Hay un independentismo extendido y extraño que condiciona. Condiciona la misma independencia al modelo social que se podría derivar de ella. Es decir, si el nuevo Estado catalán es un Estado donde hay más prestaciones sociales, el esfuerzo habrá valido la pena. Si no, mejor no hacerlo. Si el nuevo Estado es de «izquierdas», bienvenido. Si no, que se quede en el cesto. Este independentismo condicional, de nueva planta, explica las convulsiones constituyentes que vivimos. Hay que definir con pelos y señales una constitución del Estado catalán independiente para que mucha gente abrace la causa. Eso dicen y piden. Pero esto no ocurre en ningún otro lugar del mundo. No hay en ninguna parte nación alguna que quiera convertirse en Estado y que condicione la pretensión a las características del nuevo artefacto institucional. Ni pasa tampoco en los estados constituidos. Se atribuye a Antonio Cánovas del Castillo la sentencia «es español el que no puede ser otra cosa». Y a pesar de ello, los españoles, los que así se sienten, no renuncian a serlo ni piden la agregación a Francia según el color político de quien gobierna o el modelo constitucional vigente.
Por eso sorprenden tanto declaraciones como la que ayer se hacía Ada Colau: «Dentro ‘Barcelona en Común’ hay independentistas, federalistas, otros que no consideran prioritario este debate y otros, como yo, que no soy independentista, pero que podemos apoyar o no al proceso soberanista en función de quien lo lidere». Si Colau aplicara la misma fórmula a España, hace cinco siglos que habría dejado de ser española.
EL PUNT – AVUI









