Memoria centenaria del bombardeo

Una vizcaina cumple cien años y relata a DEIA el sufrimiento que padeció en 1937 en Durango

El 31 de marzo se cumplirán 75 años del ataque aéreo efectuado por aviones italianos en la villa

SI el bilbaino nace donde quiere, en Durango conservan el Arca de Noé. ¡Ahí queda eso! En el curioso inmueble Arca de Noé de la villa nació hace cien años Teresa Carreto Cuevas. La bisabuela cumplió su centenario el pasado sábado. A falta de escribir sus memorias, se consuela con mantener intacta otra memoria, la histórica, la vital, la que le hace sentirse bien, como las madejas que pone en elíptico movimiento, útil. Sin embargo, advierte: «¡Yo dejé olvidado lo de la guerra! Lo quise olvidar», matiza sin conceder tregua a la atención continua.

Nuestra Tere sufrió el bombardeo fascista de Durango, del que el próximo 31 de marzo se cumplirán 75 años. De ese día cita lo básico: «Cogí a mi hijo Julito de pocos meses en brazos -recuerda al cuadro de Picasso- y me fui a un refugio. Lo primero fue hasta la sacristía de Santa María», resume, y calla. Prefiere escuchar, sin perder comba, la narración de su hermano José Mari, retaco de nueve primaveras entonces y 85 juventudes hoy.

Uno llega al Arca de Noé y entra en una máquina que te transporta al pasado. Ninguna casa se parece por dentro a esta. Es única. Interesante. Misteriosa. Como el pasado del que hablábamos y que rearticulan José Mari y su hermana Tere, y en el que vivió otro hermano más, Faustino, el mayor. Gudari del Kirikiño y subdirector de la banda de este batallón del PNV. Con ellos, Elena y Jacoba fueron los cinco retoños paridos en el matrimonio formado por Pablo Carreto, maquinista ferroviario, y Sinforosa Cuevas, al cargo del hogar y calor familiar.

Tere prefiere mirar de frente a quien evoca o pregunta, pero de lado al pasado. Eso sí, al recordar con dolor o sin sufrimiento, lo dulcifica -como la tarta que degusta- con una sonrisa o una carcajada. Al horror del bombardeo hay que sumar que su marido fue hecho preso por pertenecer al Partido Comunista. Pasó de ser el oficial de la línea Bilbao-San Sebastián y de estar destinado en Deba a pisar Larrinaga por rojo, acusado de haber destrozado la estación de tren de Durango cuando el causante fue el bombardeo de la tarde.

«Estuvo cuatro años en la cárcel», apostilla. La familia con un gudari y un comunista en su seno salió pitando a Bilbao y más tarde a Cóbreces, el pueblo de los Cuevas, en Cantabria. En un chalé propiedad de la familia, los a la larga franquistas llegaron a instalar la intendencia y con ellos tuvieron que convivir. A su regreso a Durango, les habían saqueado lo que quedaba de casa en el Arca de Noé. De las 20 viviendas, la mitad había ido abajo por las bombas. «Una no explotó y estuvo un tiempo en medio del patio interior», dice José Mari, quien mejor recuerda aquel 31 de marzo de 1937 en el que murieron al menos 336 personas asesinadas por los golpistas.

Aviso Lo curioso de aquel día, según el relato de José Mari, es que el marido de Tere, Julio Huerta, recibió el 30 de marzo en la estación del tren «un chivatazo» de que al día siguiente, si aparecía el avión que llamaban El abuelo, el alcahuete, debían salir corriendo a un refugio. Y así fue. Quizás se salvaron por ello. Ahora bien, José Mari dejó impertérritos a los suyos porque desapareció con solo 9 años. «¡Anduvimos todo el día preocupados!», subraya la centenaria. Julio ayudó a una mujer de la cooperativa que se erigía donde hoy está el bar Txoko: «La ropa le cogió fuego. Se la quitó y con un miliciano la llevaron al hospital».

El niño vio la tragedia. «El ruido de las bombas era metálico, más que sordo, y había polvo por todos lados». Huyó hacia Arripausueta. Estuvo en dos zanjas y llegó a un caserío del monte en Iurreta. Al mismo tiempo, el gudari Faustino llegaba a Durango. Sufrió ametrallamientos desde aviones por Montorreta. Todos volvieron a ser uno por la noche en un caserío de Iturriotz, en Iurreta, hace 75 años.

Deia