Walter Benjamin, poco antes de morir en Portbou, dejó escrita en las ‘Tesis sobre la filosofía de la historia’ una observación que parece pensada para días como hoy. Decía que los calendarios no cuentan el tiempo como los relojes, que son «monumentos de una conciencia histórica». Y para demostrarlo recordaba un curioso episodio de la revolución de julio de 1830: la primera noche de lucha, en varios puntos de París –sin ningún tipo de coordinación entre ellos y de forma espontánea–, los insurrectos dispararon contra los relojes de las torres. ¿La intención? Querían detener el tiempo del poder y empezar a contar uno nuevo.
Hace nueve años, el Primero de Octubre, Cataluña hizo algo parecido. Más de dos millones de personas decidimos que ese día el tiempo no lo marcaba el Estado, sino nosotros mismos, depositando un voto dentro de una urna que la policía quería arrebatar. Nueve años después, la fecha se ha conmemorado con concentraciones modestas, mientras el parlamento se dedica a hacer reprobaciones y los partidos que hicieron posible aquel día no son capaces de reconocerse entre ellos. Ante este panorama, hay quien deducirá que el Primero de Octubre ya es historia, en el sentido más muerto de la palabra. Pero la historia, precisamente, demuestra que pensar esto es un error de cálculo.
Las fechas que han tenido este tipo de peso referencial en una nación nunca mueren. Duermen –y a veces duermen mucho tiempo. El 17 de noviembre de 1939 los nazis cerraron las universidades checas y fusilaron a nueve estudiantes. Cincuenta años más tarde, el 17 de noviembre de 1989, el régimen comunista autorizó –convencido de que era una ceremonia inofensiva– una marcha para conmemorar ese aniversario. La policía la reprimió con violencia y al cabo de seis semanas Václav Havel era presidente y el régimen caía. La conmemoración de una fecha se había convertido en la revolución. No es de extrañar que fuera precisamente un checo, Milan Kundera, quien escribiera que la lucha del hombre contra el poder es la lucha de la memoria contra el olvido.
Pero el Primero de Octubre tiene, además, una particularidad que le hace aún más peligroso para quien quisiera olvidarlo. Muchas fechas nacionales conmemoran caídas, y ésta no. Ésta recuerda y recordará por más años que pasan un acto de soberanía ejercido con éxito contra la voluntad de un Estado violento. Votamos. Y todo lo que vino después, el miedo, la cárcel, las vacilaciones y las renuncias, no cambia lo que ocurrió aquel domingo. Lo sabemos nosotros y lo saben ellos. Lo sabe Madrid, que ha dedicado nueve años a convertir esa fecha en un delito, después en un error y finalmente –ahora incluso el PP parece querer verlo así– en un malentendido. Francamente, nadie se esfuerza tanto en borrar una fecha muerta.
Hay una lección, sin embargo, que la historia enseña y que nosotros debemos tener muy presente: las fechas no resurgen solas. El 17 de noviembre de 1989 no triunfó por ser el quincuagésimo aniversario, sino porque coincidió con un régimen exhausto y con una generación que ya no tenía miedo. La fecha –lo fue el 17 de noviembre y puede serlo el Primero de Octubre– es la mecha, no la pólvora. Por eso las concentraciones de cada año, los actos, no son el resurgimiento, pero son la espera, la manera de mantener seca la cerilla.
El próximo año se cumplirán diez. Las cifras redondas tienen una fuerza extraña: en Praga, la mecha se encendió un quincuagésimo cumpleaños. Aquí la ANC anuncia que trabajará todo este año para realizar un nuevo embate dentro de 356 días. Nadie puede saber en qué coyuntura llegaremos a esa conmemoración redonda, ni si los partidos que hoy simulan que la fecha no les pertenece tendrán suficiente memoria para estar a la altura. Pero, sea como sea, hoy comienza una cuenta atrás que –otra vez– depende de nosotros. Y es la historia, la experiencia de estos últimos dos siglos, la que nos indica que, tarde o temprano, alguien volverá a disparar contra los relojes, para detener el tiempo del poder y empezar a contar uno nuevo.
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