«¿Quién quiere vivir en un Estado como este?»

El discurso más duro sobre España pronunciado por un presidente en la cámara
Mas no se dejó nada en el tintero ayer, hasta el punto de que, dirigiéndose a extramuros, usó el castellano. «¿Quién se puede sentir protegido por un Estado que trata a los demócratas como delicuentes?» Sí, claro, estaba intentando dejar a la CUP sin excusas para no investirle, pero, por encima de cualquier otra consideración, Mas pronunció ayer la intervención parlamentaria más dura que se recuerde de un presidente de Cataluña respecto al Estado español.
Llovieron frases graves toda la tarde: «El Estado no quiere comprender, quiere destruir […]. Del mismo modo que hay personas que tienen intolerancia a algún alimento, España tiene intolerancia a la realidad nacional catalana». La lluvia de adverbios de modo para calificar el trato del Estado a Cataluña llegó a ser torrencial: «Descaradamente, torpemente, olímpicamente, altivamente». En las bancadas de PP y Ciutadans, separadas por el PSC, al que Mas se refirió como «la minoría», había diputados que debían contenerse para no saltar cuando escuchaban imágenes del tipo: «Orgullo imperial herido de un Estado que ni escucha, ni habla, ni negocia lo que no le gusta. En serio, ¿quién quiere vivir en un Estado como este? «
La batalla por la democracia
Era, una vez más, la lucha cuerpo a cuerpo por el relato. Rajoy había hablado por la mañana desde Béjar, minutos después de la aprobación de la declaración solemne de inicio del proceso de creación del Estado catalán. Hizo las invocaciones rituales al estado de derecho y a la ley. Pero esta vez añadió que usaría «la democracia, toda la democracia», y concluyó: «Defenderemos y preservaremos la democracia en toda España […]. Asumo mi convicción como demócrata y como español». Se acabó el símil de los platillos de la balanza. Hasta ahora había en una esquina la ley (el Estado español), y al otro, la democracia (Cataluña). Desde el anuncio de la declaración en el Parlamento, los partidos españoles se refieren al voto del 48% de los catalanes como si fueran una amenaza a la seguridad nacional y a la democracia, y han desenterrado sin reparos los términos en que se hablaba en el País Vasco durante los años de plomo y sangre, o sea, la unidad de los demócratas ante el desafío. Sobre esto Mas habló ayer de «democracias de baja calidad» o «pseudodemocracias», «tratando de impedir por todos los medios la expresión democrática de un pueblo». Pareció como si Mas hubiera decidido que, ya que el único interlocutor del Estado español con quien puede hablar es un juez, aprovecharía que tenía todas las cámaras apuntándole para descargar ordenadamente ante los catalanes y los españoles todas las razones acumuladas desde la sentencia del Estatut, en 2010, hasta la fecha.
Si en el año 2005, en el hemiciclo de la Ciutadella, Pasqual Maragall lanzó el último «Escucha, España» del catalanismo, diez años más tarde Mas pronunció el último verso del poema, un «Adiós, España», pronunciado desde el independentismo y con reproche histórico: «En el fondo es la intolerancia de aceptarse como un Estado plurinacional, es decir, como el que es».
Soplan vientos de recentralización
Esta última frase de Artur Mas es el nudo del problema. Porque mucho antes de que cientos de miles de catalanes como Mas mismo decidieran que si ese Estatuto no cabía en esta Constitución quizás era porque Cataluña no cabía en España, es decir, mucho antes de la Vía, la «V», el 9-N, la Meridiana y el 27-S-, el catalanismo político le ha dicho a España que se veía y la veía plurinacional. Ahora es tarde, decía ayer Artur Mas. El tronco central del catalanismo se ha transformado en independentismo, mientras que en España, que acaba de salvarle un macht baile a la monarquía, soplan vientos en dirección contraria: los vientos de la recentralización. Qué cómodos se sienten PP, PSOE y Ciudadanos argumentando ahora que con los que quieren romper no hay nada de qué hablar. «¿De qué se ha podido hablar, antes?», se lamentaba el candidato a la investidura. No hay nada que hablar. Ayer, hacia las dos de la tarde, el PP envió el siguiente mensaje por Twitter: «En Cataluña hay quien ha decidido jugar con algo que es sagrado: la unidad de España @marianorajoy».
«Tenemos las manos atadas»
Cuando Mas lanzó este mensaje, se refería al Estado español, claro. Pero el soberanismo vive su propio bloqueo. La CUP, que, como Mas, normalmente tiene un juez (o un policía) como interlocutor del Estado, no quiere a Mas a la presidencia. Y ayer, mientras escuchaba el durísimo (pero factual) discurso de Mas, pensaba que cuando un hombre de su tradición política deja discursos como estos para la historia, no cederá tan fácilmente ante diez diputados por más que tengan la clave. Mas se siente cargado de razones ante el Estado y también ante la CUP. Son razones de peso, democráticas, precisamente: el peso de 1,6 millones de papeletas. Un presidente capaz de decirle al Estado y en sede parlamentaria todo lo que piensa no dejará que le conviertan en expresidente diez diputados. Tiene la pinta de que el 27-S tendrá segunda vuelta en marzo. El proceso, ya veremos.

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