No sé dónde he leído, no hace mucho, que cuando el entonces príncipe de España, Juan Carlos, pidió a un catalán destacado que le aconsejara qué hacer, en relación a Cataluña, este le dijo: «Si alguna vez tiene un hijo, no le ponga Felipe de nombre». No le hizo el menor caso, claro, tal y como ha ido la experiencia reproductora de la monarquía española, al menos en cuestión de nombres. Entonces todavía no había salió el Diccionario etimológico y complementario de la lengua catalana, de Joan Coromines. Bien mirado, aunque hubiera salido, tampoco se lo habría leído… Caso de haberlo hecho, habría encontrado qué pensaba el gran filólogo del «aborrecible nombre de persona Felipe: especialmente recordado en todas las tierras y países catalanes, en los siglos XVIII y XIX, como el mayor enemigo de la patria. Es sabido que (…) estaba muy vivo el dar a la letrina el nombre de ‘Can’ (casa de) Felip». Me ha venido a la cabeza, todo ello, a raíz del discurso navideño del nuevo rey, un discurso en el que la única lengua utilizada para dirigirse a todos los ciudadanos del Estado español fue el castellano, a pesar de que haya, en estos territorios, hasta cinco lenguas oficiales desde el punto de vista de la legalidad española. El nuevo rey habla -o lee- un catalán bastante correcto, como hemos podido comprobar en diferentes ocasiones, en viajes a Cataluña. No tengo presente, sin embargo, si hace lo mismo cuando va a Baleares o al País Valenciano. Si es capaz de hablar catalán aquí, significa que no hay ningún impedimento técnico, fonético, lingüístico, que le impida hacerlo también allí. El problema, pues, no es filológico sino político. El castellano es bueno porque lo escuchan en un discurso a los ciudadanos de todo el Estado, sea o no ésta su lengua, pero el catalán no, ni el vasco, ni el gallego, ni el occitano, por no mencionar el asturiano o el aragonés que no son oficiales. El rey, por tanto, ha tomado una opción política clara y en vez de optar por contribuir a visualizar la diversidad lingüística como una riqueza y darle rango de Estado, ha optado por lo de siempre: un Estado, una sola lengua. Ha desaprovechado una oportunidad magnífica para demostrar que, con él, las cosas irían de manera diferente y que se iniciaba una etapa nueva. Pero no. La casta es la casta y no tiene espacio reservado para más de una lengua.
Unas semanas antes, Mariano Rajoy se había desplazado a Barcelona a predicar a los suyos, en una visita relámpago, sin ningún contacto ni relación, ni siquiera de carácter protocolario, con las autoridades del país. Está de más decir, en este caso, qué único idioma empleó el monolingüe presidente del gobierno español. Pues exactamente lo mismo que lo usó, en la misma ciudad, Pablo Iglesias, en un mitin multitudinario que recordaba la película Bienvenido Mister Marshall. No estaba en el acto en cuestión y, en consecuencia, tomo como referencia el hecho de que ningún medio de información destacara que, en algún momento, hubiera tenido la cortesía y la sensibilidad de dirigirse a los asistentes en la lengua propia del lugar que visitaba y donde era tan afablemente acogido. Esta es una práctica que, habitualmente, hacen todos los políticos cuando van a otro lugar. Lo hacen los de fuera del Estado cuando vienen aquí a apoyar en campañas y lo hacen los catalanes de todos los partidos de tradición democrática cuando, en Galicia o el País Vasco, pronuncian unas palabras de saludo en su idioma. Los usos lingüísticos por parte de personajes públicos y en actos públicos, más aún si estos ocupan lugares destacados de responsabilidad o bien tienen la aspiración de ocuparlos, nunca son detalles menores. En realidad, son la expresión de cómo cada uno valora, positivamente o no, el plurilingüismo y ve las diferentes lenguas como un patrimonio que enriquece o bien, en realidad, como un obstáculo o un estorbo que irrita. En este terreno, pues, en cuanto a la lengua catalana, tienen la misma actitud la casa real española, la derecha española de siempre y la izquierda española regeneradora, alternativa y antisistema. Para decirlo en expresión para ellos familiar y fácilmente comprensible, «Tanto monta, monta tanto». La casta es la casta y siempre se comporta exactamente igual en todas partes.
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