No va de unidad, va de interés general

La heterogeneidad política del independentismo ha sido su gran fuerza, incorporando en un mismo proyecto de República desde la izquierda anticapitalista hasta la derecha liberal. Pero esta amplísima diversidad también es la causa de sus dificultades. Y a pesar de que ahora se hacen grandes aspavientos ante las dificultades para formar gobierno, con muchos menos obstáculos que los actuales los acuerdos siempre han sido complicados. Recordemos, por citar sólo los más señalados, los graves contratiempos para acordar fecha y pregunta para el 9-N de 2014; el agónico acuerdo de JxSí para el 27-S de 2015; el «paso al lado» de Artur Mas del 9-E del 2016 y el ‘no’ de la CUP a los presupuestos del junio de 2016; las graves discrepancias en el Gobierno entre el 1-O y el 27-O del 2017; o la frustrada investidura de Jordi Turrull del 22-M pasado.

El lector habitual de estos artículos sabe que nunca he usado la palabra ‘transversalidad’ para hablar de esta diversidad, simplemente porque creo que nunca han existido las complicidades necesarias para usarla. Las desconfianzas y los resentimientos han sido y son tanto o más profundos -e irresolubles- que las distancias y barreras ideológicas que separan a los partidos. Por eso también a menudo he relativizado la importancia de las aspiraciones unitaristas que suelen acabar creando falsas expectativas y facilitan el escarnio del adversario.

Además, las diversas sensibilidades, de estrategias y de intereses, siempre han perseguido a las organizaciones soberanistas civiles, y a menudo han calado. Una diversidad que también es visible en los medios de comunicación de perspectiva poco o muy nacional, donde los diferentes grados de asimilación de los marcos mentales de los adversarios al derecho a decidir marcan los relatos editoriales, informativos y de opinión. Sólo un ejemplo: lo que para algunos es una defensa coherente de la soberanía democrática del Parlamento, para otros es enrocamiento, o desobediencia, o unilateralidad, o cobardía de no decir la verdad … según el lugar que se ocupe en la escala que ha determinado la aplicación del 155 y las consecuencias que tiene para la supervivencia de cada uno.

Desde mi punto de vista, en la perspectiva de llegar a ser una República independiente siempre será preferible esta heterogeneidad que la existencia de un solo partido independentista. Pero facilitaría mucho las cosas que se abandonara la quimera del discurso iluso sobre la unidad del independentismo y se mostrara bien a las claras que hay una negociación de intereses a partir de las fuerzas relativas y de los riesgos que cada uno está dispuesto a asumir. Y lo mismo vale para las organizaciones de la sociedad civil. Es decir, se padecerían mejor la crudeza de los planteamientos y la transparencia en la expresión de los desacuerdos y los pactos que en la simulación de falsas complicidades para disimular públicamente la discrepancia.

El independentismo se ha hecho lo suficientemente mayor para saber que no le une el amor sino el interés. También es lo suficientemente resistente para saber que, aunque sus representantes políticos no se quieren -no se han querido nunca-, se les debe exigir que no pierdan de vista el interés general. Y creo que a cada parte le sería más fácil ceder si fuera claro el punto de discordia con cada uno. En definitiva, se necesitan acuerdos instrumentales sin la presión de una falsa unidad. Y, puestos a pedir, cuando se habla de política, estaría bien rebajar el tono moralista de los análisis de cada una de las posiciones, entre cursis y apocalípticas. Quiero decir, menos perseguir frikis, hiperventilados, cobardes o traidores.

ARA