En nuestros años juveniles, recién abiertos a todo tipo de teoría liberadora, desde el liberalismo democrático al marxismo, intentábamos explicar a través de ellas el derecho a la libertad nacional de nuestra propia nación -Navarra, Euskalherria- Con mucha frecuencia tropezábamos con la pertinacia de ciertos radicales que descalificaban nuestros esfuerzos por responder a prejuicios pequeño-burgueses. El problema nacional se resolvía de manera automática mediante la revolución socialista. De nada servía nuestro razonamiento y la similitud existente con otras situaciones que aparecían en numerosos casos de liberación nacional, generalizados por toda la faz de la Tierra.
En definitiva el sistema de estados vigente era intocable -quiero decir el Estado español-. Aquellos revolucionarios formados entre panfletos emanados de comités y células de partidos múltiples, todos enfrentados entre sí, pero que bebían de la misma fuente del marxismo vulgar, elaborado por Stalin y su intelectual orgánico Djanov, no transigían, se ofuscaban hasta calificar de fascistas a quienes defendíamos la soberanía de Navarra. Para ellos únicamente tenía sentido trabajar por la revolución social… española. Resultaba tan evidente el impulso mendaz que les movía que llegaban hasta la irritación y el insulto, como un recurso para ocultar el nacionalismo vergonzante de sus planteamientos. Ellos que no toleraban el nacionalismo, sublimaban la realidad histórica, haciendo del Pueblo español un colectivo que venía luchando por la libertad de manera consciente desde la Edad Media hasta Franco.
Sobre el papel admitían la opresión de que eran objeto los pueblos vasco, catalán y otros, perseguidos en sus señas de identidad, lengua, derechos autonómicos, etc… Cuando se consiguiese la democracia -o mejor la revolución- toda esta problemática se solventaría. La cuestión era Franco.
La mayor parte del bagaje revolucionario de aquellos radicales quedó desparramada entre la adaptación a la comodidad de la sociedad de consumo y los pasillos de los partidos políticos de la nueva izquierda, más amiga de disfrutar de las ventajas de la democracia occidental, que ofrecía de manera inmediata el bienestar para los trabajadores. Muchos revolucionarios fueron más consecuentes, se percataron de la vacuidad de sus errores de Juventud -encontraron su camino de Damasco- y se pasaron directamente al anteriormente aborrecido Capitalismo. A decir verdad nunca han sido capaces de mostrar elementos de juicio nuevos que expliquen el cambio, por lo que podemos pensar que tuvieron una autentica iluminación.
Un aspecto que no modificaron nuestros revolucionarios fue la actitud frente al nacionalismo periférico. Han seguido condenándolo con contundencia. Es cierto que han modificado el discurso. Han introducido en el mismo referencias a la convivencia multisecular forjadora de España. Ahora Insisten en el vigor del Estado de las autonomías, superador de los conflictos de convivencia, generados por el franquismo y que permite, no obstante, el equilibrio de intereses entre nacionalidades y regiones autónomas; gracias a la irrenunciable solidaridad que imbuye la Constitución española.
Tras esta verborrea no puede ocultarse la falacia de una realidad que persigue mantener sometida a la Nación Navarra y otras a un proyecto nacionalista español. Aquellos pretenciosos revolucionarios tenían interiorizado el imaginario histórico, elaborado por la derecha española y aprendido por ellos en la escuela franquista. En un principio se declararon respetuosos con las señas de identidad de las naciones sometidas a España. Las lenguas autonómicas tenían sitio en España. Las aspiraciones al autogobierno constituían el eje vertebrador de la nueva convivencia. El conjunto de las aspiraciones de las sociedades quedaría satisfecho en el nuevo ordenamiento jurídico que se establecería con la democracia…
No deja de ser llamativa la similitud existente entre este discurso y el apaciguador formal de tensiones, aparecido en los últimos años del Franquismo, cuando la Dictadura consideró conveniente liberarse de la aspereza brutal que caracterizó durante décadas al lenguaje fascista con el que se había atacado a las naciones y culturas sometidas, como es el caso de Navarra. El sano regionalismo, el cultivo del folklore, la presencia de unas lenguas -también españolas- que enriquecían la cultura común… No fue necesario modificar la carga conceptual y el mismo lenguaje que utilizaron los franquistas fue adoptado, sin problemas, por los nuevos autonomistas. Las buenas palabras, no obstante, no subsanan las deficiencias de la realidad, una realidad que convertía a Navarra y otras naciones en comparsa de España.
