Es más que evidente la presencia cada vez mayor de contenedores de basura de color verde, azul y amarillo en nuestras calles, hecho que parece evidenciar la también cada vez mayor responsabilidad que el ciudadano medio parece ir adquiriendo con respecto a la tan publicitada salvación del medio ambiente. No hay duda de que un papel fundamental en el tema de la degradación del entorno natural lo juega el ser humano con sus acciones y costumbres diarias en las que debería evitar el derroche innecesario de energía y materias primas o simplemente no dejar huella de su paso por determinados lugares con basuras y desperdicios varios, y que por el utópico bien de todos debería tender a la solidaridad y a darle la mano al que realmente lo necesite por muy lejos que se encuentre, física, cultural o socialmente.
Pero desde el punto de vista de ese ciudadano la sensación que queda es que la recuperación y protección medio ambiental (tanto a nivel local como mundial) es responsabilidad solo y exclusivamente de él, el mismo individuo que debe coger el coche cada mañana para dirigirse a su puesto de trabajo, de hacer las compras como cada tarde y que al final del día se relaja con un baño de agua caliente.
Es cierto que el coche es un medio de transporte sumamente contaminante, que el hecho de hacer las compras diarias conlleva inevitablemente una generación de basuras en cantidades importantes, plásticos en su gran mayoría, y que darse un baño supone un derroche energético mayor que darse una ducha rápida y tirando a templada.
La realidad en la que nos movemos nos dice que los lugares de trabajo están lejos de los hogares y que el uso del transporte público es útil hasta cierto punto, si nos atenemos al ritmo de vida habitual y a los desplazamientos diarios a los que nos vemos obligados a realizar.
Se nos impela a reciclar lo máximo posible para evitar el acumulo de basuras y el uso y abuso previo de energía y materias primas en la elaboración de unos productos que podrían ser mucho menos contaminantes si, por ejemplo, no se utilizaran en exceso plásticos para embalar u otras materias menos agresivas medio ambientalmente. Se deja en nuestras manos la selección y compra de productos con pocos envoltorios y plásticos innecesarios, la utilización mínima de bolsas y la posterior separación de lo reciclable o no.¿No sería más sencillo que desde las empresas mismas se comenzase a envolver los productos con un mínimo de material de embalaje? ¿No es hora ya de que se distribuyan bolsas biodegradables o de algún material menos dañino con el entorno natural? ¿Por qué da la sensación de que es el ciudadano el que debe reparar lo que otros con mayor capacidad de decisión hacen contra el medio ambiente? ¿Por qué dejar toda la responsabilidad de seleccionar productos en base a unos principios de conservación medio ambiental a la sociedad en general? Hay que predicar con el ejemplo, no se puede penar el uso excesivo de agua cuando en tantas ciudades fluye como elemento decorativo, no se puede dejar una responsabilidad que se vuelve sin sentido, en manos de unos ciudadanos que observan cómo se destruye el medio natural que los rodea, cómo se echan literalmente abajo montes o se atraviesan laderas con fines industriales o infraestructurales.
Los polos se derriten, las catástrofes naturales se repiten y el mundo se muere de inanición, intoxicada o por enfermedades curables en un país desarrollado. Nadie queda impasible ante estos hechos, pero ¿de quién es la última palabra? ¿Quién debe tomar las decisiones más fuertes y por qué son tan pocos los países dignos de mencionar por su labor de respeto para con el medio ambiente?
La toma de decisiones por parte de la ciudadanía con respecto a la traba existente entre lo que los de arriba hacen y ofrecen y aquella, no atañe solo al tema ecologista, si no también al de la salud. Los datos que nos llegan sobre ciertos ingredientes (léanse conservantes, colorantes, etc) que a la larga podrían resultan dañinos para la salud, empuja a que una parte de la población rehuya de determinados productos en su compra habitual. Pero en este punto nos encontramos con el insufrible escollo de que los productos en apariencia más sanos, menos manipulados y menos contaminantes son los más caros, es decir, que un sector importante de la sociedad no solo es susceptible de recibir determinada información respecto a lo que compra, su calidad y las repercusiones que ello conllevaría sobre su salud, sino que debido a sus escasos recursos económicos no pueden tan siquiera optar por productos 100% fiables y de calidad.
La belleza azul hace aguas por sus cuatro costados, social y medio ambientalmente. Y aunque desde los medios de comunicación especializados se envíen mensajes de esperanza, se celebren multimillonarias conferencias para tratar el asunto y existan algunos atisbos de que todo esto es reversible, la complejidad del problema es inmensa y desde el punto de vista de un ciudadano cualquiera todo parece girar entorno al reciclaje si o no, a esa peligrosa disyuntiva que le empujaría en el peor de los casos a tirar la toalla, viéndose influenciado por la evidencia de que él no tiene la última palabra, de que poco puede hacer ante un proceso en el que deben tomar parte millones de personas, muchas de ellas supervivientes de los países en desarrollo, de que es totalmente incongruente que él mismo dedique unos minutos al día a separar los residuos que pueda generar en su hogar, a pensar de qué manera puede contaminar menos en su día a día cuando en esos mismos minutos se ha producido un vertido industrial a algún rió cercano, se ha prendido fuego intencionadamente a un bosque o se ha rebajado un monte a fuerza de excavadora para la próxima carretera o zona industrial.









