, definiendonos cómo «la Albania del siglo XXI», da la perfecta medida de la clase de persona que es usted. Su supremacismo nacionalista español le lleva a la mentira más abyecta, plena de prepotencia y de lamentables ínfulas imperiales, al afirmar sin rubor que reconoce la diversidad y que Cataluña goza de «el autogobierno más completo que ha tenido nunca». ¿No le da vergüenza escribir estas falsedades? ¿No le da vergüenza hacer hoy, en Cataluña, el mismo discurso que hicieron en sus colonias de ultramar? Parece que tiene mala memoria, señor González, de lo contrario recordaría que no les sirvió de nada. Las perdieron todas. Déjeme decirle, sin embargo, que entre los siglos XIII y XV, Cataluña fue el país más importante del mediterráneo. La primera potencia marítima occidental. Y déjeme decirle también que si hay un lugar en el mundo donde no tiene ningún derecho a dar lecciones de democracia -más bien debería recibirlas- es en Cataluña, la nación que, como recordó Pau Casals en las Naciones Unidas, tuvo el primer Parlamento de Europa. Pero, claro, Pau Casals defendía los derechos nacionales de Cataluña y eso lo convertía en un enano mental, ¿verdad?

Cataluña, señor González, fue un Estado. Sí, un Estado, como eran los estados en aquella época, y volverá a ser un Estado, como son los estados hoy, aunque seremos un Estado bastante más democrático que el Estado español. Con relación a su mentira, permítanme una pregunta: Si Cataluña ‘siempre ha sido España, ¿por qué España la invadió? ¿Por qué la incendió, la bombardeó y la destruyó? ¿Por qué masacró allí tantísimos catalanes? ¿Por qué quiso borrar las leyes y la lengua e imponer las suyass? ¿Cómo se entiende que un país acose y se invada a sí mismo?

Confieso que el punto de su carta en el que habla del «destino común» de Cataluña y España me ha hecho pensar. Sí, en serio. Pensaba: «Esto me suena, eso me suena…» Finalmente he caído en cuenta de que es un concepto muy antiguo que ya lo decía un tal Primo de Rivera: «España es una unidad de destino en lo universal». Y seguía: «Toda conspiración contra esa unidad se repulsiva. Todo separatismo es un crimen que no perdonaremos». Ahí es nada, señor González, qué obsesión tienen en casa con el «destino». Le veo tan convencido de que España es una creación divina, no humana, que casi me sabe mal el hacerle poner los pies en el suelo.

Dice que Cataluña rechaza a quienes no tienen «pedigrí catalán» y que ofrecemos ciudadanía catalana a «valencianos , baleares, aragoneses y franceses del sur». El tema del «pedigrí» es tan rotundamente falso y grotesco que, en vez de calumniar, hace reír. Mira por donde, si hay un país en el mundo que no pide ningún tipo de «pedigrí» para ser considerado ciudadano de pleno derecho es Cataluña. Hable de ello con la entidad Súmate. Usted, desgraciadamente, no puede decir lo mismo. Los inmigrantes que se acercan an su país por razones de supervivencia no olvidarán nunca el trato que los dan en sus costas, disparándoles balas de goma, apaleandoles si saltan la verja o internándolos en centros que vulneran los derechos humanos. En cuanto al tema de la ciudadanía catalana, no veo nada de malo en ofrecerla. Ofrecer no es obligar. ¿Tan grande es su odio contra los Países Catalanes, que no soporta ni el nombre? Dirá que no existen, pero ¿cómo es, entonces, que en su Constitución prohiben su federación? Si los Países Catalanes no existen, no hay que prohibirlos, ¿verdad? Ya entiendo que, para usted, la lengua catalana es una pulga que no merece ningún tipo de consideración, dado que no usted no hce naga más que alabar de que son «500 millones». No sabía que los argentinos, los chilenos, los uruguayos, los mexicanos, etc., también eran españoles. Es decir, castellanos. Castellanos como usted, que es un castellano nacido en Andalucía.

Afirma que el presidente Mas ocupa el cuarto lugar de la lista de Juntos Por el Sí como si «necesitara una guardia pretoriana para violentar la ley». Ahí es nada, ¡sólo me faltaba escuchar algo tan cínico! ¿prohíbe que el pueblo catalán pueda decidir su futuro en las urnas, lo criminaliza por emplear el recurso de hacerlo mediante unas elecciones y reprueba a su presidente por no ser cabeza de lista? ¿Y lo dice usted, que milita en un partido que presentó 145 listas fantasma en las municipales catalanas? ¿Tan tontos, piensa que somos? El presidente Mas en cuarto lugar por dos motivos: uno, porque si fuese primero ya le habrían encerrado en la cárcel o inhabilitado por «desobedecer al dueño blanco»; y dos, porque no es el presidente Mas ni ningún político, quien lidera el proceso de independencia de Cataluña, sino el pueblo, el grueso de su sociedad. Es Cataluña quien quiere ser libre, señor González. Es Cataluña. Los demócratas resuelven sus conflictos en las urnas. Sólo los que no lo son las prohíben.

Uno de los puntos más lastimosos de la carta que nos dirije es aquel en el que, desplegando las decrépitas alas de su nacionalismo español, define España como Estado Nación y hace una apología de la Europa de los estados en contra de la Europa de los pueblos. La cifra de los 28 miembros actuales de la Unión Europea le parece incluso demasiado elevada y encuentra que sería intolerable que Cataluña pudiera ser el 29. ¡Un negro en un club de blancos! ¡Dónde se ha visto!

Finalmente, sólo darle cuenta de una flagrante contradicción. Primero dice que «vivimos en la sociedad más conectada de la historia» y que «la revolución tecnológica significa ‘conexión’, ‘interconexión’, que es lo contrario de ‘desconexión’», y acto seguido acusa a los catalanes de ser rompedores de unidades y fracturadors de convivencias. ¿Cómo se entiende esto? Si el hecho de ser un Estado implica interconexión, donde está la desconexión? ¿Por qué le irrita tanto, que los catalanes queramos recuperar nuestra propia voz en el mundo? ¿Es que no entiende que no somos porteadores de nadie y que no vamos a renunciar a hacer nuestras propias aportaciones, con nuestro nombre, al patrimonio de la humanidad? Piense en ello, señor González. Piense en ello, porque no renunciaremos. Le guste o no le guste, no renunciaremos. No lo haremos. Por justicia y por dignidad.

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