Con una sonrisa modesta y prudente, pero convencida y confiada, adoptamos el nuevo compás. Y el nuevo calendario post 9-N: primero, municipales de mayo; después elecciones al Parlamento en septiembre. No; no hay una parada del proceso ni del movimiento soberanista. No hay retroceso ni desinfle. Sólo cambio de ritmo. Apenas una pausa para respirar; para tomar aliento. Para poner en evidencia la fragilidad de la política cuando no existe el impulso y la energía de la gente. Para engrasar las organizaciones y actualizar los argumentos. Para hacer el trabajo discreto de cada día sin pirotecnia. Para hacer normal la hegemonía alcanzada y no tener que decir en cada momento que lo que se acaba de hacer ha sido histórico. Para acumular fuerzas y dejar que la política institucional haga su tarea. Para ir forjando la mayoría política y el mandato democrático de septiembre.
Durante la década final del siglo pasado, en Cataluña, a pesar de la sacudida olímpica, se hizo perceptible la progresión del llamado independentismo tranquilo. La expresión había sido acuñada antes, pero describía bien la lenta emergencia del soberanismo y su progresivo reconocimiento. Una mancha de aceite que se esparcía con parsimonia, pero persistía. Se habían deshecho las últimas dudas atávicos sobre el carácter democrático y pacífico de la apuesta independentista. Su vocación -entonces parecía quimérica- era hacerse mayoritaria. Algunos jóvenes procedentes de las filas del Movimiento de Defensa de la Tierra (MDT) o de la ‘Crida a la Solidaritat’ (‘Llamada a la Solidaridad’) habían crecido y transferían retazos de sus concepciones y convicciones a diversos campos profesionales o al mundo asociativo e institucional. El independentismo iba ganando presencia social. De hecho, la brutal represión que sufrieron muchos independentistas a raíz de los Juegos de 1992 no hizo sino demostrar que el independentismo ya era un factor fundamental de la política catalana. Minoritario pero activo y paciente. Constante. Una propuesta política global. Pensar actuando; actuar pensando.
En el cambio de siglo, el independentismo era sustancialmente de izquierdas. ERC era su expresión política troncal. Había hecho bandera principal de la independencia, con Àngel Colom; y la hacía indisociable de la transformación social del país con Josep Lluís Carod-Rovira. Ya no era sólo tribal ni sectorial. Y había también en el independentismo, siempre, grupos activos y comprometidos en militancias de proximidad, muy críticos con la política institucional y sus servidumbres. En la tradición inicial de las CUP y en su relanzamiento posterior del 1999. Y había, también, núcleos independentistas en ICV, en la JNC; y personas y colectivos muy diversos. El independentismo ya era poliédrico, impregnaba espacios cada vez más diversos, se hacía más osmótico y permeable.
En 2003, propiciando el relevo en la Generalitat y la conformación de un gobierno de coalición de izquierdas, ERC confronta el independentismo de los discursos, la hipertrofia simbólica y los deseos vagos en la prosaica y contradictoria miseria de la gestión política. La experiencia de las dos coaliciones de izquierdas tendrá costes electorales y políticos muy considerables. El no al referéndum del Estatuto (2006) no acabará de ser realmente entendido hasta después de la sentencia del Tribunal Constitucional de 2010. ERC deberá asumir una renovación interna profunda. Pero, mientras tanto, se habrán creado las condiciones para una ampliación extraordinaria, imprescindible, de las bases sociales del independentismo. A pesar de la intensidad de las migraciones de la globalización, la compleja nación catalana de 2010 está más cohesionada que la de 10 años antes. Y no sólo por la reivindicación o la denuncia, sino también por la formulación de propuestas y la asunción del protagonismo principal en la emancipación del país. Lo bastante cohesionada y movilizada como para empujar el presidente Mas a liderar el giro político del grueso de CDC y buena parte de Unión (2012) hacia el soberanismo.
Todas estos pasos y muchos más han sido necesarios para llegar a donde estamos. El soberanismo es efectivamente hegemónico dentro del catalanismo. Y está a punto de ratificarlo electoralmente. Quizás el trayecto se habría podido hacer de manera diferente, mejor, o más deprisa. Pero estamos aquí. Unos han condicionado la agenda política; otros han mantenido la antorcha soberanista alternativa en espacios particularmente críticos; otros han arrastrado a sus compañeros de formación, o han defendido contracorriente que la mejor oportunidad de transformación del país era dotarlo de un Estado propio; otros se han abocado a la tarea de divulgación y vertebración del movimiento ciudadano. Venimos de la irrelevancia y de un gran esfuerzo para superarla. Por ello la oportunidad del 27-S no puede ser y no será desaprovechada.
ARA









