Las únicas víctimas

«Las víctimas son las de ETA, no hay otras», ha dicho el consejero de Educación José Iribas (debería haber recordado, pero seguramente se le olvidó, a las víctimas de la violencia pastelera y del durísimo merengue francés). Yolanda Barcina ya advirtió hace tiempo que debemos relatar una historia de vencedores y vencidos. Iribas no ha hecho sino comenzar el relato por el final, con una historia de víctimas y verdugos.

 

Ha habido y hay otras víctimas, como se recordó inmediatamente desde este mismo periódico, y como sabe cualquiera que tenga un poco de memoria histórica (¿quizá una cualidad exigible en un consejero de Educación?). Así que no es eso lo que nos interesa ahora en estas líneas, sino más bien la intencionalidad de esa insistencia en que las únicas víctimas son las de ETA.

 

Uno de los efectos de ETA (además del más trágico de la violencia) ha sido el permitir petrificar el discurso político en torno a categorías binarias como violento / demócrata. La definición de «demócrata», en general en todo el Estado y muy particularmente en Navarra, se ha construido sobre su actitud contraria a los «violentos». A partir de ahí, todo lo que haga el supuesto «demócrata» es democracia. En este sentido, no son los actos los que dan la etiqueta de demócrata a alguien, sino que es la etiqueta, que se toma a priori, la que convierte en «democrático» cualquier acto que realice el autodenominado demócrata (ya sea discriminar a la población vascoparlante, saltarse la legislación, justificar la tortura o negar la memoria de las víctimas de la violencia de Estado). E, igualmente, todo lo que haga el supuesto «violento» queda etiquetado como antidemocrático y sospechoso (aunque sea condenar la violencia, como viene haciendo últimamente la izquierda abertzale, o aunque sea algo como solicitar el derecho a decidir). Es decir, con la excusa de la violencia de ETA, no se juzga qué se hace para decidir si quien lo hace es demócrata o no, sino quién lo hace y cuál es su supuesta relación con la violencia.

Obviamente, una vez que ETA asume el fin de la lucha armada y entra en un proceso que parece irreversible, ese discurso que sirve para presentar a los partidos españolistas como los únicos que pueden detentar legítimamente el poder en Navarra queda gravemente deteriorado. Es el momento de las víctimas y su memoria, que pasan a ocupar en el nuevo discurso político el lugar que antes ocupaba la violencia. El espectro político queda así divido (o así quieren que quede dividido Iribas y compañía) entre aquellos que han sido víctimas (o que honran la memoria de las verdaderas víctimas) y aquellos que han sido verdugos (o que pretenden hacer pasar a los verdugos por víctimas). Es decir, se trata de prolongar la división maniquea que, en el discurso político, hacía posible la actividad armada de ETA.

 

Se trata, en definitiva, de promover un discurso de buenos y malos, y de manipular la memoria de algunas víctimas (que, obviamente, merecen reparación) para intentar monopolizar la legitimidad política y tratar de excluir al adversario del debate político. Para ello, claro está, resulta necesario distorsionar la historia, y reducirla a un enfrentamiento de víctimas y verdugos, buenos y malos, demócratas y violentos. No digo que José Iribas esté mintiendo: seguramente se limita a repetir el discurso en el que se siente más cómodo. Al fin y al cabo, ¿no es propio del ultracatolicismo el tener una visión de la historia como un enfrentamiento entre el bien y el mal, el cielo y el infierno? En cualquier caso, sí que hay que subrayar que tal insistencia en las víctimas no es el resultado de una inefable bondad de corazón, sino el intento de obtener legitimidad política explotando el sufrimiento de los demás.

 

Parece que, con el fin de ETA, hay un relato que narrar, y unas víctimas (que no son solo las de ETA) a las que honrar, recordar y, en la medida de lo posible, reparar. Hay quien está en ello, con la intención de lograr una historia que dé a cada uno lo suyo y que sepa reconocer el dolor de todos. Hay también, sin embargo, quien está empeñado en deslegitimar al adversario para aplastar cualquier oposición a su proyecto político mediante cualquier medio (a excepción, claro está, de la discusión democrática). Y, para ello, no tiene ningún problema en instrumentalizar para su provecho el dolor causado por tantos años de terrorismo. Recuérdese, si no, la foto de Yolanda Barcina en Aizarotz, durante la campaña electoral.

 

José Iribas se encuentra entre esas personas, como lo demuestran sus últimas declaraciones. Por cierto, el defensor de ese maniqueismo sin matices es también, por si se le había olvidado a alguien, el responsable último de la educación de nuestros hijos.

 

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