Mi Batalla de Vitoria

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He presentado mi libro sobre la Batalla de Vitoria, hecho de armas acaecido el día 21 de junio de 1813. Como corresponde a los aniversarios redondos, la Diputación Foral de Álava y el Ayuntamiento de Vitoria-Gasteiz, ambos en manos del Partido Popular, han organizado diversos fastos para rememorar el enfrentamiento bélico. Así, se han sucedido hasta estos días conmemoraciones diversas, destinadas a recordar el acontecimiento, pero, a mi juicio, la ciudadanía  no ha llegado a saber muy bien qué es lo que realmente se está celebrando.

De acuerdo, hubo una importante batalla entre las fuerzas aliadas británico-portuguesas-españolas y las imperiales francesas, en las que también había combatientes españoles y de otras nacionalidades, que tuvo como escenario Vitoria y sus alrededores. La batalla tuvo una indudable repercusión internacional, ya que la derrota francesa confirmaba el declive del poderío militar napoleónico, que firmaría su acta de defunción dos años después, el 18 de junio de 1815, en Waterloo. Incluso Beethoven le dedicó una pequeña sinfonía titulada “La Victoria de Wellington en la Batalla de Vitoria”.

¿Qué celebramos entonces? Dicho de otra manera, ¿qué hubo en aquella batalla que hoy, transcurridos un par de siglos, nos pueda enorgullecer? Lo cierto es que, después de semejante revolcón histórico, hubo quienes en Vitoria pudieron decir que habían salido beneficiados con los acontecimientos. Concretamente los miembros de la oligarquía financiera y mercantil vitoriana, afrancesados primero, constitucionalistas después cuando convenía, contemporizadores a ratos con el absolutismo de Fernando VII, liberales luego y, por fin, conservadores dispuestos a apuntarse al negocio de las desamortizaciones.

Según dicen, también salieron beneficiados los aldeanos de los alrededores de Vitoria, quienes habrían participado en la rapiña del enorme convoy que acompañaba al ejército francés, aunque en mucha menor proporción, pan para hoy y hambre para mañana.

Lo demás, guerra, miseria y destrucción. Eso es lo que habría que recordar, pero eso no se cuenta, no atrae al turismo, así parece que aquello fue un desfile militar.

Los gobernantes vitorianos y alaveses que conmemoraron el primer centenario, fueron mucho más claros, eran otros tiempos. Plantaron en mitad de la plaza de la Virgen Blanca un antiestético monumento con una explicita leyenda, “A la Independencia de España”, y se quedaron tan anchos.

En mi trabajo he querido reflejar cómo se vivieron en Vitoria y Álava aquellos acontecimientos, previamente, durante la ocupación francesa, pero también qué consecuencias tuvieron para el futuro de los vitorianos y alaveses. No olvidemos que después de esta guerra vino la sublevación realista, 1821-1823, la primera Guerra Carlista, 1833-1840, la Segunda, 1872-1876, y la Guerra Civil Española, 1936-1939, sin olvidar la previa Guerra de la Convención entre 1793 y 1795. Añadiendo a todo ese sufrimiento las correspondientes posguerras y represiones.

La Guerra de la Independencia, que británicos y portugueses llaman, con mucha mayor propiedad, Guerra Peninsular, para algunos, los nacionalistas españoles, dio nacimiento a España como nación.

La cuestión fue que una vez Fernando VII deja a sus Reinos huérfanos de soberanía, por su mala cabeza, ésta es asumida por las Juntas Territoriales, primero, luego nominalmente por la Junta Central Suprema, que tiene la ocurrencia de elaborar una Constitución, más que nada para contrarrestar la que Napoleón le había hecho a medida a su hermano José, para que la llevase debajo del brazo cuando entrase a ocupar su trono en Madrid. De ahí viene lo de que la soberanía reside en las Cortes. ¡Viva la Pepa!

Y todo eso tocó en un cambio de época, del antiguo al nuevo régimen, en el que sin duda era necesario hacer muchos cambios, pero, como acostumbran los españoles, se hicieron mal y a contratiempo. Puede parecer justo que la burguesía, a fin de cuentas quienes pagaban los impuestos, pasase también a controlar los presupuestos, acabando con los privilegios de la nobleza y el clero, sin olvidar que quienes aportaban su fuerza de trabajo también tenían algo que decir. Pero todo ello se hizo a la española, el clero y los nobles se hicieron burgueses y asunto resuelto, que siga la juerga. Y el pueblo a trabajar que para eso se le paga. Más o menos lo de ahora.

Los vasconavarros, mayoritariamente, continuaban creyendo que la soberanía la seguía teniendo el pueblo, con sus limitaciones, y que la delegaba en el rey para que garantizase sus derechos, del gobierno ya se encargarían ellos. El rey o la reina que ellos eligieran, no el que decidían en Madrid. De aquellos polvos, también de otros anteriores, vienen estos lodos.

Al final,  lo que nos invitan a conmemorar es la independencia de España, la soberanía vasconavarra a buen recaudo en Madrid y los refociles de la marquesa de Montehermoso con José Bonaparte.

 

¿O no será todo más que fuegos artificiales?

 

http://www.noticiasdelavialactea.blogspot.com.es/2013/06/mi-batalla-de-vitoria.html