Unas limitadas transferencias administrativas y la proclamación como oficiales de las lenguas autóctonas, sin virtualidad práctica, ante la prepotencia del Castellano -el español- han dejado en evidencia la identidad del nacionalismo franquista con el defendido por las élites político-culturales del actual Estado de las autonomías. Las reclamaciones por parte de las naciones sometidas en materia económica, o la política cultural mediante la que éstas intentan subsanar los perjuicios y desafueros históricos de que han sido objeto las lenguas nacionales propias, son contempladas como una amenaza contra la misma existencia de España.
Todos afirman asumir los derechos humanos, como si los mismos no tuviesen una definición clara y reconocida a nivel universal, que establece la libre decisión de los individuos y de las colectividades que éstos constituyen y la igualdad de los seres humanos y, en consecuencia, los valores culturales e identitarios de las colectividades. Los españoles están dispuestos a exigir a otros Estados coherencia con tales principios, pero ellos tergiversan y retuercen los argumentos de manera especiosa, cuando les toca a ellos aplicarlos. Se amenaza con la supresión de las autonomías, se proclama que no existe otro sujeto de autodeterminación que el mismo Pueblo español y se desgañitan y rompen las vestiduras ante el peligro de desaparición que -dicen- corre el castellano en los territorios en los que tiene mejores resultados la recuperación del idioma autóctono.
El problema no reside en las dificultades reales del Euskera para ser hablado y utilizado en Navarra, dificultades derivadas de una persecución histórica que no ha cesado. Al parecer tampoco importan los obstáculos impuestos a diario por unas fuerzas políticas españolas que tienen hinchada la víscera hepática por el odio a la lengua de Navarra. De acuerdo con los intelectuales que manifiestan su preocupación por el futuro del Castellano la gravedad del problema lingüístico en el Estado español reside en las dificultades que tienen los españoles para rellenar impresos en Catalán. Lo afirman quienes no ven excesivo que la toponimia euskalduna primigenia adorne la rotulación de las carreteras de la Comunidad foral de Navarra. Claro que nuestros filósofos tienen resuelta la aparente contradicción. Las lenguas no son sujeto de derecho. El derecho es de los individuos. Ignoramos si estos intelectuales condescienden con quienes tienen la costumbre de hablar a solas, aunque nosotros siempre pensamos que el lenguaje consistía sobre todo en un instrumento de relación social ¡Finalmente van a conseguir que Diógenes se les aparezca!
Resulta sangrante la reclamación de quienes asumen los planteamientos recogidos en el manifiesto en defensa de la lengua castellana, porque ignoran con altivez la realidad de la persecución del Euskera, Catalán, etc… Han pretendido ocultar durante muchos años con palabras de apariencia condescendiente su verdadero carácter chauvinista español. En otro tiempo intentaron hacer recaer sobre Franco y la Dictadura la responsabilidad del Imperialismo español. Hoy es posible afirmar que Franco -al igual que el Cid- ha ganado batallas después de muerto, la batalla del nacionalismo español, que él mismo encarnó. Su bandera es enarbolada en la actualidad por esas clases y grupos de intelectuales españoles, que en otra época manifestaron su rechazo y horror ante el franquismo, aunque hoy asumen un discurso que hará temblar de emoción a la momia de Cuelgamuros.









