Las mayorías obstruidas

Es una obviedad que no admite discusión que si se quieren conseguir cambios políticos por una vía democrática se necesitan mayorías tan amplias como sea posible. Por lo tanto, la obsesiva insistencia, más allá de lo que sería de esperar, que hay que ampliar la base republicana empieza a ser sospechosa de algún problema más de fondo y que no debe ser fácil de confesar abiertamente. Porque la cuestión no es no tener (tal vez) una mayoría suficiente. Es mucho más grave: es no poderla tener en las condiciones actuales.

Efectivamente, la verdadera cuestión es que las mayorías y las minorías democráticas se deben poder construir en libertad, dentro de un marco político que garantice el juego limpio de la confrontación de ideas, de proyectos y de confianzas en quien las propone. Y, claro, que haga posible la adhesión también libre a los diversos proyectos en competencia. Pero es aquí que tenemos el peor obstáculo de todos: la gran mayoría republicana necesaria, digámoslo claro, es imposible de lograr en las actuales condiciones de juego que establece el Estado español.

Pongámoslo en positivo. Imagínese que, primero, los catalanes supiéramos que la independencia de Cataluña es un objetivo alcanzable sin impedimentos legalistas y que se puede decidir democráticamente y en libertad. Imagínese, después, que el debate de ideas a favor y en contra estuviera avalado con buenos argumentos a ambos lados, y no con las amenazas de graves represalias, que a estas alturas ya sabemos que no eran un farol. Y supongamos que esta libre decisión, a favor o en contra, se produjera sabiendo que las relaciones con la nueva España que resultaría serían tan amistosas como las que suelen tener el resto de estados entre ellos, especialmente los que son vecinos. Es sólo en este caso cuando la conformación de las mayorías y las minorías sería plenamente democrática, y no por el hecho de que finalmente se expresaran a través de las urnas.

Dicho aún de otro modo. Nuestro problema para tener una mayoría suficiente no es tanto el de tener buenos o malos argumentos, ni el de ir a convencer indecisos o contrarios, sino las malas reglas del juego o, más claramente, del juego sucio que utiliza el Estado para impedir que sea posible una decisión libre y sin coacciones autoritarias. ¡Ojalá hubiéramos podido discutir argumentos y proyectos! Pero el debate ha sido -y seguirá siendo- entre promesas y amenazas. Y por mucho que se dibuje con toda concreción una hipotética nueva Constitución republicana, el obstáculo seguirá siendo el contexto de advertencias, descalificaciones y represión, ante el que los argumentos sirven de muy poco a quienes se sienten directamente amenazados o a los que le autoritarismo hace sentir -lamentablemente- más protegidos.

La buena noticia para el independentismo es que, a pesar de las amenazas y la represión efectiva, los que son favorables ya son prácticamente la mitad de los catalanes. Y, aún más, que en cada convocatoria electoral, en términos absolutos, no ha parado de crecer. Pero conviene no engañarnos sobre el verdadero obstáculo para seguir creciendo, sobre todo para no malgastar esfuerzos en una dirección, si no equivocada, tal vez inútil. El verdadero obstáculo para la mayoría que queremos no es la voluntad libre de los catalanes sino las condiciones que impone el Estado, su autoritarismo y su brutal represión. Esto es lo que hay que combatir. Invertir el orden de los factores, pensar que prometiendo una República feliz y siendo buenos para limitar los efectos de la represión basta, es condenarnos a permanecer atrapados para siempre en un combate agotador y sin final.

ARA