Las incertidumbres

¿Ha habido mucho convencimiento en el pacto entre Artur Mas y Oriol Junqueras? Es fácil concluir que ha sido un acuerdo a contrapelo y contrarreloj. Débil e inseguro. Hecho de renuncias mutuas. Y que, además, ha sido posible gracias al arbitraje y a la insistencia de Muriel Casals, Carmen Forcadell y Josep Maria Vila d’Abadal. Es decir, ha sido una acuerdo excesivamente forzado.

Esa misma noche los escépticos campaban por las redes. Y también los abrasivos, que se han pasado las últimas semanas, finalmente, muy contentos por poder reafirmarse. Durante días y días una tropa muy activa ha acusado, una y otra vez, a Junqueras y Esquerra de ser una banda de mal fiar, o a Artur Mas y Convergencia, de estar al servicio del establishment y de venderse por una lenteja en cuanto les den la primera oportunidad. Unos y otros han llegado a las conclusiones, opuestas, de que la independencia no puede ser con Convergencia o no puede ser con Esquerra. El acuerdo no les ha tranquilizado. Sencillamente, esperan, con el convencimiento de que pronto podrán enredar la madeja. Y sueltan alguna castaña de vez en cuando.

Esta es la primera incertidumbre. La segunda son las elecciones municipales. Y la necesidad que, sobre todo Esquerra, siente por distanciarse de un partido que todas las demás fuerzas consideran de «derechas» y tachan de «corrupto». Si el PSC, Podemos, Iniciativa y también la CUP (!) no pierden oportunidad alguna de agredir a Artur Mas y a Convergencia, es difícil que Esquerra renuncie a su tanda. Sobre todo, además, cuando tan a menudo es acusada de «complicidad en los recortes». El clima de guerra guerreada que propician estas elecciones no es nada favorable, precisamente, al buen juego y la elegancia en la crítica de los que saben que tienen que caminar juntos.

La tercera incertidumbre es la denominada «hoja de ruta». Ha habido, es cierto, un acuerdo de partida entre Oriol Junqueras y Artur Mas, pero persisten las diferencias que fueron aflorando tras la celebración de la consulta del 9 de noviembre. Hay diferencias, seguramente lógicas y lícitas, en el cómo posterior a las elecciones. Una de las más importantes es que mientras el presidente de la Generalitat considera que, de una manera u otra, habrá que convocar un referéndum que será definitivo, el líder de Esquerra opina que con las elecciones ya es suficiente. Esta es una diferencia evidente. Pero hay muchas más. Y recuerdan las grandes discrepancias que separaron a los dos líderes políticos en el camino que llevó hacia el 9N. Y todo ello parece importante. Y deja en evidencia a los optimistas que finalmente celebraron el acuerdo.

Hay mucha gente en Cataluña hostil a la independencia que entienden que el acuerdo entre Convergencia y Esquerra es el atajo necesario para mantener el proceso soberanista. Gente que busca cualquier excusa para dificultar el entendimiento entre los dos partidos y los líderes que los representan. Algunos lo hacen desde el españolismo descarado, algunos otros desde posiciones pretendidamente progresistas y de izquierda, e incluso algunos camuflados entre las filas del independentismo. Y hace sufrir, hace sufrir entre los cientos de miles de independentistas honestos, que todo se sostenga sobre hilos aún tan delgados. Porque el peligro de repetir la jugada es demasiado evidente.

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