No hay ‘unionistas’, hay ‘dependentistas’

Uno de los principales elementos que dilatan el proceso de transición nacional de Cataluña hacia el Estado independiente es el miedo enfermizo tan nuestro para decir las cosas por su nombre. No decir las cosas por su nombre provoca, además de infinidad de equívocos y de un montón de discusiones y disputas estériles, un inmenso e inútil gasto de tiempo y de energía. Y es que ya hace años que el dicho referido al hecho de ‘parlar clar i català’ (‘hablar claro y catalán’) ha dejado de tener sentido entre nosotros. Ni hablemos claro, ni hablamos catalán. Nos movemos en el terreno de la ambigüedad y de los eufemismos y hablemos ‘catañol’, que es una jerga del español. Y si ya es un problema no dominar suficientemente la lengua a la hora de articular los pensamientos, aún lo es más nuestra indefinición. Así es imposible llegar a ninguna parte. De hecho, en términos psicológicos, lo que rezuma la persona que huye de la definición es que no tiene ninguna intención de cambiar nada.

Alex Salmond, por ejemplo, es la antítesis de eso. Salmond, a pesar de saber que el independentismo de su país es muy inferior al de Cataluña, habla abiertamente de independencia. Nosotros, en cambio, a pesar de tener por detrás la manifestación independentista más multitudinaria de Europa -manifestación que ya quisiera tener Escocia- mareamos la perdiz y evitamos los términos ‘independencia’ y ‘Estado independiente’ en los altavoces oficiales. Y la gran paradoja es que mientras los medios de comunicación internacionales hablan abiertamente de ‘la independencia de Cataluña’, Cataluña -la Cataluña oficial- evita la palabra como si le quemara en la boca.

Y el problema no es sólo éste. El problema es que la indefinición del objetivo favorece la indefinición de los adversarios, lo que permite que en un conflicto de soberanías nacionales, en un conflicto entre la soberanía catalana y la soberanía española, se defina como ‘nacionalistas’ a los partidarios de la primera y como ‘unionistas’ los de la segunda. Parece increíble, pero hay miles de independentistas que, cuando hablan, caen en esta trampa semántica. Una trampa semántica, fruto de la irreflexión, que nos lleva a satanizar nuestra propia causa aceptando que la defensa de Cataluña es ‘nacionalismo’ y la imposición de España es ‘unionismo’. O, dicho de otro modo, que lo que los españolistas quieren mantener ‘unido’ [por la fuerza], los catalanistas lo queremos ‘separar’ [con las urnas]. Tal como el amo que tacha de ‘separatistas’ a los cautivos que se quieren liberar mientras él considera ‘unionista’ el mantenimiento de su sumisión.

Si los partidarios de la soberanía de una nación son nacionalistas, es obvio que los partidarios de la soberanía española son nacionalistas españoles. Da igual que sean de derechas o de izquierdas. Son nacionalistas y es así como están definidos. Pere Navarro, Alicia Sánchez-Camacho y Albert Rivera son tan nacionalistas españoles como sus partidos, ya que toda su acción política no tiene otro objetivo que la subordinación de Cataluña a la nación española. Ellos lo llaman el ‘encaje’. Lo único que los diferencia es el cebo que usan cada vez que van de pesca. Pero lo cierto es que los tres pescan en las mismas aguas, los tres se disputan el mismo pescado españolista y los tres actúan juntos en contra de los derechos nacionales de Cataluña.

Por eso es importante que el independentismo catalán -y también el gobierno- deje de definirlos como partidos ‘unionistas’ y los llame como lo que son: ‘dependentistas’. Es decir, nacionalistas españoles. O se está a favor de la independencia de Cataluña o se está en contra. Quien está a favor es ‘independentista’, claro, y quien está en contra es ‘dependentista’. No hay término medio. No hay ‘unionistas’, hay ‘dependentistas’. El término ‘unionista’ es sólo el disfraz del nacionalismo español. El verdadero ‘unionista’ es el independentismo, porque aspira a la unión de la Cataluña Estado con el resto de Estados libres, democráticos y soberanos del mundo.

Víctor Alexandre
EL SINGULAR DIGITAL