¡Qué vergüenza, señor Bartomeu!

«Primero decían que recurrirían a los tribunales, después que callaban por no hacer rabiar a la fiera y ahora dicen que la fiera es en realidad un corderito»

La decisión del FC Barcelona, de no recurrir la multa de 30.000 euros que le ha impuesto la UEFA por las esteladas exhibidas en la final de la Champions, en Berlín, es tan vergonzosa como la multa en sí misma. Es vergonzosa, porque no sólo pone en evidencia la mentira de su presidente, Josep Maria Bartomeu -que aseguró que recurrirían en defensa de la libertad de expresión-, sino porque implica una cobardía y una pusilanimidad enfermizas y un reconocimiento de culpabilidad. Me consta que ahora son muchos los socios que se dan cuenta del error colosal que supone haber votado Bartomeu y que se echan las manos en la cabeza sólo de pensar que se lo tendrán que tragar hasta el 2021. Pero eso es lo que pasa siempre que se opta por el voto emocional en vez del cerebral. Todo sabemos que el señor Bartomeu, sin el triplete, habría tenido muy difícil ganar las elecciones, ya que es la antítesis de lo que necesita una entidad que es «más que un club» por razones indiscutiblemente políticas. Las consecuencias, por tanto, ya las tenemos aquí.

La sola excusa de la directiva del Barça para no recurrir la sanción es para enmarcarla y exhibirla como una muestra de la falta de autoestima y de la pérdida de dignidad extremas a que pueden llegar un conjunto de personas pertenecientes a un pueblo sometido por espacio de trescientos años. El complejo de inferioridad, el sentimiento de culpabilidad y el miedo al carcelero -«calla, no te defiendas que todavía será peor»- están tan embebidos en la piel de los catalanes y se muestran tan patentes cada vez que somos víctimas de una agresión, sea de la naturaleza que sea, que la autoflagelación es inevitable. Que alguien que ha sufrido la violación de sus derechos más básicos renuncie a defenderse con el pretexto de que podría ser peor el remedio que la enfermedad demuestra dos cosas, y ambas ponen los pelos de punta: la primera, la aceptación sumisa de la existencia de un dueño; la segunda, el reconocimiento humillante de la propia condición de esclavo. Pero aún hay algo más grave, y es que el Barça no se dé cuenta de que su claudicación lo convierte en cómplice de la trama urdida contra él por el gobierno español, que está presionando a los organismos internacionales para desacreditarlo como club y para criminalizar a Cataluña.

La ideología fascista que supone criminalizar la libertad de expresión pacífica y democrática de miles de personas en un campo de fútbol e inhibirse ante la exhibición de imágenes de dictadores genocidas es inadmisible. Se dirá que el jugador Nuno Silva, que el día de su presentación en el Jaén lucía la imagen de Franco haciendo el saludo fascista en la camiseta, alegó que desconocía su identidad. Pero la respuesta no puede ser más cínica, porque es inaceptable que un europeo con estudios básicos no sepa quién era Franco, Hitler o Mussolini. Y menos que desconozca el saludo fascista. De hecho, en la remota posibilidad de que Nuno Silva fuera un hombre de las cavernas, quien no puede alegar ignorancia de ningún modo es el Jaén. El acto lo convocaba el Jaén y era el Jaén quien estaba obligado a hacer que el jugador se cambiara de camiseta o, en caso de negativa, a suspender la rueda de prensa. Sin embargo, silencio absoluto por parte de la Comisión Antiviolencia. Y es que de un Estado como el español, que criminaliza la estelada, que da medallas a nazis y que tiene infinidad de franquistas con camisa blanca en todos sus órganos de poder, no se puede esperar nada más.

Llegados aquí se entiende que la UEFA, conocida en el mundo como una madriguera de corrupción y de praxis mafiosa, se haya mostrado receptiva a las presiones españolas. Palos de tal astilla. El problema es la sumisión de la directiva del Barça, que se atreve a aducir que prefiere pagar y callar para no favorecer que puedan llegar a tipificar la estelada como símbolo prohibido y para evitar conflictos deseando que su docilidad permita «reabrir el diálogo con la UEFA». Verdaderamente escandaloso. ¿Prohibir la estelada? ¿Quién debe hacerlo y en nombre de qué? Es como prohibir silbar. ¿Quién impedirá que la gente pite? ¿Quién impedirá que la gente lleve una estelada? ¿No se da cuenta el Barça de que su sumisión lo pone a los pies de los caballos? ¿Qué hará la próxima vez? ¿Qué hará cuando la multa plenamente aceptada de 30.000 euros se multiplique por razones de reincidencia? ¿Ordenará que los trabajadores del club requisen las esteladas de cien mil personas? ¿Prohibirá la libertad de expresión de los socios del Barça? ¿Convertirá en delincuentes a los propietarios del club?

Basta de mentiras, por favor. Sólo hay que ver cómo la directiva del Barça ha ido cambiando el discurso a medida que crecía el estupor por su vergonzoso comportamiento. Primero decían que recurrirían a los tribunales, después de que callaban por no hacer rabiar a la fiera y ahora dicen que la fiera es en realidad un corderito. ¿Dónde está el supuesto «pacto» con la UEFA que presentan como excusa, señor Bartomeu? ¿Dónde está el documento que dice que la UEFA ya no multará más la exhibición de esteladas? ¿Dónde está el documento que dice que la UEFA renuncia a ser el submarino del gobierno español? Los derechos humanos básicos, como la libertad de expresión, no se negocian hablando de la ‘cosa nostra’ en el despacho de unos padrinos en Suiza, se defienden en los tribunales a cara descubierta. Y encima -tras decir en la UEFA más o menos esto: «agachamos la cabeza, les pedimos perdón y aceptamos que somos culpables, pero, por favor, no nos zurren mucho en el futuro» – tienen la cara de presentar la claudicación como un éxito. ¡Qué maniobra más pérfida! Ahora resulta que la esclavitud no existe, porque cada vez que un esclavo dice «sí, Bwana» es una victoria de la diplomacia.

Los que se tragaron la foto de Bartomeu alineándose con el proceso catalán, a petición de Òmnium cultural, la ANC y la Plataforma ProSelecciones Deportivas Catalanas, ya pueden ver ahora que fue una acción meramente electoralista para arañar los votos de la ingenuidad. ¿Dónde está, si no, el compromiso con el país y con sus libertades? ¿A tal extremo llegamos que incluso nos asusta denunciar las agresiones que recibimos? Sería necesario que el señor Bartomeu reflexionara sobre la sabiduría de estas frases de Jordi Carbonell, Manuel de Pedrolo y Gandhi, respectivamente, unidas por un mismo principio humanístico: «Que la prudencia no nos haga traidores», «Hay que protestar aunque no sirva de nada» y «Hagas lo que hagas no servirá de nada, pero es importante que lo hagas».

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