Una de las características de nuestras sociedades, complejas, es su carácter fragmentario, desmenuzado, diverso. Lleno de matices y de rincones. Para contarnos de verdad, para organizarnos política o culturalmente, no funcionan las grandes dicotomías simples: la derecha y la izquierda, los de aquí o los de allá, los de arriba y los de abajo. Hay un abanico de situaciones y de posicionamientos intermedios que estas partidas en blanco y negro, sin grises, no explican ni organizan. Tomemos el eje que tomemos, los intereses, la identidad, la clase social, tenemos toda una gama de matices. Y si, además, los mezclamos, nos damos cuenta de que nuestras sociedades son un mosaico complicadísimo, hecho de piezas relativamente pequeñas y de colores muy variados, pero que tienden a juntarse y combinarse de alguna manera. Las cosas se pueden explicar en blanco y negro sólo desde la distancia, simplificando y excluyendo. Funciona para explicar otras épocas u otros lugares, sin tanta riqueza de capas medias. Pero no nos explican el ahora y el aquí.
Esta constatación de fragmentación, de diversidad, de riqueza de matices, figura en el fondo del concepto popularizado por Gramsci de bloque histórico. Un concepto emparentado, en el pensamiento gramsciano, con el de sociedad civil y con el de hegemonía. Gramsci vivía en una sociedad compleja. Pero la misma constatación, fragmentación, diversidad, matices, la formuló Jordi Pujol con una metáfora muy sugestiva: la del eje. Cuando fundó su partido, Convergencia Democrática, Pujol dijo, más o menos, que ponía un eje. La sociedad está formada por gente con intereses, pasiones e ideas muy diversas. Pero no cada uno va por libre: tiende a juntarse en torno a un eje, de un factor cristalizador, de una idea o un proyecto que permite estar juntos, sin dejar de ser lo que son, a una parte importante de esta gente. La hegemonía sería, pues, clavar el eje en el lugar adecuado para que se junte más gente, porque vertebra más diversidades, para generar un bloque histórico más amplio (y tal vez más contradictorio) pero efectivo en la medida en que comparte alguna cosa esencial, un proyecto, un camino o un tramo del camino. Una misma sociedad puede organizarse política o culturalmente de maneras absolutamente diferentes según donde se hayan puesto los ejes y según su capacidad de oportunidad y de atracción.
El catalanismo ha sido durante muchos años el eje de la sociedad catalana. Para decirlo con más precisión, un catalanismo que tenía a la vez un proyecto de construcción nacional de Cataluña y un proyecto regeneracionista para España. No hablo sólo del pujolismo, esto ya viene de antes. En el País Valenciano ha habido ejes sucesivos y el último que funcionó fue el de un conservadurismo desacomplejado y mercantil, que ofrecía ‘nuevas glorias a España’ mientras ofrecía a los valencianos riqueza rápida. En Baleares, otro tipo de conservadurismo, provincial y propio a la vez, receloso y con una idea muy inmediata del progreso. Es una manera de definirlo en los tres casos. Acepto otras definiciones, porque lo que me importa no es caracterizarlos sino constatar que estos ejes han dejado de funcionar. Porque estaban carcomidos, porque se los ha llevado el viento de la historia, porque han envejecido, porque han fracasado, porque los han hecho fracasar, porque esperaban cosas que no han pasado, por la crisis, por lo que sea, estos ejes ya no marchan. Se han roto los viejos bloques históricos. En Cataluña, el independentismo ha apostado por ser un nuevo eje social, cultural y político, en el lugar del viejo catalanismo, pero eso construye un bloque histórico diferente y no está claro. Alguien preferiría crear el eje de las izquierdas anticapitalistas, más que el del independentismo. En el País Valenciano y en Baleares ha habido cambios electorales profundos, pero todavía no sabemos en torno a qué se vertebrarán ni cuál sería el bloque histórico nuevo que conquistaría la hegemonía. Puede ser un bloque dictado desde Madrid, un bloque histórico específico, una mezcla, una novedad. Esto hace apasionante los tiempos actuales. El pasado ya no está, pero el futuro todavía no ha llegado. Estamos en el puro presente.
EL TEMPS








