El despecho con que el nacionalismo español tuvo que encajar que el Parlamento de Cataluña prohibiera el espectáculo primitivo y sanguinario de las corridas de toros, es una pequeña muestra de la profunda herida que le causará nuestra independencia nacional. Si la pérdida de Cuba arrastró por el suelo su orgullo, la pérdida de Cataluña tendrá unas consecuencias casi trágicas en lo más profundo del alma española. Pero allá ellos. Este no es nuestro problema. Tarde o temprano los delirios de grandeza acaban topando con un adversario implacable llamado realidad.
Se entiende, pues, que no puedan soportar que su Fiesta Nacional, basada en el martirio y en la muerte de seres vivos, sea considerada en Cataluña una barbarie retrógrada e impropia de pueblos civilizados. Se entiende, porque el nacionalismo español se ríe de la civilización. Por ello, cegados como están, pretenden llegar al esperpento de declarar la tortura un «patrimonio cultural inmaterial de la Humanidad» a fin de que la prohibición catalana quede sin efecto y que la Monumental de Pedro Balañá -patrocinador de Ciudadanos- vuelva a acoger nuevas orgías de sangre y tripas. ¿Cómo lo harán, sin embargo, teniendo en cuenta que Balañá declaró pérdidas por valor de 24.000 euros por corrida y un global de 360.000 euros por temporada? ¿Se lo pagará el ministro Wert? ¿O quizás piensan pedir una subvención a la Unión Europea o a una protectora de animales? ¿Y cómo lo harán, también, para pasar por encima de las competencias plenas del Parlamento catalán en esta materia? Mientras tanto, Dolors Montserrat, vicepresidenta del Congreso español, se pasea diciendo que la prohibición de las corridas de toros en Cataluña «vulnera un derecho fundamental». El derecho de torturar.
La parte más lamentable de todo esto es que tanto el Real Instituto Elcano como el Alto Comisionado de la marca España ya coincidieron en decir, hace unos meses, que las corridas de toros perjudican la imagen y la economía españolas en todo el mundo. Incluso lo explicitaron con una pregunta que ellos mismos se respondían: «¿Los españoles tenemos que recurrir al icono del toro en nuestras acciones para mejorar la imagen de España en el exterior? La respuesta es no». Pues qué ironías tiene la vida, ¿verdad? Tiene gracia que el gobierno del PP pretenda imponer en Cataluña una Fiesta que se ve obligado a esconder a la hora de proyectar su país en el exterior. Tiene gracia que nos quieran imponer en nuestra casa lo que les avergüenza ante el mundo. Tiene gracia, en definitiva, que lo que les avergüenza ante el mundo sea precisamente su Fiesta Nacional.
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