Los monstruos están a punto de morir

«Cuando crees que ya se acaba,

vuelve a comenzar,

y vuelve el tiempo de los monstruos

que no están muertos -y el silencio anida en la vida,

anida en las cosas-.

Cuando crees que ya se acaba,

vuelve a comenzar».

 

Raimon (1969)

 

Sí: han vuelto los tiempos de abrir el cajón donde habíamos guardado las viejas canciones y las viejas imágenes que nos ayudaron a resistir la larga noche del franquismo, aquella «vieja y odiada noche». Unos recuerdos, sin embargo, que también nos dicen que si sobrevivimos a aquella noche todavía ganaremos más a la oscuridad actual. Los monstruos que no morían hace cincuenta años eran aún más crueles que los de ahora, y somos muchísimos más de los que entonces osaban cantar ‘Diguem no’.

Y es que siempre que se extiende nuestro desánimo reaparece su peor y más desbocado nacionalismo, las amenazas -‘tan ufanes i tan superbes’ (*)- que nos vuelven a despertar de la melancolía de la derrota. Sólo hay que hacer un poco de memoria. Nos encontramos en 2006. El 1 de noviembre, después de que Pasqual Maragall expulsara a ERC del Gobierno, se celebraron elecciones al Parlamento. La escasísima participación del 56,8 por ciento señalaba el estado de desánimo colectivo provocado por el fracaso de la reforma del Estatuto (por cierto, aprobado con una participación aún más escuálida del 48,85 por ciento). Los partidos catalanistas, con su habitual comportamiento fratricida -por si alguien no lo recuerda-, habían llegado profundamente divididos al final de la reforma entre 2004 y 2006, y, por tanto, sin fuerza negociadora en Madrid. En ‘El camino de la independencia’ (2010) lo describí así: «Tres años de mala baba y de una política de vuelo bajo y más bien carroñero». Y hasta el independentismo de ERC perdía 11 de los 21 diputados. El Estado español, consciente de la derrota, pensó que era la hora de librar la batalla «definitiva» para acabar de hundirnos y humillarnos.

Pero en su ira desatada, cometió un error. El viernes 7 de diciembre de 2006 el Consejo de Ministros -todavía presidido por el papanatas de José L. Rodríguez Zapatero- aprobaba un Real Decreto de enseñanzas mínimas que, en la práctica, representaba la imposición de una hora más de castellano en detrimento del catalán en todos los niveles de la educación primaria. Fue la gota que colmó el vaso. Se desenmascaró definitivamente que el nuevo Estatuto no había servido de nada. Joan Solà publicó el artículo «Plantem cara» en el Avui el 28 de ese mes: «Es necesario que digamos a la cara de quien corresponda que no podemos tolerar ni un minuto más el sarcasmo, la mentira, la humillación, el debilitamiento de nuestro pueblo. No podemos esperar más. Plantemos cara.». Y todo se desencadenó. En 2006, el barómetro del CEO, quienes se decantaban por el modelo de Estado independiente eran un 14 por ciento. En el último del mes de octubre del 2017 eran más del 40 por ciento, y si el dilema era ‘sí’ o ‘no’, un 48,7 por ciento decían que querían la independencia.

Ahora el gobierno del PP insiste. Las circunstancias son muy diferentes, sobre todo porque de la mayoría parlamentaria de 2006 que tenía puesta la esperanza en el nuevo Estatuto ya no queda nada. La autonomía ha muerto, y ni unos ni otros la quieren resucitar. Borrados los grises, terminadas las ambigüedades, el debate es blanco o negro, a vida o muerte. Y puestos en este dilema, no hay duda ni de dónde se situará la gran mayoría ni de la capacidad de reacción. Si vuelven a pensar que, aprovechando el momento de debilidad, nos dividirán debido a la lengua y que así acabarán con la voluntad de emancipación de los catalanes, se vuelven a equivocar.

Quizá es cruel admitirlo, pero si ya es difícil soportar la aplicación del 155, los encarcelamientos preventivos, los exilios y las imputaciones arbitrarias, todavía es más intolerable que se atente contra la inmersión lingüística escolar, cuyo objetivo es preservar y construir el principal espacio de convivencia. Su estupidez encontrará una respuesta que ni se la imaginan. El Estado español, con el gobierno del PP y todos sus cómplices por delante, está a punto de cometer su último y definitivo error. Los monstruos, ahora sí, están a punto de morir.

(*) De la letra de ‘Els Segadors’.

ARA