Escuchaba hace unos días, en una cadena de la TDT, al expreso Mario Conde interrogar con fiereza y cierto afán despectivo a Alfred Bosch, portavoz de ERC en el congreso español. Uno de los argumentos empleados por el exbanquero para desacreditar la aspiración de los catalanes a su independencia, fue el ya conocido de que “Cataluña no ha sido nunca un país independiente”, argumento que el político catalán refutó adecuadamente.
Curiosamente, este mismo razonamiento, por llamarlo de alguna manera, fue utilizado por Mariano Rajoy, a la sazón líder del PP en la oposición, contra Juan José Ibarretxe, en aquella memorable sesión del primero de febrero de 2005, en la que la nación española evidenció su supremacía sobre las decisiones presuntamente soberanas del parlamento de la CAPV.
Previamente, los partidos políticos supuestamente independentistas vascos, habían votado afirmativamente, en el Parlamento Vasco, la modificación del Estatuto de Autonomía del País Vasco. Me refiero a la izquierda abertzale, Batasuna en aquellos tiempos, formación que había otorgado tres de sus votos al proyecto, mientras que sus otros tres parlamentarios se abstenían, y al centro-derecha abertzale, es decir, el Partido Nacionalista Vasco y Eusko Alkartasuna. A ellos se sumaron los votos de la federalista y hoy desmembrada Ezker Batua. Todos ellos, con esta actuación política, demostraron su respeto y adhesión a la Constitución Española de 1978.
Juan José Ibarretxe, aquel día en Madrid, fue incapaz de responder que aquello era falso, que los vascos habíamos dispuesto de independencia política desde el siglo VI, con la constitución del Ducado de Vasconia, hasta 1841, en que lo que hoy es la Comunidad Foral Navarra, pierde su condición formal de reino, bien que sometido a España, para convertirse en provincia del reino de España. Pero eso no entraba en sus presupuestos políticos ni ideológicos.
El colonialismo cultural al que hemos estado sometidos los vascos durante siglos, nos ha hecho creer, con la inestimable colaboración de muchos de nuestros paisanos, que somos una especie de conjunto de repúblicas independientes, Bizkaia, Gipuzkoa, Araba y Nafarroa, que unas veces han pactado con el rey de Castilla, otras con el de Navarra, según su conveniencia. Nada más lejos de la realidad.
Es curioso como un personaje como Juan Antonio Llorente, a quien Godoy le encargó en 1807 que elaborara un alegato documentado contra los fueros del as provincias vascongadas, no tiene más remedio que declarar, a propósito del pacto de límites de 1179, entre Sancho VI de Navarra y Alfonso VIII de Castilla, que “esta escritura cierra todas las puertas de la cavilación y demuestra con evidencia que entre los estados de Castilla y Navarra no había otros intermedios, y por consiguiente ninguna de las tres repúblicas imaginarias del país vascongado”.
Entonces, como ahora -¡qué poco hemos avanzado!- el argumento para nuestra independencia residía en el régimen foral y en el supuesto pacto de cada territorio con el rey de España, argumentos que, por falsos, eran fácilmente desmontables por el enemigo que, por otra parte, era el que los había inventado.
No nos engañemos, la propuesta para alcanzar la independencia de los territorios vasconavarros en su conjunto, lo que el PNV llama Euskadi y la Izquierda Abertzale Euskal Herria, nunca podrá basarse en la reintegración foral, que supone el retorno a una situación de dominación, sino en la afirmación del radical derecho de los navarros a la restauración de la estatalidad y el territorio que nos fueron arrebatados por la fuerza de las armas.
Es imposible la independencia sin Navarra porque precisamente Navarra es el sujeto de la independencia. Esto lo saben muy bien los españoles, que a lo que más temen es a que caigamos en la cuenta, tanto en la Comunidad Foral de Navarra como en la Comunidad Autónoma del País Vasco, de que todos somos políticamente navarros.








