VEO estos días que se está volviendo a plantear en el Parlamento Foral una iniciativa para intentar que se nos devuelva a todos los navarros el derecho a educar a nuestros hijos en la lengua autóctona Navarra, la que explica muchos de los apellidos de esta tierra, nuestra geografía y etnografía, la que nos trasmite las raíces de nuestra cultura y tradiciones, la lingua navarrorum, el euskara. Derecho e idioma propios que impiden y destierran por sistema los conquistadores para imponer los suyos; en nuestro caso, los romanos y castellanos. Destierro que dura hasta nuestros días para los que estamos domiciliados en lo que han dado en llamar zonas no vascófonas, como si el hecho de que se nos haya impuesto por generaciones el castellano de Castilla, e impedido y penalizado el uso del euskara, diera también derecho para continuar haciendo lo mismo con nuestros hijos, a pesar de los valores democráticos y de DDHHCCPP que, en teoría, ahora, se dice defender. Situación de discriminación y maltrato al euskara que ha sido reconocida y denunciada hasta por alguna autoridad europea.
Es cierto que el romance navarro aragonés también nació aquí y recogía de alguna manera nuestra impronta, pero todos sabemos que sobre el sustrato latino que trajeron los conquistadores romanos, por lo que no deja de ser una lengua de raíces ajenas no vinculadas con nuestra propia realidad.
Es evidente que si todos los navarros pagamos los mismos impuestos debiéramos tener los mismos derechos para poder enseñar el idioma navarro a nuestros hijos al margen del municipio de esta comunidad donde vivamos, sin que ello suponga de ninguna manera obligar a nadie en un sentido o en otro, siempre que se deje a salvo el derecho de nuestra comunidad a mantener su propia cultura y tradiciones, y sin que por ello se impida la también exigible enseñanza del castellano, o del inglés o del chino, a la vez, o por separado, tal como ya se viene haciendo.
Y puesto que hablamos de destierros y repatriaciones en estas fechas de recogimiento familiar tan doloroso por las ausencias, creo que no está de más que dediquemos un recuerdo también a todas las familias y personas, en especial a las navarras, que por distintos motivos se ven apenadas por la ausencia irreparable de algún familiar para que no les falte nuestro apoyo; o a los que contra su voluntad se encuentran lejos de su residencia, para que ahora que ya no se da por su parte el condenable estigma de la violencia, entre todos, con generosidad, vayamos pensando en la manera de repatriarlos y rehabilitarlos al servicio de la libertad, la justicia, la democracia, la convivencia y la paz, como dice prever el espíritu de las leyes y las penas y los mismos DDHHCCPP.
También puede ser un buen momento para que a pesar de la crisis consideremos la oportunidad de repatriar algunos de nuestros personajes más simbólicos, no tanto por sus personas, que también, sino por ser representantes del Estado navarro, que contra sus disposiciones testamentarias siguen enterrados lejos, y es por tanto Navarra la afrentada y la que debe resarcir su dignidad que es la nuestra. En mi opinión, lo más deseable sería crear una comisión científica que se encargara de estudiarlo y en su caso gestionarlo, con austeridad pero con el decoro pertinente, y costearlo por suscripción popular, ya que no parece que desde las instituciones haya verdadera voluntad de hacerlo. Y aunque ya no soñemos con ser el asombro del mundo, cuando menos debemos intentar mantener la dignidad de nuestro gentilicio, y que la imagen de la casa del padre siga en alto.
La pamplonesa doña Blanca I, Reina de Navarra, o los restos que por tal se tienen (aún con las dudas o certezas de los análisis de ADN), sigue simbólicamente enterrada en Santa María la Real de Nieva, en la castellana Segovia, desde el 3 de abril de 1441, contra la voluntad expresa de su testamento que lo mandaba en Ujué.
Don Juan de Albret y doña Catalina, reyes legítimos de Navarra despojados de sus derechos por el llamado católico, reposan también en la catedral de Lescar, junto a su hijo Enrique II, el sangüesino nacido en el palacio de los Sebastianes, y a Francisco Febo, habiendo dispuesto en su testamento los reyes vilmente traicionados que querían ser enterrados en el panteón real de la catedral de Pamplona junto a sus iguales.
Y deben ser bastantes más los casos similares de personajes tan queridos como la pamplonesa infanta Magdalena (Albret) de Navarra, que murió en 1503/4, con 10 años de edad, en el castillo de la Mota-Medina del Campo-Castilla, donde permanecía como rehén de los católicos retenida por la fuerza tras haber transcurrido los cinco años que le impusieron en el Tratado de Madrid de 1495, y habiéndose desoído las repetidas solicitudes de la Reina de Navarra, su madre, que desde el 3 de julio de 1497 estuvo reclamando a la católica la devolución o el acercamiento de su hija a la frontera de Navarra por haber tenido noticias de que se encontraba enferma y le resultaba insalubre el clima de Castilla. O el caso del príncipe de Viana, o los restos que por suyos se tienen, enterrado con todo honor y cariño en Catalunya como infante de la Corona de Aragón que también fue en una capilla del monasterio de Poblet, aunque también los análisis de ADN nieguen o pongan en duda la autenticidad de los mismos en la actualidad. Si bien en el caso de Magdalena no he sido capaz de averiguar el lugar donde está enterrada, ni tampoco conozco cuáles fueron las últimas voluntades de don Carlos al respecto, aunque nadie puede desconocer los grandes esfuerzos que hizo toda su vida por volver a su Reino.









