Mi camiseta, la que no está

El Mundial de fútbol –como se puede comprobar perfectamente cada cuatro años– es la máquina de propaganda nacionalista más perfecta jamás construida. O una de las más perfectas

Hoy comienzan los cuartos de final del Mundial de fútbol, ​​como supongo que todo el mundo debe saber a estas alturas. Estos últimos días he ido haciendo mi inventario particular por las calles de Barcelona. Sin ninguna pretensión científica y con la única herramienta de la que dispongo, que son los ojos. Y los ojos dicen esto: camisetas de Argentina en una cantidad que sorprende, blanquiazules, con el número diez casi siempre; camisetas amarillas de Colombia, que persisten con una dignidad conmovedora pese a que este país sudamericano cayó el otro día en los penaltis contra Suiza; camisetas rojas de Marruecos, que este mundial ha vuelto a hacer historia; y camisetas de España, naturalmente, que juega mañana –y espero que pierda– contra Bélgica. No tantas, eso sí, como alguien quisiera y por suerte bastante más disimuladas que años atrás, pues la mayoría llevan la versión de color blanco –mucho más discreta que la oficial, de color rojo.

No quiero que nadie se confunda: en esto no veo ningún problema. Barcelona es una ciudad global, vive gente venida de todas partes, y es de la lógica humana más elemental que cada uno se identifique con su origen. El hombre que lleva la camiseta de Colombia por el Raval, a dos pasos de la redacción de VilaWeb, entiendo que lleva, en realidad, un pedazo de su infancia, una calle de Barranquilla o de Medellín, la voz de un locutor de radio que narraba los partidos, un padre con el que discutían las jugadas y los errores. Esto a mí me parece respetable e incluso emocionante. Alguien dijo que la camiseta de fútbol es la forma más barata y más portátil de la nostalgia y yo estoy completamente de acuerdo.

El problema –porque hay uno y es más que considerable– es la camiseta que no he visto. Ni una de la selección catalana. Ni por las calles de Barcelona ni, algo evidentemente mucho más decisivo, en los campos de Canadá, Estados Unidos o México. Y no es que los catalanes seamos gente poco dada al fútbol –de hecho, en el mundial tenemos una veintena de representantes en seis selecciones distintas. Es que la camiseta catalana no existe en este torneo porque no puede existir. Pero no porque haya sido eliminada en las fases previas -como le ha ocurrido a Andorra-, sino porque ha sido prohibida. Por España.

Y esa ausencia, así, nos lleva al fondo real de la cuestión, que es que el Mundial de fútbol –como se puede comprobar perfectamente cada cuatro años– es la máquina de propaganda nacionalista más perfecta jamás construida. O una de las más perfectas. Y que conste que lo digo sin escandalizarme; simplemente constatándolo. Los estados modernos han descubierto que once hombres –u once mujeres, pero ahora mismo el impacto no es igual– corriendo tras un balón hacen más por la cohesión nacional que cien años de escuela obligatoria, el servicio militar, las constituciones y todos los discursos y campañas juntos. La camiseta se lleva puesta, suda contigo, celebra contigo, llora contigo. Es –permítanme la metáfora– la bandera hecha piel.

Los expertos de esta situación lo llaman ‘soft power’, que es una expresión que ha hecho fortuna porque es exacta: ‘poder blando’, ese poder que no se impone, sino que seduce. Catar gastó una fortuna en organizar un mundial para existir en el mapa mental del mundo, y ahí lo tiene. Marruecos alcanzó las semifinales de 2022, y en un mes ganó más simpatías internacionales que en cincuenta años de diplomacia. Esta vez Escocia –una nación sin Estado que sí puede jugar la copa del mundo– se ha ganado el corazón de los americanos con la ‘Tartan Army’. ¿Y quién sabía, hasta hace cuatro días, dónde paraba Cabo Verde o incluso si era un país? Hoy lo sabe medio mundo gracias a cuatro partidos de fútbol. Evidentemente, Francia y España exhiben cada cuatro años su selección como un escaparate: cada gol es una “lección de cosas” –como decían los pedagogos antiguos–, una lección administrada con la dulzura irresistible de la alegría compartida, una alegría que, sorprendentemente para mí, arrastra incluso a gente que se declara independentista.

Porque esta es la clave de todo: la pedagogía. El niño que crece en Elx, o en Manresa, en Cotlliure o Felanitx, viendo que todas las naciones del mundo tienen camiseta –Argentina, Colombia, Marruecos, Noruega, que no había pasado nunca de octavos y ahora está y entusiasma con la gestualidad vikinga– aprende, sin que nadie se lo tenga que decir, que una nación es eso que juega mundiales. Y que las demás, las que no jugamos, deben ser otra cosa: un folclore, una manía, un asunto privado. Al fin y al cabo, la FIFA –que presume de tener más miembros que las Naciones Unidas– es en realidad un club de estados con veintitrés excepciones pintorescas y siempre consentidas –Escocia, Curaçao, Gibraltar, las islas Feroe, Nueva Caledonia…– que confirman la regla, pero que siempre son excepciones concedidas, no conquistadas, no fruto de una lucha.

De este modo, lo que aparenta ser la fiesta más inocente del mundo –una pelota, un estadio, una cerveza, un grupo de amigos juntos gritando y saltando como locos– se convierte, en realidad, en un censo. Un censo de las naciones que existen oficialmente, repetido cada cuatro años con una audiencia increíble de miles de millones de personas clavadas a la televisión. Quien está ahí, existe; quien no está –nosotros– debe explicar cada vez –con la paciencia de un maestro de escuela– que también existimos, algo que, ya de entrada, es una forma de perder.

Miraremos, pues, lo que queda del Mundial como lo mira todo el mundo, y cada uno tendrá sus simpatías, que en estas cosas el corazón es libre –yo sólo espero que no ganen España ni Francia y me da igual quién les corte el camino. Pero quizás convendría que, entre gol y gol, dedicara un momento a pensar en la camiseta que no está, en el por qué no está y en lo que deberíamos hacer todos para poner fin, antes de la siguiente copa del mundo, a esta ausencia. No para amargarnos la fiesta, que la fiesta es buena y hay que disfrutarla. Simplemente para que no confundamos la fiesta con la inocencia, el fatalismo o la ignorancia.

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